Atrabilis

22 noviembre, 2011 § Deja un comentario

…quisiera poder llorar siempre así (Abba Poemen)

Veo caer en torno a mí las ruinas de la modernidad. El ya viejo edificio moderno, agrietado desde su base, se hunde irreparable, inexorablemente. El enorme cascarón fantasmal cruje y se inclina levemente. No tardará mucho en aplastar a los que confiaron en la soñada potencia de la tecnología.

El verdín del nihilismo extiende su manto de descomposición sobre el ocaso universal del orden moderno. Cae sobre su figura de escayola y aluminio, sobre sus espacios inmensos dispuestos para el comercio o diseñados para la ingeniería del apetito, sobre sus espacios luminosos, enervantes y lúdicos. Sobre el higiénico dibujo de su urbanismo racional.

La estrecha sonrisa implantada en el rostro del hombre nuevo desdibuja el gesto con su mueca, las manos – hasta ayer pulidas y perfumadas – dejan ver su piel de pergamino, sin la dignidad de la vejez y del trabajo. Preparan las armas en el fondo de sus madrigueras.

Mi casa deshabitada y en desorden, mi cuerpo tomado por la enfermedad y por la fiebre. El sueño pedregoso y triste. Todo es signo de la desolación. Es ridículo el modo en que nos afanamos por atender el millar de tareas asignadas: gestión administrativa de nombres sin rostro, lectura de actas informativas, directrices sin dirección, normativas irreales, disposiciones para entretener el tiempo acelerado de los últimos días. Laboriosidad entomológica que genera una angustia tolerable, a la vez que impide mirar directamente el feo gesto de la muerte. Llegará como un huracán de sombra definitiva y absoluta para sacarnos sin dolor de nuestra angostura, de la breve grieta en que nos afanamos. Pero hoy, por una pequeña rendija, he visto.

Esta atmósfera de melancolía sólo es posible por el contraste entre el maquinal hundimiento de nuestro esperpéntico tiempo y el proporcionado y bellísimo edificio de un orden, si no vivido, adivinado tras los vestigios del mundo.  La hendidura a cuyo través puede verse la lucha agónica de los elementos, bajo la estúpida agitación del profesional; el mínimo ventanuco capaz de romper la costra que agota y grava nuestra vista, el foco sin origen que abre la substancia del mundo tiene, para mí, pocos años y nombre propio. Yo se lo he dado.

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