Falsa Piedad

3 agosto, 2012 § Deja un comentario

Se ha instalado entre los tópicos, fórmulas, tipos y modelos prèt-â-porter con los que subsisten los gestores de la cosa pública (no en vano se dotan de lo que gustan en llamar argumentarios) el repugnante expediente de pedir perdón no sólo por sus delitos, corrupciones y perversiones de la ley, sino incluso por sus mismas decisiones legales.

Entre lo que yo no puedo perdonarles está, sobre todo, la banalización del perdón que están produciendo según su inevitable tendencia a ensuciar todo lo que tocan.

Primero confunden la dimensión moral y, fundamentalmente, religiosa de la existencia con el terreno político y jurídico en que se desenvuelven sus vidas meramente políticas. Tras evacuar la fórmula sin contrición del perdón – ante los imprescindibles medios de comunicación que les sirven – debieran ser juzgados y, en su caso,  condenados; y no parecería injusto que lo fueran según códigos penales no diseñados por los propios reos.

Desconocen absolutamente cualquier dimensión metapolítica de la existencia humana e ignoran así que la vieja religión universal – que también los españoles reconocieron durante siglos – exigía unas durísimas condiciones al perdón: examen de conciencia y dolor por los pecados, propósito de enmienda y confesión ante el sacerdote y, por último e ineludible, cumplimiento estricto de la penitencia.

Tras reunirse con su gabinete y su jefe de prensa, conocedores de la acción del sujeto en cuestión, se calcula el efecto mediático de la cara doliente y la voz trémula ante los propios medios de comunicación. Se supone que el acto de petición es suficiente penitencia para tan alta magistratura, aunque se trate de un concejal, un ejecutivo financiero o ministrín de comunidad autónoma. Hecho el cálculo se procede a la puesta en escena y se sugiere que el efecto dramático sirva como penitencia sucedánea de la pena jurídicamente exigible.

No sólo no saben nada de la realidad metapolítica, ignoran también qué sea la política (aprovecho para reportar este viejo enlace relativo a la cuestión) a la que han reducido a las dimensiones ridículas de su teatrito bien aderezado. No hará falta añadir que, a mi juicio, las penas fijadas por nuestros códigos para delitos contra la hacienda pública debieran endurecerse al extremo.  Y la “mala gestión” – para estos promotores de la figura del emprendedor y, al parecer, tan magníficos administradores que han llegado a pensar que no otra cosa es la política – debiera identificarse con dichos delitos contra la hacienda. Por favor no pidan perdón, que no nos gusta el espectáculo.

 

 

 

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