Todo y Nada

1 mayo, 2012 § Deja un comentario

Como me he tomado la libertad de ser dogmático, contradictorio y absurdo, quiero ahora tomarme el derecho de dar razones. Sería incapaz por mí mismo de ofrecer justificación a este aparente desvarío, afortunadamente vienen en mi ayuda las que, a mi juicio, pueden contarse entre las mejores páginas escritas por el inabarcable G. K. Chesterton, al que desde hace algún tiempo me gusta nombrar Magister Laetus. Mi extracto es arbitrario en buena medida y sólo la arrebatada lectura de su Ortodoxia puede dar idea de su dimensión.

“El paganismo declaró que la virtud consistía en una balanza; el Cristianismo, que consistía en un conflicto: en el choque de dos pasiones opuestas en apariencia. En realidad, tal contradicción no existe, pero ambos extremos son de tal naturaleza, que no se les puede captar simultáneamente. Volvamos, por un momento a nuestra parábola del mártir y del suicida, y analicemos su respectiva bravura. No hay cualidad que, como ésta, haya hecho divagar y enredarse tanto a los simples racionalistas: el valor es casi una contradicción en los términos, puesto que significa un intenso anhelo de vivir, resuelto en la disposición a morir. “El que pierda su alma, ése la salvará”, no es una fantasía mística para los santos  y los héroes, sino un precepto de uso cotidiano para los marinos y montañeses: se le debiera imprimir en las guías alpinas y en las cartillas militares. Esta paradoja es todo el principio del valor, aun del valor demasiado terreno y brutal. Un hombre aislado en el mar, podrá salvar su vida, si sabe arriesgarla al naufragio; y sólo puede escapar de la muerte penetrando constantemente más y más en ella. Un soldado cortado por el enemigo necesita, para poder abrirse paso, combinar un intenso anhelo de vivir con un extraordinario desdén a la muerte: no le bastará prenderse a la vida, porque en tal caso, tendrá que morir cobardemente; tampoco le bastará resolverse a morir, porque morirá como suicida; sino que ha de combatir por su vida con un espíritu de absoluta indiferencia para su vida: ha de desear la vida como el agua, y apurar la muerte como el vino. No creo que ningún filósofo haya expuesto con lucidez bastante este enigma, ni tampoco creo haberlo conseguido. Pero el Cristianismo ha hecho más: ha marcado los límites del enigma sobre las tumbas lamentables del suicida y del héroe, notando la distancia que media entre los que mueren por la vida y los que mueren por la muerte. Y desde entonces ha izado sobre las lanzas de Europa, a guisa de bandera, el misterio de la caballería: el valor cristiano, que consiste en desdeñar la muerte: no el valor chino, que consiste en desdeñar la vida.

En adelante, me pareció ya que esta duplicidad pasional era la solución cristiana de todos los problemas éticos. En donde quiera, el Credo aparece extrayendo una resultante de moderación en el choque impetuoso de las emociones. Tómese, por ejemplo, el caso de la modestia, como balanza entre el simple orgullo y la simple humillación. El pagano ordinario, los mismo que el agnóstico ordinario, dirá, sencillamente, que está contento de sí mismo, pero no insolentemente satisfecho; que comprende que hay muchos mejores, peores que él; que sus méritos son limitados, pero suficientes. En suma: que puede llevar la cabeza alta, aunque no con exageración. Y ésta es, seguramente, una actitud varonil y racional, pero cede a la objeción que ya formulamos contra el compromiso del optimismo y el pesimismo, contra la “resignación” de Matthew Arnold.  Siendo una mezcla de dos cosas, resulta que ambas las diluye, sin ofrecernos toda su energía o colorido. Este orgullo amansado no levanta los corazones como la voz de las trompetas; no os autoriza a vestiros de oro y carmesí. Por otra parte, esta dulce modestia del racionalista no purifica el alma, como el fuego, aclarándola como el cristal, tampoco, cual la estricta y absoluta humildad, hace del hombre un niño diminuto, capaz de sentarse bajo la hierba, ni le da el poder de contemplar las maravillas. Porque si Alicia quiere ser Alicia del país de las maravillas, es fuerza que se empequeñezca. De modo que con semejante ánimo se pierde, a la vez, la poesía del orgullo y la poesía de la humildad. Y el Cristianismo parece que hubiera intentado salvar ambas cosas mediante la aplicación de su extraña fórmula.

Primero separó los conceptos y después los exacerbó. Era menester que el hombre fuese más altivo que nunca, pero – en cierto modo – también más humilde que nunca. En cuanto Hombre, soy el príncipe de las criaturas: pero como hombre particular, soy el último de los pecadores. Huyamos de toda humildad que signifique pesimismo, que enflaquezca o enturbie la visión de nuestros propios destinos. Ya no se oiría más el lamento del Eclesiastés asegurándonos que la humanidad no vale más que los brutos, ni la lúgubre exclamación de Homero, pretendiendo que el hombre es la más triste de las bestias del campo. El Hombre es una estatua de Dios que pasea por el jardín del mundo. El hombre es superior a todos los brutos, su única amargura consiste en no ser una bestia, sino un dios mutilado. El griego nos habla de hombres que se arrastran por la tierra, como si quisieran asirse a ella; en adelante se hablará de hombres que se plantan de pie sobre ella, como para sojuzgarla mejor. De modo que el Cristianismo formuló una imagen de la dignidad humana que sólo puede representarse con coronas de sol radiante o con las plumas desplegadas del pavo. Pero al mismo tiempo, formuló la imagen de la abyecta pequeñez del hombre, que sólo se puede expresar con humillaciones y abstinencias; con la gris ceniza de Santo Domingo o la blanca nieve de San Bernardo. Y cuando uno piense en sí mismo, siempre hallará ocasión paras las más crudas abnegaciones y las más amargas verdades. Aquí el realista puede ir hasta donde quiera; y el venturoso pesimista halla libre campo; puede decir cuanto se le antoje sobre sí mismo, mientras no blasfeme del propósito original de su ser; puede si le place, llamarse loco y loco condenado (aunque esto ya sea calvinismo) pero no deberá decir que los locos son indignos de la salvación. No podrá decir que el hombre en cuanto hombre es despreciable. En suma, que aquí también combina el Cristianismo la furia de dos contrarios, obligándoles a encontrarse y a encontrarse furiosamente. Y en ambos extremos, la Iglesia propone una solución positiva: si consideramos nuestro propio yo, toda humildad es poca; pero todo orgullo es poco si consideramos nuestras almas.

Sea otro caso, sea la complicada cuestión de la caridad, que algunos idealistas nada caritativos suponen tan fácil. La caridad, lo mismo que la modestia y el valor, es una paradoja. De un modo general, la caridad significa una de estas dos cosas: el perdón para lo imperdonable o el amor para lo no amable. Pero si, repitiendo lo que hicimos para el orgullo, nos preguntásemos lo que sentiría sobre esta materia un pagano virtuoso, habríamos ahondado un poco más. Un pagano virtuoso nos diría que hay gentes a quienes se puede perdonar, y otras a quienes no se puede.  Un esclavo que roba el vino es digno de risa; pero uno que mata a su protector, merece la muerte, seguida de la maldición.  Hasta donde el acto es perdonable lo es el autor. Y no cabe duda de que esto es racional y aun edificante, pero es una disolución. No deja lugar para un puro horror de la injusticia, como eso que embellecen tanto al inocente, ni para la compasión sencilla de los hombres, que tanto embellece a los verdaderamente caritativos. Le tocó su turno al Cristianismo, desenvainó su sable y dividió una cosa de otra, separando el crimen del criminal. A éste debemos perdonarle mil y mil veces, el crimen es imperdonable. No basta que los esclavos ladrones de vino inspiren una mezcla de tolerancia y de disgusto; hay que tener más ira ante la perversidad, pero más bondad para el perverso. La ira y el amor tienen el campo abierto. Y al considerar el cristianismo más bondadosamente fui comprendiendo que aunque ha instaurado un régimen de orden, era sólo con el fin de dar rienda suelta a todos los buenos impulsos.

La libertad intelectual y sentimental no es cosa tan sencilla como a primera vista parece, y casi requiere un equilibiro de leyes tan complicado como el que gobierna las libertades sociales y políticas. El anarquista de la estética que se propone sentirlo todo libremente, acaba por enredarse en una paradoja que le impide completamente sentir. Rompe los límites de su hogar para ir en seguimiento de la poesía, pero al quebrantar las familiares cadenas pierde también el sentimiento de su propia Odisea. Se ha liberado de los prejuicios nacionales y está más allá del patriotismo, pero, por lo tanto, está más allá de Enrique V, y siendo literato, se ha puesto fuera de toda literatura.

(…)

San Francisco al elogiar todo lo bueno, es un optimista más entusiasta que Walt Whitman. San Jerónimo, al denunciar todo lo malo, nos pinta un mundo más  negro que el de Schopenhauer. Ambas pasiones corrieron libremente, porque se las supo dejar en su cauce propio. El optimista puede exaltar cuanto le plazca la música alegre de las marchas, las trompetas de oro y los rojos pabellones que se adelantan al combate; pero no debe declarar inútil la guerra. Y, por su parte, puede el pesimista pintar con los colores más lúgubres las fúnebres marchas y las sangrientas heridas, pero no debe declarar desesperada la guerra.  Y así para todos los demás problemas morales: orgullo, protesta, compasión. Al definir su doctrina principal, no sólo puso la Iglesia lado a lado cosas aparentemente contradictorias, sino que hizo más todavía, consintiéndoles chocar entre sí con cierta artística violencia, que de otro modo sólo hubiera sido posible en la anarquía. Y así la dulzura vino a ser más trágica que la locura. Y alzóse el cristianismo histórico en un soberano golpe teatral, que es para la virtud lo que son para el vicio los crímenes neronianos. Los espíritus de la ira y de la caridad cobraron formas terribles o seductoras, graduándose desde aquella ferocidad monástica que azotara como a un perro al  primero y más grande de los Plantagenets, hasta la sublime piedad de Santa Catalina, que, entre las matanzas oficiales, besaba las sangrientas sienes del criminal. Y esta manera de ética tan heroica y monumental se ha desvanecido completamente al desvanecerse las religiones sobrenaturales. Aquéllos con ser humildes, sabían levantarse y ostentarse, pero nosotros somos demasiado orgullosos para ser prominentes.

(…)

De modo que la doble acusación de los decreídos, aunque no hizo más que confundirlos a ellos, nos proporcionó alguna luz sobre la naturaleza de la fe. Porque es verdad que la igleisia histórica ha cantado, juntamente, las glorias del celibato y la familia, empeñándose a la vez, si cabe decirlo, en tener hijos y en no tenerlos. Y ambas cosas las ha mantenido lado a lado como dos colores intensos, el rojo y el blanco: el rojo y el blanco del escuso de San Jorge. Siempre tuvo una saludable aversión por el tinte sonrosado; siempre detestó esa falsa combinación de dos colores, que es el más lamentable expediente de los filósofos.

(…)

Pero el descubrir hasta dónde podemos ser desdichados, sin que nos sea imposible ser felices, éste sí que es gran descubrimiento psicológico…”

(G. K. Chesterton)

Tengo un hijo que se llama Jorge, rojo y blanco patrón de mi patria chica y de la gran Inglaterra, campesino y caballero. Nada diré del rosa.  Tengo otro hijo que se llama Alejandro, un nombre sin adjetivos. Soy un suicida pero estoy dispuesto a defender mi vida con uñas y dientes. No miento cuando me niego, ni cuando me afirmo sobre las estrellas. No imposto mi gesto jamás aunque – como aquí – dramatice un ápice, de lo que enseguida me arrepiento.  Mis palabras no me expresan, pero ellas son toda mi obra. Sin duda no soy un suicida, aunque muera porque no muero.

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