Pedagogía moderna 20/10/07

25 julio, 2012 § Deja un comentario

En octubre de 2007 mi hijo mayor apenas tenía tres meses. Hoy no puedo recordarlo, como si llevara junto a mí toda mi vida. No hace cinco años y han cundido como si fueran toda mi vida. Es, sin duda, toda mi vida.

Ahora, acaso algo más tranquilo, he aprendido que no seré el padre que debiera, pero que mis hijos me estimarán perfecto, esto significa – simplemente – no intercambiable, único, singular. Eso soy.

Decía entonces:

Recuerdo mi infancia como el orden sin tacha de un paraíso absoluto. Expresión enfática porque el absoluto es condición de cualquier paraíso. Indudablemente era un jardín soñado o imaginario como descubrimos al transitar a la edad adulta, y, por tanto, el paraíso – como ya anuncia su índole absoluta – es necesariamente falso. Y, sin embargo, no absolutamente falso dado que conserva un sentido positivo: absoluto en sentido positivo es un espacio limitado, donde el límite es el signo de la separación que nos desvincula del entorno. En esta medida la infancia es un orden verdaderamente absoluto. El niño parte, además, de la sola perspectiva interna y su habitación paradisiaca es (emic) necesariamente absoluta. Sólo desde más allá de la tapia conoce el adulto su glorioso desenfoque. Ahora bien, en la edad adulta entendemos, los que lo entendemos, que la infancia ha de gozar ese engaño de absoluta limpidez. Haber habitado semejante orden el tiempo suficiente es, además de una notable bendición, la condición necesaria de una firme estructura personal. A esa infancia achaco, por mi parte, la sobrecogedora ingenuidad que he conservado hasta bien entrada mi madurez. No se trata de la ignorancia del que no quiere ver el rostro duro y doloroso del mundo, sino la actitud del que sabe que el mundo esconde, precisamente, un rostro. Sólo así puede mirarse y ver la simple sutileza de una hoja, leerse y ver la compleja urdimbre de la historia, sólo así puede hablarse y decir el sentido hondo de las horas. Aventuro que todo el que con los años mantiene una curiosidad entusiasta y, bajo las agonías de la dialéctica, conserva un carácter honesto y fundamentalmente limpio ha vivido en ese falso paraíso absoluto. Absoluto es un espacio acotado o un recinto del que forma parte su límite, aquella muralla cálida porque protege y sirve finalmente de acicate y plataforma para toda salida al mundo, sólo sale al mundo el que tiene a dónde regresar. Es excusado decir que de este recinto forma parte esencial, como su centro vigilante, el legislador fundamental y fuente de toda sanción que es el Padre. “Proteger y nutrir” es el significado original de una paternidad vinculada inmediatamente al origen. Me pregunto si sabré ser esa muralla en el dominio de un mundo en demolición, en la creciente escombrera de una liberación que derriba recintos y, bajo figura de emancipación, arroja un escenario de detritos reciclables en un horizonte industrial sin barreras. Me hablaron de la entera curiosidad presente de un sabio venerable y he recordado que, en mi infancia, estaba prohibido pisar el césped. Una cosa lleva a la otra y yo, simplemente, agradezco tener un padre.

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