Co(a)gitatio

17 diciembre, 2011 § 3 comentarios

Coagitatio esconde otra etimología parda, aunque cuenta con el interés de haber sido sugerida en algún momento por M. Foucault. No comparten raíz agitatio y cogitatio en el terreno léxico, pese a que parece evidente que, entre el trasiego de nuestras idas y venidas y el desorden espiritual que padecemos, hay un vínculo íntimo. Este ir y venir no tiene, en primer lugar, más que el sentido propio de la imperativa movilidad, del dinámico tráfico y del transporte. Aquellas raigambres vitales, que Chesterton echara de menos en la razón del racionalista, se concretan en el apego a la tierra, en la pertenencia a un paisaje. Para ser radical al racionalista le falta substancia porque – como el filósofo volante – cree habitar en el limbo trascendental. El radicalismo crece desde la comarca y su potencia revolucionaria está bien determinada. Consiste en defender la matriz de la propia naturaleza, el orden genético que nos constituye. Nada más arriesgado y más terrible para los abogados del género humano y su revuelta dromocrática,  para el humanismo que administra esta cosmópolis pánica.

“El ochenta y nueve pretendía ser una rebelión contra el sometimiento, o sea, la coerción a la inmovilidad simbolizada por la antigua servidumbre feudal, que por otra parte subsistía aún en algunas regiones como el Jura, rebelión contra la coacción por tiempo indeterminado y el encierro arbitrario. Pero nadie suponía hasta ahora que la “conquista de la libertad de ir y venir”, tan apreciada por Montaigne, por un juego de manos podría convertirse en coerción a la movilidad. El “reclutamiento masivo” de 1793 es la instauración de una primera dictadura del movimiento que sutilmente reemplaza la libertad de movimiento de los primeros días de la revolución. La realidad del poder en ese primer Estado moderno aparece más allá de la capitalización de la violencia como capitalización del movimiento. En suma, el 14 de julio de 1789 la toma de la Bastilla era un error realmente foucaultiano del pueblo de París: el famoso símbolo del encierro en una fortaleza ya vacía, y los amotinados descubren con estupor que ya no hay nadie a quien liberar tras sus formidables murallas” (Virilio)

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