De Utilitate Essendi (2)

29 enero, 2012 § Deja un comentario

“Cuando todo hombre cuente con lo necesario, el pan y el libro, ya nos importará poco el reparto del lujo” (Ch. Péguy)

Tratando de acceder a una idea de trabajo que permita superar el sinsentido del utilitarismo moderno, ante cuyo límite histórico me parece que nos encontramos, cabe reconsiderar la divina agenda semanal. De algún modo lo hacía meses atrás al volver sobre la cuestión teológica relativa al determinante que Le llevara a trasponer lo posible en  real: “Acto de un Bien que ya no tiene ningún bien por adquirir”.

Vuelvo en este trazo sobre el asunto, únicamente para señalar la urgente necesidad de alguna forma de trabajo, de algún modo análoga al acto divino. Una emergencia, manifiesta en la terrible soledad y aislamiento de los trabajadores de las actuales sociedades super-productivas, efecto directo de la moderna descomposición de la comunidad, el peor resultado del desarrollo de la sociedad de mercado y la movilización total del trabajo que involucra. Ese grado  límite de aislamiento se presenta como extrema realización del individuo substante, incapaz de toda comunicación: ególatra solitario y triste, incapaz de entender el sentido de una entrega gratuita que sólo busca comunicar la propia realidad.

El ya mentado libro de Jordi Llovet me llevó por el siguiente camino y como lo anoté días atrás lo dejo: los studia humanitatis, aunque crecidos en atmósfera urbana, servían a un fin cuya trascendencia estaba lejos de la mera utilidad económica, sin embargo contenían, en su misma posición humanista, una reacción contraria a la metafísica de los estudios teológicos o canónicos de las universidades del tiempo. Este humanismo conduce sin paradoja, pese a las apariencias, al deísmo; antesala del ateísmo.

En efecto, la utilidad de las Humanidades remitía a la educación de los ciudadanos y, por tanto, al gobierno de la república. El problema radica en esta orientación meramente política o civil de las Humanidades frente a la orientación estrictamente metapolítica característica de la filosofía teológica o metafísica. Carece esta filosofía metafísica de semejante utilidad civil, a la que en cuanto positiva podríamos llamar ideológica. La metafísica teológica presenta el problema – propio de toda teología – de resultar en exceso dialéctica y propiamente negativa.

Las Humanidades sólo ofrecen un horizonte a la idea de una utilitas essendi en la atmósfera, saturada de religiosidad, en que amanecieron; en su llamado renacimiento. En buena medida, sin embargo, contribuyeron a enrarecer la atmósfera misma en que alentaron. ¿Cómo habrían de prosperar hoy en un ambiente irrespirable?

Adiós a la universidad. El eclipse de las Humanidades.

27 enero, 2012 § Deja un comentario

Éste es el título de un libro, recientemente traducido al español, y que sólo poco tiempo antes había sido publicado en catalán. Su autor es Jordi Llovet, entre otras cosas prejubilado profesor de Literatura Comparada en la Universidad de Barcelona. Aunque Llovet parece incurrir en una oscura metafísica de la cultura, una metafísica que tiene su sustrato sociológico en la idealista, burguesa y bienpensante Europa Central, el libro ofrece un diagnóstico a menudo preciso y siempre intempestivo del sistema educativo y su reciente reforma (EEES) pero también de esa educación general que caracteriza a las sociedades ultramodernas. Por todo ello, como pocos libros recientes, conduce a aseveraciones, tácita comprensión y melancólico acuerdo.

Así, aunque habría que oponerse al autor en puntos sutiles y por tanto críticos, el acuerdo y el melancólico consuelo que se deriva de la simple comunicación pide el más inmediato agradecimiento.

En la faja, con la que se adorna el libro, aparecen unas palabras de F. Savater que, pareciendo elogiosas, lo disminuyen. Su anecdotario, tragicómico en alguna ocasión, resulta más a menudo sencillamente trágico. Me temo que no resulta en ningún sentido delicioso.  Su perspectiva sobre la educación superior posee en ocasiones enjundia, pero su rasgo más característico es la plena libertad con la que puede hablar un hombre ya jubilado y así liberado de la institución a la que ha dedicado su vida, así como la amarga distancia con que contempla la banalidad a que se ve reducida su entrega.

Pero hay demasiada esperanza en este desesperado, hay un exceso de fe en ese ídolo destronado que es la Cultura. De aquí la distancia que nos separa, pero agradecemos el diagnóstico y la erudición. Sólo podemos dar testimonio.

El aire que respiramos…

17 enero, 2012 § Deja un comentario

El capítulo que E. J. Hobsbawm dedica, en su “Historia del siglo XX”,  a la que llama “revolución cultural” del último tercio del siglo pasado, cobra cada día mayor relevancia. Su trágico diagnóstico no ofrece ninguna holgura a la voluntad. Parece que, en efecto, no hay programa capaz de reconstruir un patrimonio cuya existencia dimos por sentada, como si fuera elemento de una naturaleza humana gratuita o regalada. Una atmósfera de una sutileza civilizatoria que la hace irrecuperable a través de programas de ingenieria social, un espacio pneumático o espiritual procedente del mismo fondo que la religiosidad tradicional de los europeos.

La progresiva descomposición de la comunidad universal ha arrojado como resultado esta nube o “polvo de individuos” (J. Maritain), sin forma ni constitución, que llamamos “sociedad”.  Estamos condenados a dar testimonio.

“Del mismo modo que nosotros damos por sentada la existencia del aire que respiramos y que hace posibles todas nuestras actividades, así el capitalismo dio por sentada la existencia del ambiente en el que actuaba,  y que había heredado del pasado. Sólo descubrió lo esencial que era cuando el aire se enrareció. En otras palabras, el capitalismo habia triunfado porque no era sólo capitalisa. La maximización y acumulación de beneficios eran condiciones necesarias para el éxito, pero no suficientes. Fue la revolución cultural del último tercio del siglo lo que comenzó a erosionar el patrimonio histórico del capitalismo y a demostrar las dificultades de operar sin ese patrimonio. La ironía histórica del neoliberalismo que se puso de moda en los años setenta y ochenta, y que contempló con desprecio las ruinas de los regímenes comunistas, es que triunfó en el momento mismo en que dejó de ser tan plausible como había parecido antes. El mercado proclamó su victoria cuando ya no podía ocultar su desnudez y su insuficiencia.”

Ilustrísimo sobrepeso.

14 enero, 2012 § Deja un comentario

Uno entre los muchos ilustrísimos ciudadanos a cuyo gobierno estamos encomendados ha promocionado un nuevo método de adelgazamiento, muchísimo más avanzado que el ya viejo y muy conocido de comer menos y moverse más. La cuestión no tiene más relevancia que la de significar un síntoma más del mundo en el que estamos y en el que tratamos de vivir. Si la mujer del César además de ser honesta ha de parecerlo, el César mismo debería, al menos, parecerlo. Espero que no se me acuse de ingenuidad por no dudar de que su Ilustrísima ha de perder peso por requerimiento médico, pero, aún contando con mi ingenuidad, no puedo desconocer el viejo método ya mencionado y cuyo precio no tiene competencia, lo cual no deja de ser un factor a considerar en tiempos de escasez. El método que consiste en sujetarse a una dieta estrecha ofrece, además del valor de su reducido precio, el no despreciable de mostrar la disciplina y autodominio del gobernante. Cuando nuestra tradición pide del que ha de gobernar a otros que sea capaz de gobernarse a sí mismo, habría sido buena ocasión para mostrar el poder y sutileza con los que el gobernante practica le souci de soi. Acaso este ejercicio de la cura sui sea tan viejo y despreciable como el citado método de adelgazamiento, acaso resulte demasiado arriesgado porque manifiesta con nitidez la forma de nuestro carácter. No lo sé, pero en todo caso si no somos honestos, debiéramos tener la prudencia de parecerlo. Bastaría con no hacer ostentación o propaganda de tan dudoso método. Y vale.

Signo del Anticristo.

9 enero, 2012 § Deja un comentario

“Sólo es bello lo que no existe” (J. J. Rousseau)

Día de Reyes: La Familia.

7 enero, 2012 § Deja un comentario

La familia. Es natural que después de casi una década volviendo una vez y otra sobre el particular, éste se vuelva universal y acabe presentándose bajo cualquier figura.  Ahora bien, aún a riesgo de parecer loco, diría que es así no por efecto de una atención sostenida, sino que objetivamente es así. Porque está realmente tras toda figura antropológica y constituye el nervio íntimo de la idea de hombre. Han sido años en los que el trabajo, plasmado en centenar y medio de páginas en estado larvario, ha ido adquiriendo unas dimensiones que significan la universalidad de su campo. Estas páginas se han abierto en innumerables direcciones, erigiéndose en la plataforma de determinación más adecuada que hubiera podido construir, determinación de problemas cuya raíz sólo desde esa plataforma se alcanza y que permitiría elaborar la más ajustada historia crítica de la modernidad.

Pero hay que añadir que este trabajo se vio asaltado por la formación de mi propia familia. Formación que me atrevo a llamar deliberada, sea gracias a o a pesar de lo reaccionario de unas conclusiones cuya ambigüedad no he logrado deshacer. En el anticlimax que supone la actual superación – signifique esto lo que signifique – de la familia, tampoco hay esperanza alguna al margen de la misma. Podría decir que el trabajo ha tenido, en este caso, un muy vivo componente experimental. Mi familia exige un tiempo que hace difícil continuar la escritura de un texto que – inicialmente centrado en la familia – constituye finalmente a la familia en punto de fuga. Punto impropio en un infinito que indica la dimensión de un trabajo que no podré abrazar.

Entretanto la historia de la filosofía moderna, en cuyo centro late la inversión teológica y la traición racional de la fe, ordena ante el nuevo enfoque todas sus dificultades. Pero jamás dispondré del tiempo que requeriría formular el detalle de este ordenamiento, a su vez sólo un momento del trabajo en curso.

No sé si se entenderá la angustia que supone esta contradicción real entre el concepto y la vida. Empiezo a encarnar, mal que me pese, aquella forma de argumento ontológico-histórico que G. Bueno atribuye a D. Quijote, empiezo a ser, por tanto, inviable, cuerpo real de una entidad imposible. Pero – como dice el de la Triste Figura y he traído aquí tantas veces – : yo sé quién soy.

Nuevo Año

2 enero, 2012 § Deja un comentario

De un tiempo a esta parte he comenzado a disfrutar la dulce declinación de la vejez. En cualquier caso es un efecto reciente, apenas incoado, que se manifiesta en un redescubrimiento de la inocencia y en una sensibilidad diminutiva, apta para el goce de lo minúsculo. Por lo que importa aquí supongo que se aparecerá en un aire subjetivo inclinado a las confesiones.  No quisiera caer en la triste egolatría del moderno pero se me adentra cada día un poco más una dulce tonalidad personal, melancólica pero de ningún modo pesimista, que tiñe mi consideración de cualquier cosa.  Todos lo han visto en el rostro de los ancianos y su intenso sentimentalismo, a menudo – es cierto – amanerado y excesivo o duro y desabrido, según la persona.  Yo diría que entre el individualismo egolátrico y esta visión personal, que juzgo propia del hombre adulto, no hay confusión posible, pero lo cierto es que no lo sé y tampoco me importa.

A todos los que de un modo u otro pasáis por aquí, os deseo que el tiempo venidero os caiga encima hasta disminuiros de un modo semejante, porque este bien que quiero para mí no puedo dejar de desearlo para vosotros. Salud y buen año.

¿Dónde estoy?

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