La perspectiva hispánica 22/09/09

2 agosto, 2012 § Deja un comentario

Entre los nombres grandes de la escritua en lengua española que yo he descubierto tarde, figura – y con esta confesión doy testimonio de la magnitud de mi ignorancia – el nombre de D. Francisco Ayala.

Ayala, como tantos otros, ha sido víctima de nuestra lamentable especialización y es juzgado propiedad de sociólogos o de filólogos. Sin embargo, en facultades españolas de ciencias sociales, donde con ridícula reverencia se hace uso de manuales ingleses o alemanes, se olvida su incomparable obra. Círculo de lectores/Galaxia Gutenberg reeditó los trabajos sociológicos de Ayala, a cuyo lado resultan diminutos los, sólo por su volumen, gruesos manuales hoy al uso. Pero Ayala es mucho más que un sociólogo o un novelista. Es uno de los nombres fundamentales de la filosofía española del siglo XX. Son muchos los textos  suyos que he ido depositando durante estos años y con ellos he ido encontrando razones del escaso reconocimiento que, contra determinadas apariencias, ha tenido su trabajo. Es fundamentalmente un autor intolerable para nuestra partitocracia y sería prolijo detallar qué es lo que le hace intolerable. Señalaré la existencia de un trabajo intempestivo (Razón del mundo, de 1941) del que está recogida la cita que dejaba aquí, hace tres años. Pero bastaría leer el prólogo para la segunda edición de su Tratado de Sociología, para reconocer su naturaleza hondamente refractaria a la modernidad y a la Europa moderna. Cuando dejé esta entrada Ayala se encontraba todavía entre nosotros. Fallecería a comienzos de noviembre del mismo año. Descanse en paz.

La perspectiva hispánica.

“No se ha hecho todavía con el necesario valor y seriedad la historia de la disolución política del Imperio hispánico. Y no se ha hecho todavía, porque hasta ahora no hubo nunca la sazón para hacerla. No es que faltaran ni los materiales ni las capacidades; ha faltado, simplemente, la coyuntura cultural. La misma situación expresada en el terreno de los hechos políticos por la ruptura del Imperio, estaba expresada en el terreno intelectual por la aceptación apresurada y casi forzosa de ajenas valoraciones. La categoría política “Estado nacional” que estaba sirviendo en Europa a la integración y crecimiento de las nuevas potencias, serviría entre nosotros para dar la medida de nuestra desintegración y mengua. Aceptada, pues, como cosa obvia la dogmática del nacionalismo, que permitía interpretar la ruptura de nuestra unidad política como un hecho de evolución natural, inevitable y hasta digno de pláceme, sólo era posible una historia hecha desde la perspectiva de cada uno de los Estados que se habían erigido sobre las ruinas del Imperio para administrar los sectores de la gran comunidad hispana, ahora políticamente desligada. La España peninsular optó más bien por ignorar en desganados apéndices de su historiografía tanto el hecho penoso como los ulteriores avatares del resto de la antigua entidad imperial; mientras que en América se aplicaba la literatura política a construir con laboriosa artesanía la historia de las respectivas naciones, mediante la aplicación retrospectiva de categorías del conocimiento histórico dentro de las cuales se encajaba la realidad sólo malamente y a  costa de enormes dificultades.
Así el complejo acontecimiento ha sido presentado con unilateral simplismo, como una guerra nacional de independencia contra la invasión napoleónica; en América, como guerras nacionales de independencia contra la dominación española…

Cuando – derogada la vigencia de las valoraciones y criterios políticos propios de la ideología moderna, por efecto de la crisis actual en que ha hecho desembocar al mundo – se pueda alcanzar una comprensión penetrante de la historia de la caída del Imperio hispano, asombrará comprobar la ardiente y frenética confusión de ideas con que los hombres de entonces trataron de dominar y prestar sentido a la catástrofe que se les había venido encima. Se advertirá que todos sus esfuerzos por salir, de un modo u otro, lo menos mal posible, de entre los escombros precipitados sobre sus cabezas, se inspiraban  más en concepciones inexpresas, y hasta en sentimientos, que en una clara idea política. Ideas, había muchas; cada cual tenía las suyas, pero faltaba lo que se dice una idea política. Y esto, aun en el caso de aquellos que, poseídos de un espíritu constructivo y de un vigoroso sentimiento de responsabilidad histórica, como San Martín y Bolívar, se aplicaron al empeño – frustrado al fin – de conservar, siquiera en el continente americano, la unidad hispánica.” (Francisco Ayala.)

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