De Utilitate Essendi

14 noviembre, 2011 § Deja un comentario

Un espurio concepto de utilidad se extiende desde el final de la Edad Media, alcanzando acaso su más precisa forma falaz en el muy popular panfleto de E. Sieyès ¿Qué es el Tercer Estado?. Su historia es anterior y su difusión es casi ubicua o ha llegado a serlo.  La nobleza, degradada en nobleza cortesana, queda excluida en la nueva sociedad por su propia inutilidad, sólo el tercer estado – integrado por industriales, comerciantes o financieros – desempeña una función productiva, útil a la sociedad, en virtud de la cual se erige en nación. El ocio conlleva el extrañamiento, la nobleza inútil es extranjera de suerte que su única alternativa es el exilio.  Todavía la clase ociosa no había puesto de manifiesto su utilidad pública como “fuerza de consumo”.

Este utilitarismo moderno tiene su prolongación en el obrerismo, con el que la naciente clase de los trabajadores responde de inmediato a Sieyès y que contiene un nuevo estrechamiento de la ya angosta idea burguesa de utilidad. Sólo el efectivo trabajo productivo, la mano de obra, es útil y el capital privado resulta, por tanto, una traba al incremento de la productividad.

Utilitarismo y obrerismo se dibujan sobre el mismo panorama del productivismo económico moderno, cuyo paroxismo parece hallarse en la presente apoteosis de la figura del emprendedor.

No parece, sin embargo, que quepa alternativa a esta idea de utilidad y no la hay, en efecto, en el contexto democrático-industrial y comercial moderno. Pero en el horizonte filosófico medieval aparece una idea de utilidad que acaso nos permita rescatar una pieza clave para la nueva metafísica, de la que estamos faltos. Carencia metafísica que se delata en la proliferación masiva – en mitad de nuestro orden productivo – de trastornos mentales y en las elevadísimas tasas de suicidio.

Pensemos una forma de producción que, no orientada por la utilidad medida en términos de mercado, cifra su acción en el mero acto de ser. Una acción indudablemente soberana por desligada de la compulsión del beneficio resultaría “acto de un bien que ya no tiene ningún bien por adquirir”.  Indudablemente es un límite metafísico sin realidad en el horizonte de la historia, pero tampoco la acción netamente económica a la que nos aproximamos alcanza su íntegra realización. Sirve, sin embargo, como esquema ideal de una producción no meramente desmercantilizada (según la idea recurrente de la decommodification) sino personal y comunitaria.

“Lo que Dios crea no son testigos que le aseguren de su propia gloria, sino seres que gozan de ella como él mismo goza y que, participando de su ser, participan al mismo tiempo de su beatitud. No es, pues, para Él sino para nosotros que Dios busca su gloria; no es para ganarla puesto que la posee, ni para acrecentarla, puesto que ya es perfecta, sino para comunicarla”

(E. Gilson)

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