Abyecta Plebe

9 octubre, 2011 § Deja un comentario

“Que el número de nuestros miembros sea ilimitado” (Norma primera de la Sociedad Londinense de Correspondencia. 1792)

La descalificación integral y absoluta del enemigo político es un fenómeno recurrente que alcanza su expresión más acabada no ante enemigos externos, sino ante el enemigo nacido del propio seno. Desde la sans-culotterie revolucionaria o los activos enragés a la cochina plebe del grueso Edmund Burke, desde la desestimación de los desharrapados franceses en la crónica – que no llega a historia – de algunos meses de la Convención  y el Terror que ha narrado Pedro Ramírez, hasta la arcana imagen siempre renovada del perro y el aulo. En tiempos de mayor tensión más duro es el tono de la descalificación, noten el grado que actualmente está alcanzando, pero excúsenme si no ofrezco aquí un muestrario de delicadezas. No es por debilidad de estómago, cualquiera puede alcanzar la calidad más baja.

Deberíamos medir el gesto de desolador desprecio y plena incomprensión que se encuentra tras esta completa ausencia de cortesía. Se adelanta la oposición fundamental y el enemigo aparecerá no sólo como una conciencia ajena a la propia, sino como amenaza a batir, como bestia inasimilable, como epidemia, como lacra. De entre los numerosos cursos que parten de Sócrates, el luminoso Platón – “el padre de todos los lunáticos” – ha oscurecido al resto. A mí siempre me pareció encontrar un exceso heróico, atenido al modelo de Hércules, pero muy ortodoxamente socrático, en el curso transitado por Antístenes y prolongado por Diógenes de Sinope. Su figura de auleta y su hábito de perro lo convierten, sin duda, en el patrón y signo de los perroflautas. Es, desde luego, un muy honroso ascendiente. Por mi parte, siendo que prefiero el sentido común del viejo cristianismo, no me resigno a abandonar, sin embargo, el emblema del perro. Acaso mi inclinación hacia la orden de predicadores proceda de aquí. Los perros del Señor están dispuestos del lado de los miserables y los imbéciles, de los parias e inasimilables, de los vencidos y los desterrados, y su pobreza consciente y radical es la marca exacta de su libertad. Su imagen dioscúrica que, a mi juicio, se halla en la figura de los franciscanos – incluso en la versión extrema de los fraticelli – me resulta menos atractiva. La síntesis del benedictino hábito negro con el blanco de su reforma cisterciense evoca el perfil más agudo, el contraste más profundo, el radicalismo del corazón y la cabeza.

La vieja clase obrera, que fraguó a través de las sociedades de correspondencia, parece haber encontrado en las nuevas redes sociales un potente medio de correspondencia, si lo convierte en medio de comunicación la hondura del alzamiento será insondable. Pero la misma naturaleza del medio de contacto, que facilita la conexión masiva e inmediata, también dificulta la comunicación. Es cierto que cuando arriesgamos – negro sobre blanco – nuestra interpretación, de algún modo nos entregamos. Pero la completa elusión del cuerpo, la distancia – la remota distancia – es imposible de salvar, no en vano el mismo medio de contacto es la más poderosa herramienta comercial.

La soledad contigua e inmediata del monacato, la silenciosa presencia del rostro de los demás, la comida y el trabajo compartidos, en definitiva la consistente presencia de la persona está hurtada en las redes sociales. Esta es su debilidad. Sin duda dota al motín plebeyo (mob) de una inmediatez inusitada (flashmob) y es un importante instrumento de contacto y conexión de las muchedumbres perrofláuticas. (Habrá que tomar la palabra y dotarla del timbre heróico que todavía conserva sans-culotte, pese a quien pese). Pero, la conexión no basta, habría que convertir en comunales las redes sociales. Ello alentaría una nueva metafísica respecto de la cual los perros del Señor podrían servir de guía, como los artesanos y menestrales que convivían en torno a las viejas sociedades de correspondencia podrían orientarnos a la hora de constituir comunidades locales en un medio industrial. Thomas Hardy, uno de los fundadores de la London Corresponding Society en la última década del siglo XVIII, describe la reunión fundacional de dicha sociedad en los siguientes términos:

Cenamos pan, queso y cerveza, como de costumbre; luego fumamos unas pipas y hablamos de la dureza de los tiempos y de la carestía de las cosas más necesarias para la vida… Tras de lo cual abordamos el tema objeto de nuestra reunión: la reforma parlamentaria, tema importante a debatir por la clase de hombres asistentes a la reunión”

La primera parte de la descripción es esencial y por ello la destaco. Dos años después de esa reunión, recordaba E. P. Thompson, Thomas Hardy – zapatero – es detenido y acusado de alta traición. Por su descripción sé que no forma parte de la cochina plebe, sino que es uno de los primeros héroes de la gloriosa tradición moderna (y que me permita unir estas dos palabras indica su talla) de la estirpe del perro.

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