Festividad democrática.

24 noviembre, 2011 § Deja un comentario

Sacudirse el yugo y ponerse la albarda.

Atrabilis

22 noviembre, 2011 § Deja un comentario

…quisiera poder llorar siempre así (Abba Poemen)

Veo caer en torno a mí las ruinas de la modernidad. El ya viejo edificio moderno, agrietado desde su base, se hunde irreparable, inexorablemente. El enorme cascarón fantasmal cruje y se inclina levemente. No tardará mucho en aplastar a los que confiaron en la soñada potencia de la tecnología.

El verdín del nihilismo extiende su manto de descomposición sobre el ocaso universal del orden moderno. Cae sobre su figura de escayola y aluminio, sobre sus espacios inmensos dispuestos para el comercio o diseñados para la ingeniería del apetito, sobre sus espacios luminosos, enervantes y lúdicos. Sobre el higiénico dibujo de su urbanismo racional.

La estrecha sonrisa implantada en el rostro del hombre nuevo desdibuja el gesto con su mueca, las manos – hasta ayer pulidas y perfumadas – dejan ver su piel de pergamino, sin la dignidad de la vejez y del trabajo. Preparan las armas en el fondo de sus madrigueras.

Mi casa deshabitada y en desorden, mi cuerpo tomado por la enfermedad y por la fiebre. El sueño pedregoso y triste. Todo es signo de la desolación. Es ridículo el modo en que nos afanamos por atender el millar de tareas asignadas: gestión administrativa de nombres sin rostro, lectura de actas informativas, directrices sin dirección, normativas irreales, disposiciones para entretener el tiempo acelerado de los últimos días. Laboriosidad entomológica que genera una angustia tolerable, a la vez que impide mirar directamente el feo gesto de la muerte. Llegará como un huracán de sombra definitiva y absoluta para sacarnos sin dolor de nuestra angostura, de la breve grieta en que nos afanamos. Pero hoy, por una pequeña rendija, he visto.

Esta atmósfera de melancolía sólo es posible por el contraste entre el maquinal hundimiento de nuestro esperpéntico tiempo y el proporcionado y bellísimo edificio de un orden, si no vivido, adivinado tras los vestigios del mundo.  La hendidura a cuyo través puede verse la lucha agónica de los elementos, bajo la estúpida agitación del profesional; el mínimo ventanuco capaz de romper la costra que agota y grava nuestra vista, el foco sin origen que abre la substancia del mundo tiene, para mí, pocos años y nombre propio. Yo se lo he dado.

Una polémica

19 noviembre, 2011 § Deja un comentario

Me permito enlazar aquí el blog del Sr. Pío Moa, donde pueden hallarse las entradas relativas a su polémica con el muy abundante D. Cesar Vidal sobre “la decadencia de España” . El asunto no puede ser de mayor interés.

Presente y Pasado.

Sennett

16 noviembre, 2011 § Deja un comentario

En “La Corrosión del Carácter”, obra muy conocida de Richard Sennett y que merece – en general – la buena fama de la que goza, aparece una arañazo que me reconcilia de un modo profundo con el autor. Especialmente  porque trata de la metamorfosis de lo que un alemán llamaría su Stammkneipe o un español llamaría su parroquia, sin pretensión alguna de resultar irreverente dada la afinidad de taberna y caverna (símbolo místico por antonomasia).

“En opinión de todos sus clientes habituales, el Trout experimentó una sutil pero profunda decadencia tras la marcha de Rose. La nueva dueña era despiadadamente cordial. Llenó las ventanas de plantas de interior y en lugar de los cacahuetes grasientos de antes – los que los clientes siempre habían preferido – ella servía salsa de tomate y cositas para picar.”

Hasta aquí bien y aquí el arañazo:

“Tenía esa combinación de indiferencia humana e higiene corporal que yo asocio con la cultura californiana”

De Utilitate Essendi

14 noviembre, 2011 § Deja un comentario

Un espurio concepto de utilidad se extiende desde el final de la Edad Media, alcanzando acaso su más precisa forma falaz en el muy popular panfleto de E. Sieyès ¿Qué es el Tercer Estado?. Su historia es anterior y su difusión es casi ubicua o ha llegado a serlo.  La nobleza, degradada en nobleza cortesana, queda excluida en la nueva sociedad por su propia inutilidad, sólo el tercer estado – integrado por industriales, comerciantes o financieros – desempeña una función productiva, útil a la sociedad, en virtud de la cual se erige en nación. El ocio conlleva el extrañamiento, la nobleza inútil es extranjera de suerte que su única alternativa es el exilio.  Todavía la clase ociosa no había puesto de manifiesto su utilidad pública como “fuerza de consumo”.

Este utilitarismo moderno tiene su prolongación en el obrerismo, con el que la naciente clase de los trabajadores responde de inmediato a Sieyès y que contiene un nuevo estrechamiento de la ya angosta idea burguesa de utilidad. Sólo el efectivo trabajo productivo, la mano de obra, es útil y el capital privado resulta, por tanto, una traba al incremento de la productividad.

Utilitarismo y obrerismo se dibujan sobre el mismo panorama del productivismo económico moderno, cuyo paroxismo parece hallarse en la presente apoteosis de la figura del emprendedor.

No parece, sin embargo, que quepa alternativa a esta idea de utilidad y no la hay, en efecto, en el contexto democrático-industrial y comercial moderno. Pero en el horizonte filosófico medieval aparece una idea de utilidad que acaso nos permita rescatar una pieza clave para la nueva metafísica, de la que estamos faltos. Carencia metafísica que se delata en la proliferación masiva – en mitad de nuestro orden productivo – de trastornos mentales y en las elevadísimas tasas de suicidio.

Pensemos una forma de producción que, no orientada por la utilidad medida en términos de mercado, cifra su acción en el mero acto de ser. Una acción indudablemente soberana por desligada de la compulsión del beneficio resultaría “acto de un bien que ya no tiene ningún bien por adquirir”.  Indudablemente es un límite metafísico sin realidad en el horizonte de la historia, pero tampoco la acción netamente económica a la que nos aproximamos alcanza su íntegra realización. Sirve, sin embargo, como esquema ideal de una producción no meramente desmercantilizada (según la idea recurrente de la decommodification) sino personal y comunitaria.

“Lo que Dios crea no son testigos que le aseguren de su propia gloria, sino seres que gozan de ella como él mismo goza y que, participando de su ser, participan al mismo tiempo de su beatitud. No es, pues, para Él sino para nosotros que Dios busca su gloria; no es para ganarla puesto que la posee, ni para acrecentarla, puesto que ya es perfecta, sino para comunicarla”

(E. Gilson)

Tradicionalismo revolucionario

4 noviembre, 2011 § Deja un comentario

“Si queremos salvar la familia debemos revolucionar la nación”

(G. K. Chesterton)

En los distritos textiles de la Inglaterra del primer industrialismo las inglesas fueron pioneras en la agitación política y social, fue en estos distritos en los que habían accedido a un nuevo status económico por medio de su dedicación al trabajo. En los últimos años del XVIII formaron sociedades femeninas de servicio y clases metodistas femeninas. Las guerras napoleónicas llevaron a las inglesas al trabajo de forma masiva y acelerada, de modo que ya en 1818 y 1819 se fundan las primeras Sociedades Femeninas de Reforma en Blackburn, Preston, Bolton, Manchester y Ashton-under-Lyne. También entre 1815 y 1835 se organizan trade-unions  entre mujeres obreras.

El radicalismo político de las inglesas, trabajadoras de la industria textil del Norte, estaba hecho de nostalgias de un estatuto perdido, lo que las arrojaba a la defensa de unos derechos afirmados en su reciente situación. Su nueva independencia, derivada del trabajo en la fábrica o en el telar manual durante toda la jornada, era percibida como una pérdida no sólo de su estatuto tradicional, sino también de su independencia personal. Las inglesas pasaron a depender de modo estricto del patrono y del mercado laboral frente a un pasado todavía reciente en que los ingresos domésticos – procedentes del hilado, la cría de aves de corral y de otras faenas domésticas análogas – se lograban sin abandonar labores de la propia casa. La vieja economía doméstica, lo mismo que la economía campesina, sostenía un estilo de vida centrado en el hogar y en el que la voluntad personal prevalecía sobre cualquier disciplina exterior sobrevenida.

Cada estadio en la diferenciación del trabajo y la especialización industrial contribuía a la quiebra de las relaciones habituales o tradicionales entre marido y mujer, padres e hijos y, especialmente, profundizaba la brecha entre trabajo y vida. Tras un siglo esta escisión arrojaría una multitud de maquinas de servicio doméstico que ahorrarían trabajo en un ámbito ya disuelto por la nueva sociedad. En cualquier caso, la nueva situación exigía “…que la familia se disolviera brutalmente todas las mañanas al toque de la campana de la fábrica, con la particularidad de que la mujer, ama de casa y al tiempo asalariada, sentía a menudo vivir en lo peor de los dos mundos, el doméstico y el industrial” (E. P. Thompson. vol. II. pág. 325)

Las reformistas de Bolton recibieron a W. Cobbett en 1819 con el siguiente discurso: “Antes podríamos haberte dado la bienvenida ofreciéndote la mesa de la hospitalidad inglesa, hecha con nuestra labor. Antes te habríamos saludado con la cara sonrosada de las mujeres inglesas. Te habríamos enseñado nuestras cabañas, que nada envidiaban en limpieza y arreglo al palacio de nuestro rey”. Asimismo en Blackburn la queja es constante ante el espectáculo de las casas “huérfanas de todo adorno”. Pero, sobre todo, sufrían y exigían a causa de sus hijos: “Cada día se nos encoge el corazón viendo a estas pobres criaturas devorar con avaricia el triste alimento que algunos no darían a sus cerdos”.

W. Cobbett consolidaría su prestigio ante las radicales inglesas tras la publicación de su Cottage Economy. Jamás prestó atención a la idea del sufragio femenino, así como tampoco las propias Sociedades Femeninas de Reforma promovieron tal reivindicación. Sin contradicción alguna con esta posición W. Cobbett estaba a una distancia infinita de cualquier desprecio. Escribió: “¡Como si las mujeres sólo hubiesen sido hechas para cocer harina de avena y barrer las habitaciones! ¡Como si las mujeres no tuvieran una inteligencia! ¡Como si Hannah More y el código de la gentry hubiesen reducido a las mujeres de Inglaterra al nivel de las negras de África! ¡ Como si Inglaterra no hubiese tenido nunca una reina…!”

Semejante radicalismo tradicionalista se encuentra también en el punto de vista de la sans-culotterie que busca una distribución de la propiedad a la escala de las familias, a la vez que parece incapaz de asimilar la idea burguesa de propiedad privada individual y absoluta. Tampoco pudieron entender la estricta abolición de los privilegios corporativos que, contra sus cofradías y hermandades de oficio, acabara decretando la ley Le Chapelier en 1791 y cuyo sentido reproducen en suelo inglés las Combination Acts en torno al 1800.

Pero se perderá el recuerdo del tiempo anterior al despegue industrial y las generaciones sucesivas buscarán, en un metafísico futuro, la utopía social perfectamente liberadora. La primera generación revolucionaria buscaba, paradójicamente, la gran restauración.

¿Dónde estoy?

Actualmente estás viendo los archivos para noviembre, 2011 en A Día de Hoy.