Desasimiento

9 agosto, 2012 § Deja un comentario

A pesar de mi tensión católica y mi intención de sostener alguna esperanza, continuamente recaigo en la certidumbre contraria. Haría falta estar ciego para no ver entre nosotros los signos del apocalipsis. En estos años y junto a las esforzadas palabras de magníficos batalladores, he ido sumando páginas de último aliento, doctrina de expiración, y cobrando una dura certidumbre de final. Cada día estoy más convencido de que el último tránsito está próximo, es ya casi inmediato. Numerosas son las advertencias recogidas. Siempre lúcidas y, a menudo, demoledoras, absolutas, incontestables.  Dejo en primer lugar un fragmento sobrecogedor que conjuga en el mismo punto y el mismo corazón los extremos del vaivén. No es fácil sobreponerse.

Sobre la línea. 17/11/10

“El reproche de nihilismo se cuenta hoy entre los más populares, y todos los dirigen con placer a su enemigo. Es probable que todos tengan razón. Deberíamos pues cargar con el reproche y no detenernos con aquellos que sin descanso están a la búsqueda de culpables. Quien menos conoce la época es quien no ha experimentado en sí el increíble poder de la Nada y no sucumbió a la tentación. El propio pecho: esto es, como antiguamente en la Tebaida, el centro del mundo de los desiertos y las ruinas. Aquí está la caverna ante la que se agolpan los demonios. Aquí está cada uno, da igual de qué clase y rango, en lucha inmediata y soberana, y con su victoria se cambia el mundo. Si él es aquí más fuerte, entonces retrocederá en sí la Nada. Dejará en la orilla de la playa los tesoros que estaban sumergidos. Ellos compensarán los sacrificios” (E. Jünger)

Desierto  tecnológico 05/08/07

“Esta catástrofe ha puesto de manifiesto la vulnerabilidad del sistema de la civilización moderna edificado a través de los siglos. Ahora sabemos que no vivimos en un edificio a prueba de terremotos. El complicado aparato del mundo moderno puede, mediante impulsos negativos que se incrementan mutuamente, descomponerse de forma irremisible. Ninguna voluntad humana podría detener esta evolución si el automatismo del progreso diera otro paso en su marcha hacia la despersonalización del hombre y lo privara cada vez más de la responsabilidad de sus propios actos” (Albert Speer. Memorias)

Ayala, 17 de octubre de 2005 11/05/11

En algún momento de su biografía alguien acusó a Francisco Ayala de haber perdido no ya la creencia religiosa, sino toda creencia. Ayala se enfrentó entonces a semejante afirmación. Ahora bien, el final de sus días vino precedido por un pavoroso estado de desolación. Esto no habría de resultar asombroso en un hombre que había alcanzado edad tan avanzada, viendo caer tras de sí los últimos vestigios del mundo que conoció su infancia. Sin embargo, insiste a lo largo de la narración en su actitud desprendida o de perfecto desasimiento del pasado y una constante apertura al porvenir.

Sucede que sus últimos años conocieron un punto de inflexión con fundamento objetivo, ajeno al particular declive de su naturaleza. Lo mienta con exactitud: el atentado terrorista que el 11 de septiembre de 2001 desplomó las Torres Gemelas en la ciudad de Nueva York. Si la causa de su nihilismo se hallara en el hundimiento mismo de su propia existencia, su triste perspectiva encontraría, finalmente, una comprensible razón de ser. Pero, junto a este natural ocaso, aparece un gran cambio “experimentado por la realidad objetiva del mundo” y que nos arroja a una situación extrema:
“Significa ello, para decirlo en términos coloquiales, que la humanidad ha alcanzado un punto en que no sabe uno qué pensar acerca de nada. Y me pregunto qué sentido puede tener, siendo así, el trasladar al papel, como lo hago en el momento presente, un tal estado de ánimo, puesto que en verdad ni espero confortación, ni mucho menos invoco esclarecimientos intelectuales que sería demasiado temerario esperar (…).
Nunca antes de ahora había vacilado en creer que aquello pudiera tener sentido. Esta última fase de mi existencia, en combinación con el panaroma que hoy presenta el mundo, viene a introducir, sin embargo, con la inminencia de la ya impostergable perspectiva de la muerte, un cambio profundo y radical en mi actitud frente a la realidad” (Franciso Ayala)

La quilla contra la ola. 18/07/07

ABEJAS DE CRISTAL.
I.
“Tal vez yo estuviera viendo las cosas desde un ángulo demasiado desfavorable. Aún estaba lleno de prejuicios anticuados que en nada me beneficiaban. Se iban cubriendo de polvo dentro de mí, como esos trofeos de plata que tenía en casa iluminando la desolación que los rodeaba.
Desde el momento en que todo debía basarse en un contrato, que no se fundase en la confianza y el honor, ya no existían ni la fidelidad, ni la fe. La disciplina había desaparecido del mundo. La catástrofe la había substituido. Se vivía en una intranquilidad permanente donde nadie podía confiar en los demás: ¿era culpa mía?. Yo no pretendía ser peor, pero tampoco mejor”

II. “Sentí la tremenda desproporción que existe entre uno de los poderosos de la tierra y un hombre que apenas si tiene en el bolsillo el dinero necesario para el viaje de vuelta. De pronto me asaltó la idea de que no me hallaba a la altura de ese encuentro. Era una señal de desclasamiento, una sensación que jamás había conocido. Un oficial de la Caballería Ligera no podía experimentarla bajo ninguna circunstancia. Monteron nos lo decía a menudo. También decía; “Sólo cuando el capitán abandona el barco éste se pierde y se convierte en un bien mostrenco. El auténtico capitán se hunde con su barco”. Se refería a la dignidad de la persona.
Esto fue lo que me vino a la cabeza mientras me temblaban las rodillas. Me acordé también de aquellos tiempos remotos en los que no abrigábamos más que desprecio por esos magnates del acero y del carbón (el cine y los autómatas ni siquiera se veían por aquel entonces; a lo sumo sólo en ferias y parques de atracciones).” (Ernst Jünger)

Abyssus  28/03/08

“… a la tremenda conmoción de 1940/45, coronada con la explosión atómica, siguió un asombroso despliegue económico y tecnológico que alteraría el conjunto de las relaciones humanas, cambiando los modos de actuar y de reaccionar y anulando por consiguiente las tradicionales valoraciones al suscitar una nueva imagen del mundo en la mente común. Ni la organización del trabajo productivo, ni la manera de emplear en la diversión el tiempo libre, ni el mecanismo de transacciones y medios de pago, ni la estructura de la familia y la posición recíproca de las generaciones y de los sexos, para no hablar del edificio social, serían ya los mismos: la sociedad de masas se desarrollaría plenamente, y la fase última de la revolución industrial, la electrónica, transformaría de arriba a abajo las condiciones de la convivencia humana. Y, sin embargo, todo lo que se les había ocurrido en aquel momento crucial a los políticos y sabios de la hora fue tratar de restaurar los viejos edificios políticos y reafirmar sus anacrónicos principios, lanzando, tras la bomba atómica, esa fútil bomba “idealista”: la Declaración Universal de Derechos del Hombre de 1948, colosal globo de viento, donde se inflan alegremente los postulados que tan eficaces fueron en un contexto histórico-social pretérito, pero que resultan inaplicables en las condiciones de nuestros días. (…).
En lo relativo a las estructuras políticas y sus mecanismos de gobierno, se pretendió creer que el dogma de las nacionalidades, tan incongruente con el descomunal progreso tecnológico, conservaba todavía su antigua validez, no obstante la incontrastable presencia de las llamadas “superpotencias”; y ni siquiera el intento de ensanchar las medidas del estrecho molde estatal integrando Europa en una unidad política para convertirla a su vez en “superpotencia” ha llegado por último a consumarse; mientras que, por lo demás, se procuraba rehacer la difunta Sociedad de Naciones, restaurando el fracasado proyecto kantiano de paz perpetua con esa Organización de las Naciones Unidas, cuya eficacia…¡a la vista está!
Consecuencia de todo ello es que el progreso tecnológico alcanzado, del que era legítimo esperar un mayor grado de bienestar para la humanidad entera, está poniendo en peligro su pervivencia misma. Durante los decenios transcurridos desde la segunda guerra mundial, que con la explosión de la bomba atómica (señal ominosa tanto como prometedora) abrió una nueva época, ese progreso ha continuado sin cesar, aumentando en manera prodigiosa el dominio del hombre sobre la naturaleza, hasta cumplirse la hazaña – asombrosa y vana – de explorar la Luna, una empresa cuyo éxito venía a demostrar cómo el impulso de dominación y conquista había alcanzado su último límite y tocaba ya lo absurdo. Pero en el terreno de la organización social no hemos dado en cambio los pasos indispensables. En cuanto a la aplicación de los medios de poder disponibles a una ordenación racional de las estructuras básicas de la convivencia humana, nos hallamos en la misma situación – aunque, claro está, agravada enormemente – que en la fecha de 1945, cuando este Tratado de Sociología terminó de escribirse. Por eso puedo afirmar hoy – y lo hago con pena, con profunda alarma – que su texto conserva plena actualidad. De hecho, estamos ya al borde del abismo” (Francisco Ayala. Madrid. Primavera de 1983)

 

 

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