Atavismo

6 junio, 2012 § Deja un comentario

Discúlpenme un apunte muy personal. Trato de entenderme y busco en las anécdotas su elemento lógico, su sentido y razón de ser. Entiendo que de entenderme lograría entender el mundo que habito. No me juzgo una suerte de Napoleón, sino que pretendo que toda persona supone el mundo en que se gesta. Cada persona es un fractal del mundo.

Mi melancolía es el problema y también las razones de esa pena atávica. Recuerdo a mi abuela, mama Rosa, y su constante uso de diminutivos afectivos. Recuerdo su exclamación más propia: “¡qué lástima!”. Un comentario apenas consciente tras el “cucha”: “Cucha el perrico, animalico, qué lastimica…”. Ese era su sermón ante un animal, por lo demás un perro sin otro problema que husmear en la basura, pero ni especialmente flaco, ni especialmente enfermo, al menos ante los ojos de alguien – como yo – menos sensible. Acaso por entonces yo no lo veía bien. Recuerdo su constante jadeo lastimoso, un ¡ay! continuo que achacábamos al asma pero que, a mi parecer, nacía de más hondo.

Yo no tengo solución y mi personalidad atrabiliaria y triste es constitutiva. Veo, sin embargo, que a menudo conduce a engaño y me hace parecer un alma en pena. En realidad es el resultado de una consciencia indeleble de la brevedad de la existencia, cuyo gozo pleno no me es concebible si no es con conciencia incesante de su fugacidad. Es un lamento ante la enorme potencia de lo que pasa, porque – simplemente – pasa.

El refugio de la fe sólo puede tener fundamento real en la conciencia plena de una pérdida que busca su redención. Mama Rosa era católica y fue mujer de dos mineros comunistas, uno fusilado en su presencia, el otro le fue entregado casi póstumamente, a una semana de su muerte por tuberculosis. No fue el más trágico episodio de su vida, pero yo se que tras su lamento no se escondía una persona vencida, sino – por el contrario – una anhelo infinito de vivir. Hay tristes sencillamente invencibles, paradójicamente muy alegres. La herencia de ese pasado no viaja por la sangre, sino por la más sútil trascendencia del ejemplo. He dicho.

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