LA ESFERA VASCA.

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Marx, K. 1818-1883

11 octubre, 2018 § Deja un comentario

Este año se está conmemorando el segundo centenario del nacimiento de Marx, que tuvo lugar un cinco de mayo de 1818. El mundo ha sufrido la más extrema transformación en estos dos siglos y el marxismo es un elemento insoslayable en la comprensión de esa asombrosa metamorfosis. Elemento efectivo o auténtica potencia ejecutiva, se erigió en una suerte de heurística que, al servicio de la arquitectura política soviética, determinó de distinto modo el curso de las sociedades históricas del planeta desde la segunda mitad del XIX hasta nuestros días.

Pero Marx es un hombre: el autor de una obra sutil y compleja, pero parcial o finita. Tras su fallecimiento en 1883 su nombre iría extendiéndose y su obra divulgándose en forma de tópicos de gran potencia retórica pero que no hacen justicia a la asombrosa dimensión de su trabajo. Bajo la cobertura de la Unión Soviética se definió una verdad relativa a la constitución de la sociedad y de la historia, una determinada antropología filosófica y una ontología con la pretensión de determinar de modo integral y sistemático una comprensión del mundo. Me parece obligado oponerse con claridad a ese marxismo; si bien en sus justos términos, para no contribuir a la expansión de una odiosa leyenda negra anti-soviética, sin caer en una apologética militante capaz de justificaciones deplorables.

Pero las razones de esa oposición al marxismo desbordan esa poderosa construcción ideológica y alcanzan a las coordenadas generales de toda comprensión moderna de la sociedad y de la historia, a los fundamentos compartidos por toda ontología y antropología modernas. Las razones para impugnar internamente una doctrina o un concepto específicamente marxista resultan secundarias frente a la negación de las coordenadas elementales que el marxismo comparte con otras visiones modernas del mundo.

Hay, sin embargo, en la obra de Marx más de lo que acoge la ortodoxia marxista. Un excedente que – frente a la rígida estructura explicativa que exige una institución u organización: partido, estado, sindicato… – sólo puede ofrecer el trabajo paciente y prolongado de un hombre. Marx puede leerse contra el marxismo triunfante y es conocida su propia afirmación según la cual él ya no era marxista. La oposición decretada por la ortodoxia entre el joven Marx y el llamado maduro o definitivo quiere oscurecer la contradicción que atraviesa su entera vida y obra. Las más de 20.000 páginas de notas escritas en su última década dan razón de esa magnífica contradicción, pero bastan las breves páginas de la carta a Zasulich para manifestar la potencia de un escritor que sobrepuja la mas estrecha dimensión de la escolástica que adopta su nombre. Y, pese a todo, hay en el propio Marx un límite a mi entender responsable, relativo a la incapacidad de comprensión de la realidad religiosa y, muy especialmente, el vínculo profundo entre la comuna campesina y la formidable tradición de la ortodoxia oriental. La ceguera para la comprensión de la implacable realidad de la religión es el rasgo más visible de la limitación que Marx comparte con toda perspectiva filosófica moderna. Su responsabilidad deriva de la atención prestada a las formas comunitarias no capitalistas, con una evaluación positiva de su eficacia como fundamento para una revolución rusa, que se concilia, sin embargo, con una anómala ceguera que le impide comprender su auténtica constitución religiosa. La religión sigue siendo hoy el punto ciego de toda filosofía de la historia y de toda teoría social. Un punto ciego puesto que se concibe por reducción a categorías económicas y psicológicas, incapaces de apresar la realidad de la religión en sus propios términos. Así en el caso del propio Marx pese a atender a la comunidad campesina que constituye la atmósfera en que alienta una religiosidad irreductible. A este respecto hay más verdad en una página de V. Soloviev o de F. Dostoievski que en la obra de Marx; pese a lo cual da idea del valor de éste su constante pugna por vencer la gran contradicción que, en cualquier caso, lo ennoblece.

 

EL CRÉDITO DE LA EDUCACIÓN

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