Studia humanitatis

8 mayo, 2012 § Deja un comentario

Trato de señalar un paso del que, me parece, Jordi Llovet no se apercibe en su, por lo demás, magnífica obra: Adiós a la Universidad. El eclipse de las humanidades” de reciente publicación en español. Me sirvo para indicar el paso de un notable texto de A. Finkielkraut. Su segunda lección del conjunto publicado en “Nosotros, los modernos”. Añadiría, aunque aquí sólo lo señalo, un análisis de la conmoción que hubo de afectar al elemento antropológico de la existencia para que pudiera producirse el desplazamiento radical del lugar axial de la metafísica teológica en el conjunto del saber. Lo escrito resultará críptico en muchos puntos, está siendo objeto de un desarrollo que, quizás, lo aclare un punto. Pues bien:

Las llamadas artes liberales tuvieron por objeto – desde el final de la Antiguedad y a lo largo del Medievo – el ejercicio de las inteligencias. Frente a las llamadas artes mecánicas, que movilizan el cuerpo, las artes liberales resultan sedentarias y movilizan el espíritu. Subyace un dualismo evidente a la distinción, un dualismo que no carece de sentido pero que posee un formato metafísico indudable.

El estudioso estaría libre de la fatiga de la vida de labor y entregado a la contemplación que, aunque no necesariamente pasiva sí se concibe desinteresada (de los intereses de la subsistencia y el bienestar que sufragan las artes mecánicas). Es notable el giro del término liberal, que hoy refiere a la doctrina que dispone como fin de la existencia humana el interés “mecánico” por el bienestar, bajo la idea moderna de utilidad.

“La nobleza del bienvivir se ha vuelto hacia la pasión universal del bienestar y la superioridad del cuidado del alma se diluye en la libre determinación de los medios para conservarse, una materia en la que cada uno es el mejor juez para sí mismo” (A. Finkielkraut)

Las artes liberales se distribuían en dos categorías: trivium y quadrivium (en principio gramática, retórica y dialéctica junto a la música, geometría, aritmética y astronomía.) Del griego gramma procede una gramática que incluía la estilística y la métrica, así como el conocimiento de un extenso corpus de autores con valor de arquetipo, simplemente clásicos. Gramma significa letra y así el gramático devino litteratus en un sentido amplio: letrado, erudito. Junto a la gramática se situaba el arte de razonar que acogía la dialéctica y el arte de persuadir en que consistió la retórica. En continuidad con el trivium se dispuso el quadrivium, antento al número y al ritmo. Su relación era de estrecha continuidad y sucesión organizada, frente a la actual oposición entre las llamadas dos culturas (Charles. P. Snow).

De uno a otro ciclo educativo se tendía un mismo objetivo: “amar el ardor y esplendor de ese mundo lejano donde se encuentra la vida feliz” (S. Agustín). Las artes liberales – en sus dos fases – se orientaban a la metafísica teológica que corona el edificio de la scientia medieval.

“La misma separación metafísica entre el más allá y el más acá, que insertaba a las matemáticas en una línea de continuidad con las artes del lenguaje, permitía a la teología presentarse no como una anticiencia o como una antifilosofía, sino como la ciencia sagrada, la ciencia suprema, la ciencia de las cosas divinas, en pocas palabras: como el tipo de actividad intelectual más elevado que pudiera presentarse al alma humana. “Las reglas de la dialéctica son necesarias y no es posible elucidar las cuestiones más profundas de la Santa Trinidad más que recurriendo a la sutilidad de las categorías”, afirmaba Alcuino, el maestro de Carlomagno, y uno de los primeros teóricos de la educación medieval” (A. Finkielkraut)

Un modo de cifrar esa misma posición de la teología metafísica, atendiendo a su dimensión más acusadamente antropológica, alude al carácter de “meditación sobre la muerte” que la “filosofía teológica” – la más elevada metafísica – tuvo.  Una muerte cuyo sentido no puede separarse de la figura de la comunidad, figura de cuyo proceso de corrupción el renacimiento constituye el primer momento. Esta degradación se acompasa a una transformación de la posición de la metafísica teológica que se verá evacuada de su lugar, precisamente, por el nuevo valor de los studia humanitatis. Una modificación que conoce inmediatamente su expresión en la dimensión propiamente antropológica. Frente a la idea de la filosofía como meditación sobre la muerte,  Montaigne – hombre nuevo – opina que la muerte es más bien el término (bout) y no la meta (but) de la vida. “es su fin, su extremo, y no su objeto” (Essais, III. XII. 1028)

Lo que era objeto y meta de la metafísica deviene mero término o extremo de la vida humana. Simple final y consiguiente estrechura de la existencia al orden del mundo con una expresión fecal que ya indica la dirección de la posterior crítica suspicaz, la perspectiva del nothing but que dijera Dietrich von Hildebrand:  “Los reyes y los filósofos hacen de vientre y también las damas”.

Orientado hacia el mundo – al sentido de la tierra, diríamos – dado que todo lo que hay es la vida en la tierra, el nuevo hombre se sirve de las artes liberales no para liberarse del mundo, sino para liberarse para el mundo, escribe Finkielkraut.  Emancipadas del yugo metafísico o teológico las artes liberales valen por sí mismas a la hora de descubrir la forma completa de la condición humana. El giro humanístico se consuma así con una modificación radical concomitante del orden antropológico, a la que no suele hacerse referencia.

Pero pronto las letras humanas se verán absorbidas por las ciencias humanas, extensión analógica de las ciencias liberales contenidas en el viejo quadrivium. Cuando la matemática allane la diferencia entre el mundo supralunar y el sublunar mostrándose como la estructura que subyace a la totalidad de los fenómenos del universo, incluido el hombre mismo, quedará clausurada la edad simbólica abriéndose la edad operatoria.

Desencantada de este modo, es decir, liberada de toda dimensión sobranatural, la naturaleza queda abierta a la experimentación y a la instrumentalización” (A. Finkielkraut)

La escisión metafísica de los mundos se resuelve con la starisation de la tierra y la entrega a la íntegra movilidad de la realidad. Dios no está en el orden de las estrellas en el que ahora se encuentra el hombre. Dios – de estar – sólo puede estar en nosotros. Abolir al Dios que sostiene el dominio señorial significa poner “las condiciones ontológicas de la igualdad”, añade Finkielkraut. Cabría también contemplar el despliegue de la society como razón de Su negación, acompasada a la construcción de la Nueva Ciencia.

Pero el método de construcción de la nueva verdad resuelve también la vieja noción de Autoridad – ni fe en el dato, ni fe en el dogma – se trata ahora del método luminoso de la matemática. Con ello queda derogado todo ámbito común al literato y al físico. Y es que la matemática no es un lenguaje… et tout le reste est littérature. Las humanidades disponen la rehabilitación de la tierra y el sentido de la tierra que las ciencias naturales consuman. O acaso su última consumación alcance su realización en el momento en que las ciencias naturales del hombre logren la perfecta producción de nuevas remesas de material antropológico. El útero artificial,  emblema de nuestro tiempo, obtuvo su primer diseño en el contexto del humanismo renacentista.

En suma, la quiebra renacentista de la armonía teológica (coetánea del desorden antropológico que significa la irrupción de la modernidad) ha de vincularse a las humanidades, hoy asimismo desbordadas por la laminación positivista utilitaria más inmediata. Pero se olvida – lo olvidaba J. Llovet, por ejemplo – que a las humanidades se les aplica su misma lógica terrenal. Cabe, pese a todo, por una suerte de procedimiento apagógico o, acaso mejor por reducción al ridículo, afirmar contra la afirmación galileana (Eppur si muove) la existencia de un centro inmóvil que, indudablemente, no forma parte del mundo. Sostener tal afirmación – con urgencia absoluta – requiere la construcción (¿re-construcción?) de un nuevo baluarte antropológico de la firmeza y la generosidad.

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