Los hombres vestidos de negro.

16 junio, 2012 § Deja un comentario

La imagen de un caballero portando un terno de color negro, con camisa blanca, induce un aire de respetabilidad y eficacia emanada de la bien administrada autoestima de su ademán. Es ésta la indumentaria característica del arquetipo humano de nuestro tiempo, el emprendedor, y se proyecta sobre cualquier otra actividad en el momento en que adquiere solvencia, autoridad, prestigio.

En los últimos tiempos habrán notado, los que todavía toleran la lectura de la prensa diaria o la escucha de la radio o la televisión, que se repite en boca de los jornaleros o periodistas la imagen de los hombres de negro para referir a los burócratas o economistas del Fondo Monetario Internacional o de cualquier otra agencia de gobierno del mundo. Gobierno económico por supuesto, perdónenme la redundancia. Algunos de los habladores u oradores o tertulianos recuerdan una película de éxito justamente titulada así: Men in black. Allí dos agentes imponen orden en el universo mundo, poblado de asombrosas especies de todo aspecto. La referencia esconde matices que no vamos a desentrañar aquí.

A mí la imagen no deja de evocarme a los “abogados vestidos de negro” que enturbian y turban el misterio escondido en la obra de Gabriel García Márquez.  Estos señores no disfrutan en sus páginas del mismo aura de respetabilidad y de eficacia, de disciplina y autoestima que hoy se les atribuye. Al contrario, suelen ir asociados a una mala hiel y una volatilidad repugnante. Su presencia no está ligada a una orientación política u otra, hay hombres de negro liberales y conservadores. Atentan contra un elemento que está más allá del orden político porque se sitúa en el orden de la más sagrada lealtad antropológica. Estos individuos carecen de origen y no conocen a su padre, ni a su madre: son hombres de futuro. En la medida en que su función radica en ejecutar el más perfecto desarraigo del sustrato elemental de la vida humana, su efecto inmediato es el de inducir una completa desorientación y pérdida de sentido (“delirio hermenéutico”) que les permite, a la vez, erigirse en profetas legítimos y oráculos del sentido del mundo que, precisamente, niegan. Son la voz del destino, en efecto, y recordemos que desde hace más de dos siglos – son palabras de Carlos Marx – la economía se ha convertido en el destino del hombre. Aprovecho para afirmar que no hay que atribuir a ninguna militancia marxista por parte de García Márquez el diseño de estas figuras. Siempre he estado seguro de que el hombre que hoy se hunde en su venerable ausencia ha sido y es un católico radical contrario a la errática modernidad que tampoco la Iglesia ha podido orientar. Su marxismo, querría defender formalmente en algún momento, se apoya en los elementos de tradición que, muy presentes en la sans-culotterie o en el radicalismo inglés del XVIII y XIX, todavía alentaron en la obra de Marx.

Sería un trabajo lento pero de sumo interés, que probablemente alguien habrá realizado ya, el de registrar la presencia de esos individuos en su negro caparazón a lo largo de las páginas del maestro colombiano.  Yo me limito a traer un lugar aquí, en que se determina algún rasgo característico de estos caballeros de terno oscuro que me parece especialmente apto para evocar a los agentes del FMI o del BCE, o del BM o de la OCDE y tantas otras siglas que esconden, tras una misma sombra, la luz del mundo. Y no me refiero a la muy patente inclinación por los burdeles.

“La inconformidad de los trabajadores se fundaba esta vez en la insalubridad de las viviendas, el engaño de los servicios médicos y la iniquidad de las condiciones de trabajo. Afirmaban, además, que no se les pagaba con dinero efectivo sino con vales que sólo servían para comprar jamón de Virginia en los comisariatos de la compañía. José Arcadio Segundo fue encarcelado porque reveló que el sistema de los vales era un recurso de la compañía para financiar sus barcos fruteros, que de haber sido por la mercancía de los comisariatos hubieran tenido que regresar vacíos dede Nueva Orleans hasta los puertos de embarque del banano. Los otros cargos eran del dominio público. Los médicos de la compañía no examinaban a los enfermos, sino que los hacían pararse en fila india frente a los dispensarios, y una enfermera les ponía en la lengua una píldora del color del piedralipe, así tuvieran paludismo, blenorragia o estreñimiento. Era una terapéutica tan generalizada que los niños se ponían en la fila varias veces, y en vez de tragarse las pílodras se las llevaban a sus casas para señalar con ellas los números cantados en el juego de lotería. Los obreros de la compañía estaban hacinados en tambos miserables. Los ingenieros, en vez de construir letrinas, llevaban a los campamentos, por Navidad, un excusado portátil para cada cincuenta personas, y hacían demostraciones públicas de cómo utilizarlos para que duraran más. Los decrépitos abodados vestidos de negro que en otro tiempo asediaron al coronel Aureliano Buendía y que entonces eran apoderados de la compañía bananera, desvirtuaban estos cargos con arbitrios que parecían cosa de magia. Cuando los trabajadores redactaron un pliego de peticiones unánime, pasó mucho tiempo sin que pudieran notificar oficialmente a la compañía bananera. Tan pronto como conoció el acuerdo el señor Brown enganchó en el tren su suntuoso vagón de vidrio, y desapareció de Macondo junto con los representantes más conocidos de su empresa. Sin embargo, varios obreros encontraron a uno de ellos el sábado siguiente en un burdel, y le hicieron firmar una copia del pliego de peticiones cuando estaba desnudo con la mujer que se prestó para llevarlo a la trampa. Los luctuosos abogados demostraron en el juzgado que aquel hombre no tenía nada que ver con la compañía, y para que nadie pusiera en duda sus argumentos lo hicieron encarcelar por usurpador. Más tarde, el señor Brown fue sorprendido viajando de incógnito en un vagón de tercera clase, y le hicieron firmar otra copia del pliego de peticiones. Al día siguiente compareció ante los jueces con el pelo pintado de negro y hablando un castellano sin tropiezos. Los abogados demostraron que no era el señor Jack Brown, superintendente de la compañía bananera y nacido en Prattville, Alabama, sino un inofensivo vendedor de plantas medicinales, nacido en Macondo y allí mismo bautizado con el nombre de Dagoberto Fonseca. Poco después, frente a una nueva tentativa de los trabajadores, los abogados exhibieron en lugares públicos el certificado de defunción del señor Brown, autenticado por cónsules y cancilleres, y en el cual se daba fe de que el pasado nueve de junio había sido atropellado en Chicago por un carro de bomberos. Cansados de aquel delirio hermenéutico, los trabajadores repudiaron a las autoridades de Macondo y subieron con sus quejas a los tribunales supremos. Fue allí donde los ilusionistas del derecho demostraron que las reclamaciones carecían de toda validez, simplemente porque la compañía bananera no tenía, ni había tenido nunca ni tendría jamás trabajadores a su serivicio, sino que los reclutaba ocasionalmente y con carácter temporal. De modo que se desbarató la patraña del jamón de Virginia, las píldoras milagrosas y los excusados pascuales y se estableció por fallo del tribunal la inexistencia de los trabajadores.” (G. G. Márquez. Cien años de soledad)

Los que conocen la obra saben que, en la escena siguiente, los hombres de negro desaparecen y ocupan su lugar otras figuras.

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