Día de Reyes: La Familia.

7 enero, 2012 § Deja un comentario

La familia. Es natural que después de casi una década volviendo una vez y otra sobre el particular, éste se vuelva universal y acabe presentándose bajo cualquier figura.  Ahora bien, aún a riesgo de parecer loco, diría que es así no por efecto de una atención sostenida, sino que objetivamente es así. Porque está realmente tras toda figura antropológica y constituye el nervio íntimo de la idea de hombre. Han sido años en los que el trabajo, plasmado en centenar y medio de páginas en estado larvario, ha ido adquiriendo unas dimensiones que significan la universalidad de su campo. Estas páginas se han abierto en innumerables direcciones, erigiéndose en la plataforma de determinación más adecuada que hubiera podido construir, determinación de problemas cuya raíz sólo desde esa plataforma se alcanza y que permitiría elaborar la más ajustada historia crítica de la modernidad.

Pero hay que añadir que este trabajo se vio asaltado por la formación de mi propia familia. Formación que me atrevo a llamar deliberada, sea gracias a o a pesar de lo reaccionario de unas conclusiones cuya ambigüedad no he logrado deshacer. En el anticlimax que supone la actual superación – signifique esto lo que signifique – de la familia, tampoco hay esperanza alguna al margen de la misma. Podría decir que el trabajo ha tenido, en este caso, un muy vivo componente experimental. Mi familia exige un tiempo que hace difícil continuar la escritura de un texto que – inicialmente centrado en la familia – constituye finalmente a la familia en punto de fuga. Punto impropio en un infinito que indica la dimensión de un trabajo que no podré abrazar.

Entretanto la historia de la filosofía moderna, en cuyo centro late la inversión teológica y la traición racional de la fe, ordena ante el nuevo enfoque todas sus dificultades. Pero jamás dispondré del tiempo que requeriría formular el detalle de este ordenamiento, a su vez sólo un momento del trabajo en curso.

No sé si se entenderá la angustia que supone esta contradicción real entre el concepto y la vida. Empiezo a encarnar, mal que me pese, aquella forma de argumento ontológico-histórico que G. Bueno atribuye a D. Quijote, empiezo a ser, por tanto, inviable, cuerpo real de una entidad imposible. Pero – como dice el de la Triste Figura y he traído aquí tantas veces – : yo sé quién soy.

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