Progreso

30 octubre, 2011 § Deja un comentario

Es que, en efecto, vamos haciendo progresos. Haremos muchos más. El Estado del Bienestar y nuestros standares de calidad de vida jamás se sitúan en la raíz del mal. Desde luego la alternativa liberal al estado social nos hará progresar más rápido si cabe.  No me cabe duda de que, entre todos los signos anunciadores, es ésta la huella fundamental y la marca de nuestra completa perversión: no es el hombre para la economía sino la economía para el hombre. Pero estamos en la situación – tras la Era de la Crítica – de no encontrar un hombre por parte alguna.

Signo del Anticristo

24 octubre, 2011 § 2 comentarios

“Amarás al lejano como a tí mismo” (F. Nietzsche)

Derechos del Hombre Nuevo

22 octubre, 2011 § Deja un comentario

Parece cercano otro gran sacrificio y se dispone ya el nuevo campo de batalla. Sería necesario definir esquemáticamente el horizonte hacia el que se desea avanzar, al indudable precio de excesivas bajas. De entrada sería necesario hundir para siempre diseños heredados, pero no tradicionales, negar definitivamente todo nuevo avatar de la moderna revolución verdaderamente revolucionaria. Es necesario definir el objetivo borrando la herencia de la vieja modernidad y esto exige cortar cada una de las tres cabezas del perro del Hades:  Libertad, Igualdad, Fraternidad. Un trabajo propio de Hércules, que fuera ejemplo, precisamente, del cínico Diógenes.

Esa tríada se proyecta en las sucesivas generaciones de derechos universales del hombre. Los derechos de primera generación son los llamados derechos civiles o políticos, los de segunda generación son los llamados derechos sociales y, por último, los de tercera generación son los derechos derivados de la idea de fraternidad, devenida solidaridad. Derechos que se llaman a menudo “difusos” o “indefinidos”.

Esta tripleta aparece en el curso temprano de la modernidad revolucionaria y desde entonces resulta, al parecer, imposible escapar de la matriz que diseñan. Matriz en que se gesta el parto egolátrico de nuestra masiva sociedad de mercado. Molde de las miríadas de sujetos estrictamente “ecuánimes”, ecualizados en el espacio frío del cálculo utilitario.

Frente al orden de esta nueva society realizada tras el estandarte de los derechos humanos, se encuentra una comunidad arruinada que tiene como vestigio sin futuro la forma plural , asimétrica, patriarcal de la llamada familia tradicional. Su figura feudal contradice la tríada revolucionaria.

Me aterra el esfuerzo por culminar la revolución adelantando su tercer paso. Aldous Huxley midió bien el paisaje monótono que se avecinaba señalando la raíz de la revolución total, metapolítica, escondida en la matriz envenenada de la modernidad.

“Esta revolución verdaderamente revolucionaria deberá lograrse, no en el mundo externo, sino en las almas y en la carne de los seres humanos. Viviendo como vivió en un período revolucionario, el marques de Sade hizo uso con gran naturalidad de esta teoría de las revoluciones con el fin de racionalizar su forma peculiar de insania. Robespierre había logrado la forma más superficial de revolución: la política. Yendo un poco más lejos, Babeuf había intentado la revolución económica. Sade se consideraba a sí mismo como un apóstol de la revolución auténticamente revolucionaria, más allá de la mera política y de la economía, la revolución de los hombres, las mujeres y los niños individuales, cuyos cuerpos debían en adelante pasar a ser propiedad sexual común de todos y cuyas mentes debían ser lavadas de todo pudor natural, de todas las inhibiciones laboriosamente adquiridas, de la civilización tradicional.” (Aldous Huxley)

Destino Económico. Viejas Lecciones.

19 octubre, 2011 § Deja un comentario

“Cómo llega a suceder que el comercio, que no es más que el intercambio de productos individuales de diferentes individuos y países […] gobierne el mundo entero, una relación que […], como el antiguo destino, pende sobre la tierra y con mano invisible […] dirige reinos y los vuelve ruinas, hace surgir pueblos y los hace desaparecer” (K. Marx)

El truco que induce semejante pseudo-fatalismo ontológico está cubierto por un medido mecanismo gnoseológico. Gustavo Bueno afrontó el problema  en su artículo Sobre el Alcance de una Ciencia Media. Edward P. Thompson, con otra intención y desde otro enfoque, lo describió del siguiente modo:

“En cualquier contexto social concebible, el proceso de industrialización tiene que suponer necesariamente sufrimientos y destrucción de los valores y modos de vida más antiguos. (…). Podría decirse que Gran Bretaña, en la revolución industrial, hubo de hacer frente y resolver problemas típicos del despegue: las inversiones importantes a largo plazo – canales, fábricas, ferrocarriles, fundiciones, minería, servicios – hubieron de hacerse a expensas del consumo corriente; las generaciones de trabajadores que vivieron entre 1790 y 1840 sacrificaron algunas, o la totalidad, de sus reivindicaciones o aspiraciones de mayor consumo al futuro.

Todos estos problemas merecen mayor atención.  (…) Nuestras objeciones a la ortodoxia académica reinante no hace referencia a los estudios empíricos per se, sino a la comprensión fragmentaria del proceso histórico total que nos sugieren. En primer lugar, el empirista secciona ciertos acontecimientos de este proceso y los analiza aislados. El mecanismo del razonamiento es como sigue: supuestas (sin examen, ni prueba) las condiciones que originaron esos acontecimientos, éstos parecen aplicables por sí mismos e inevitables. Las guerras hubieron de financiarse mediante un riguroso sistema fiscal, de forma que sirvieron para acelerar y al mismo tiempo para frenar el desarrollo. Y como estos hechos pueden efectivamente demostrarse, se supone a continuación que necesariamente fueron así. Pero miles de ingleses de la época estaban de acuerdo con la posición de Thomas Bewick, que condenó “esta guerra superlativamente inicua”.  El desigual reparto de las cargas fiscales, la existencia de especuladores, que se aprovecharon de la creciente deuda pública, el papel moneda… todos estos hechos no fueron aceptados como datos por muchos contemporáneos sino que, al contrario, fueron motivo de una intensa propaganda radical.

Pero, en un segundo estadio, los empiristas pueden juntar de nuevo estos estudios fragmentarios y construir un modelo del proceso histórico a base de una multiplicidad de inevitabilidades fragmentarias interrelacionadas. En el análisis, por ejemplo, de fenómenos tales como las facilidades de crédito o las condiciones en que se desenvuelve la actividad comercial, donde cada acontecimiento es explicable y se ofrece asimismo como causa autosuficiente de otros acontecimientos, llegamos a un determinado ex post facto. La dimensiones del obrar humano se pierden y se olvida el contexto de las relaciones de clase.

También es verdad que lo que el empirista señala con el dedo estaba efectivamente allí. Los decretos del Consejo Privado habían llevado (1811) a ciertas actividades económicas casi a un estancamiento; el aumento de los precios en el sector maderero después de las guerras infló los costes de la construcción, un pasajero cambio en la moda (encajes en lugar de cintas) dejó en silencio los telares de Coventry; el telar mecánico movido por vapor competía seriamente con el telar a mano. Pero incluso estos hechos indiscutibles tienen que ser examinados desde otra óptica. ¿A quién servía el Consejo? ¿Por qué sus decretos? ¿Quién se beneficiaba más con la escasez de la madera? ¿Por qué habían de estar parados los telares cuando decenas de miles de muchachas del país querían llevar encajes pero no podían comprarlos? ¿Por qué clase de alquimia social las innovaciones técnicas para ahorrar trabajo se convirtieron en máquinas de empobrecimiento? Un hecho inexorable – una mala cosecha – puede estar sin duda fuera del alcance de las posibilidades humanas. Pero la forma en que este hecho se abría camino en la estructura social y económica estaba marcada por la forma de esta estructura: derecho, régimen de propiedad, poder. Cuando topamos con frases sonoras como: “los fuertes flujos y reflujos del ciclo económico” por fuerza tenemos que ponernos en guardia. Pues detrás de este ciclo económico hay una estructura de relaciones sociales que promueven determinadas clases de expropiación (renta, interés y beneficio) y descartan otras (robo, corveas feudales), legitiman algunos tipos particulares de conflicto (competencia, guerras) y tienden a inhibir y reprimir otros (sindicalismo, disturbios del pan, organización política popular), una estructura que, vista con perspectiva, bien puede parecer bárbara y transitoria.” (E. P. Thompson.  La formación histórica de la clase obrera. Inglaterra: 1780-1832. vól. II, págs 29-31)

Tiempos Difíciles

19 octubre, 2011 § Deja un comentario

La atmósfera de catástrofe que respiramos es propicia a imágenes quiliásticas. El desalojo del campamento de Dale Farm, en Essex – Reino Unido – ha dejado un dibujo de otro tiempo. Un icono de redención y apocalipsis.

Penitentia Agite!

Evacuación de Dale Farm

Éxito

19 octubre, 2011 § Deja un comentario

La continua exaltación – a menudo impúdica autoexaltación – de los capitanes de la industria y los señores del comercio alcanza hoy un grado difícilmente imaginable no hace tanto tiempo. Desde la recomendación de una educación para la empresa a incluir en los planes de estudio del tramo universal de la educación, a la tácita posición del llamado emprendedor como modelo para la, suponemos, mayoría pasiva de la humanidad. Desde el más estricto ajuste de la formación a las demandas del mercado laboral, hasta la defensa de la íntegra gestión empresarial del proceso educativo y, en general, a la constitución del hombre emprendedor como paradigma de toda virtud y valor. A este magnífico “creador de trabajo” debiéramos agradecerle – además – su egolatría, puesto que no es más que otro aspecto de su constante y tenaz persecución del incremento del propio beneficio, una tenacidad que aunque pudiera resultar un vicio privado supone, al parecer, un beneficio público, como es bien sabido, al menos desde B. Mandeville.

Es preciso olvidar ante el éxito del ya viejo modelo del hombre activo, de su iniciativa dinámica y eficaz, su oposición frontal a los intereses económico-políticos de los poco agradecidos e inertes trabajadores. Según una polarización, efecto de la moderna sociedad de mercado (expresión históricamente enfática), que tuvo lugar de modo concatenado en cada recinto político nacional. Una polarización real que amenaza, en su simplificación por intensificación límite, con su expresión más directa: el terrible sufrimiento de innumerables vidas y, en general, la guerra moderna. Con la satisfacción idiota del que cree haber construido una frase ingeniosa, más de un tertuliano ha dicho estos últimos días que una buena guerra sería una auténtica solución para la actual crisis económica. Una salida, la del tertuliano en su corrillo y la de la guerra para la crisis, que indican lo que hoy se juzga éxito.

Al margen del Estado Social – resultado del compromiso o pacto de postguerra – se olvida – en la actual apoteosis del emprendedor – lo fundamental. Un fundamento aplasatado por varios siglos de ciego productivismo, con la consiguiente aceleración exponencial del comercio. Apenas puede encontrarse ya lo fundamental bajo las toneladas de detrito productivo. Sin embargo, está bien indicado por la ubicua presencia del trastorno mental y el incremento constante de las tasas de suicidio. En España la cifra es pasmosa: dos suicidios por hora. El estoicismo entiende la vida soportable porque ofrece siempre una salida; debiéramos saber hoy que la vida es la única salida.

España

16 octubre, 2011 § Deja un comentario

“No se enfade mi Señor si le digo: “Tal vez se encuentran allí treinta” . Respondió: “No lo haré si encuentro allí a esos treinta”. Díjole: “¡Cuidado que soy atrevido de interpelar a mi Señor! ¿Y si se hallaren allí veinte?”. Respondió: “Tampoco haría destrucción en gracia de los veinte”. Insistió: “Vaya, no se enfade mi Señor, que ya sólo hablaré esta vez. “¿Y si se encuentran allí diez?”. Dijo: “Tampoco haría destrucción, en gracia de los diez”. (Génesis 18. 30-32)

Me comentaba un amigo sobre España. Yo trato cada vez más de evitar el tema. A veces como se evita hablar de la propia enfermedad, otras veces con el pudor del que evita hablar de sus viejos méritos, casi siempre por no hablar de uno mismo, que no es de buena educación reclamar la atención y exponerse continuamente a sí mismo. Es curioso que por razones análogas yo no quiera hablar jamás de la Iglesia. No tolero su realidad actual, pero tampoco a sus críticos.

Cuando se me apremia a ofrecer opinión – lo que no es el caso ahora – encuentro siempre, al menos hasta el día de hoy,  una vía de fuga. Me pongo a hablar de un español o de un católico. Confieso que busco siempre los más próximos y que van siendo cada vez más lejanos, en el tiempo y en el espacio.  Temo estar llegando al extremo de locura en que habré de señalarme, con mi deformidad y mis faltas, repitiendo ante la merecida burla generalizada el conocido:

“Yo sé quién soy —respondió don Quijote—, y sé que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías.” (D. Quijote I. Capt. V)

Nación (im)posible la que tiene por emblema a un loco, al que su razón acaba. Espero seguir encontrando nombres que no me dejen solo, obligándome a encarnar esa absurda España. De los otros, de la legión de ciudadanos y creyentes que conforman la España y la Iglesia realmente existentes, no diré una sola palabra.

¿Dónde estoy?

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