Sombras tutelares

7 agosto, 2012 § Deja un comentario

En estos años han venido a rodearme y cubrirme la retirada una serie de nombres propios, todos ellos de cierta edad. Se han convertido en el pretorio capaz de salvaguardar mi posición. No me refiero a aquellos que todavía alientan y cuya obra todavía se entrevera con el conocimiento biográfico y personal, en la medida en que habitamos el mismo presente. Me refiero a sombras tutelares cuya palabra me alcanza necesariamente en la forma de la escritura pero que, pese a todo, figuran todavía en la frontera de mi presente. No son clásicos o huellas en el fondo último de la tradición. Casi inmediatos pero ausentes.

Es muy notable la intensidad en el trato personal que se alcanza a través del texto y que, al menos en mi caso, contradice la preferencia platónica por la viva voz y el cuerpo presente. Esta voz hablada empieza a anhelarse a través del texto y acaso esté bien que ese conocimiento se vea frustrado, como sucede en el caso de los ausentes.

Entre las sombras tutelares que me han rodeado estos años, se alza la enorme figura de D. Gilberto K. Chesterton, al que me permití bautizar con el título de Magister Laetus. Aunque yo no lo merezca en modo alguno, un pequeño grupo ha formado en torno a mi menguada persona una especie de guardia pretoriana. No los nombraré aquí, pero todos comparten una singularidad extrema que les ha impedido componer escuelas aunque han alcanzado a muchedumbres de lectores.

Son la guardia primera que me defiende y las sombras con las que hablo.  A través de su palabra en mi voz he alcanzado a elaborar mi único rumbo, valga lo que valga.

Magister Laetus 24/03/10

La revista Renacimiento dedica su último número a la celebración de nuestro Magister Laetus. Es el último número por ser el más reciente, pero también por ser el número final de esta revista. En ella encuentro un magnífico introito de mano de D. Eduardo Mallea, escrito a cuatro años de la muerte de Chesterton. Dice así:
“En ese exacto punto de nuestra era en que comenzaba, sin signos todavía aparentes – así como no se anuncia ocaso cierto en la fortuita declinación de un sol voluble -, la desintegración occidental del hombre y su crisis civil en la órbita de la cristiandad, solía caminar por las calles de Londres un hombre en quien, para el ojo de unas pocas naturalezas esencialmente contemplativas y sagaces, parecía alcanzar su más alto grado de verosimilitud la idea de persona humana” (E Mallea 1941).
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