Derechos del Hombre Nuevo

22 octubre, 2011 § Deja un comentario

Parece cercano otro gran sacrificio y se dispone ya el nuevo campo de batalla. Sería necesario definir esquemáticamente el horizonte hacia el que se desea avanzar, al indudable precio de excesivas bajas. De entrada sería necesario hundir para siempre diseños heredados, pero no tradicionales, negar definitivamente todo nuevo avatar de la moderna revolución verdaderamente revolucionaria. Es necesario definir el objetivo borrando la herencia de la vieja modernidad y esto exige cortar cada una de las tres cabezas del perro del Hades:  Libertad, Igualdad, Fraternidad. Un trabajo propio de Hércules, que fuera ejemplo, precisamente, del cínico Diógenes.

Esa tríada se proyecta en las sucesivas generaciones de derechos universales del hombre. Los derechos de primera generación son los llamados derechos civiles o políticos, los de segunda generación son los llamados derechos sociales y, por último, los de tercera generación son los derechos derivados de la idea de fraternidad, devenida solidaridad. Derechos que se llaman a menudo “difusos” o “indefinidos”.

Esta tripleta aparece en el curso temprano de la modernidad revolucionaria y desde entonces resulta, al parecer, imposible escapar de la matriz que diseñan. Matriz en que se gesta el parto egolátrico de nuestra masiva sociedad de mercado. Molde de las miríadas de sujetos estrictamente “ecuánimes”, ecualizados en el espacio frío del cálculo utilitario.

Frente al orden de esta nueva society realizada tras el estandarte de los derechos humanos, se encuentra una comunidad arruinada que tiene como vestigio sin futuro la forma plural , asimétrica, patriarcal de la llamada familia tradicional. Su figura feudal contradice la tríada revolucionaria.

Me aterra el esfuerzo por culminar la revolución adelantando su tercer paso. Aldous Huxley midió bien el paisaje monótono que se avecinaba señalando la raíz de la revolución total, metapolítica, escondida en la matriz envenenada de la modernidad.

“Esta revolución verdaderamente revolucionaria deberá lograrse, no en el mundo externo, sino en las almas y en la carne de los seres humanos. Viviendo como vivió en un período revolucionario, el marques de Sade hizo uso con gran naturalidad de esta teoría de las revoluciones con el fin de racionalizar su forma peculiar de insania. Robespierre había logrado la forma más superficial de revolución: la política. Yendo un poco más lejos, Babeuf había intentado la revolución económica. Sade se consideraba a sí mismo como un apóstol de la revolución auténticamente revolucionaria, más allá de la mera política y de la economía, la revolución de los hombres, las mujeres y los niños individuales, cuyos cuerpos debían en adelante pasar a ser propiedad sexual común de todos y cuyas mentes debían ser lavadas de todo pudor natural, de todas las inhibiciones laboriosamente adquiridas, de la civilización tradicional.” (Aldous Huxley)

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