Destino Económico. Viejas Lecciones.

19 octubre, 2011 § Deja un comentario

“Cómo llega a suceder que el comercio, que no es más que el intercambio de productos individuales de diferentes individuos y países […] gobierne el mundo entero, una relación que […], como el antiguo destino, pende sobre la tierra y con mano invisible […] dirige reinos y los vuelve ruinas, hace surgir pueblos y los hace desaparecer” (K. Marx)

El truco que induce semejante pseudo-fatalismo ontológico está cubierto por un medido mecanismo gnoseológico. Gustavo Bueno afrontó el problema  en su artículo Sobre el Alcance de una Ciencia Media. Edward P. Thompson, con otra intención y desde otro enfoque, lo describió del siguiente modo:

“En cualquier contexto social concebible, el proceso de industrialización tiene que suponer necesariamente sufrimientos y destrucción de los valores y modos de vida más antiguos. (…). Podría decirse que Gran Bretaña, en la revolución industrial, hubo de hacer frente y resolver problemas típicos del despegue: las inversiones importantes a largo plazo – canales, fábricas, ferrocarriles, fundiciones, minería, servicios – hubieron de hacerse a expensas del consumo corriente; las generaciones de trabajadores que vivieron entre 1790 y 1840 sacrificaron algunas, o la totalidad, de sus reivindicaciones o aspiraciones de mayor consumo al futuro.

Todos estos problemas merecen mayor atención.  (…) Nuestras objeciones a la ortodoxia académica reinante no hace referencia a los estudios empíricos per se, sino a la comprensión fragmentaria del proceso histórico total que nos sugieren. En primer lugar, el empirista secciona ciertos acontecimientos de este proceso y los analiza aislados. El mecanismo del razonamiento es como sigue: supuestas (sin examen, ni prueba) las condiciones que originaron esos acontecimientos, éstos parecen aplicables por sí mismos e inevitables. Las guerras hubieron de financiarse mediante un riguroso sistema fiscal, de forma que sirvieron para acelerar y al mismo tiempo para frenar el desarrollo. Y como estos hechos pueden efectivamente demostrarse, se supone a continuación que necesariamente fueron así. Pero miles de ingleses de la época estaban de acuerdo con la posición de Thomas Bewick, que condenó “esta guerra superlativamente inicua”.  El desigual reparto de las cargas fiscales, la existencia de especuladores, que se aprovecharon de la creciente deuda pública, el papel moneda… todos estos hechos no fueron aceptados como datos por muchos contemporáneos sino que, al contrario, fueron motivo de una intensa propaganda radical.

Pero, en un segundo estadio, los empiristas pueden juntar de nuevo estos estudios fragmentarios y construir un modelo del proceso histórico a base de una multiplicidad de inevitabilidades fragmentarias interrelacionadas. En el análisis, por ejemplo, de fenómenos tales como las facilidades de crédito o las condiciones en que se desenvuelve la actividad comercial, donde cada acontecimiento es explicable y se ofrece asimismo como causa autosuficiente de otros acontecimientos, llegamos a un determinado ex post facto. La dimensiones del obrar humano se pierden y se olvida el contexto de las relaciones de clase.

También es verdad que lo que el empirista señala con el dedo estaba efectivamente allí. Los decretos del Consejo Privado habían llevado (1811) a ciertas actividades económicas casi a un estancamiento; el aumento de los precios en el sector maderero después de las guerras infló los costes de la construcción, un pasajero cambio en la moda (encajes en lugar de cintas) dejó en silencio los telares de Coventry; el telar mecánico movido por vapor competía seriamente con el telar a mano. Pero incluso estos hechos indiscutibles tienen que ser examinados desde otra óptica. ¿A quién servía el Consejo? ¿Por qué sus decretos? ¿Quién se beneficiaba más con la escasez de la madera? ¿Por qué habían de estar parados los telares cuando decenas de miles de muchachas del país querían llevar encajes pero no podían comprarlos? ¿Por qué clase de alquimia social las innovaciones técnicas para ahorrar trabajo se convirtieron en máquinas de empobrecimiento? Un hecho inexorable – una mala cosecha – puede estar sin duda fuera del alcance de las posibilidades humanas. Pero la forma en que este hecho se abría camino en la estructura social y económica estaba marcada por la forma de esta estructura: derecho, régimen de propiedad, poder. Cuando topamos con frases sonoras como: “los fuertes flujos y reflujos del ciclo económico” por fuerza tenemos que ponernos en guardia. Pues detrás de este ciclo económico hay una estructura de relaciones sociales que promueven determinadas clases de expropiación (renta, interés y beneficio) y descartan otras (robo, corveas feudales), legitiman algunos tipos particulares de conflicto (competencia, guerras) y tienden a inhibir y reprimir otros (sindicalismo, disturbios del pan, organización política popular), una estructura que, vista con perspectiva, bien puede parecer bárbara y transitoria.” (E. P. Thompson.  La formación histórica de la clase obrera. Inglaterra: 1780-1832. vól. II, págs 29-31)

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