Españoles

15 agosto, 2012 § Deja un comentario

Que España es un país inviable o imposible no es, quizás, una declaración antipatriótica. Si lo fuera, tampoco me importaría. Ángel Ganivet informaba a Miguel de Unamuno: “España es una nación absurda y metafísicamente imposible, y el absurdo es su nervio y su principal sostén. Su cordura será la señal de su acabamiento”. Por mi parte, siendo yo mucho más prosáico, creo que esta nación imposible hace tiempo que es una triste comparsa, una colonia sin pretensiones y, para sus habitantes, un infierno doloroso y sin esperanza.

Pese a todo, quedan vestigios que muestran ese viejo nervio metafísico. La amistad entre Maurín y Payne es, para mí, una de esas huellas valiosísimas. Maurín me empezó a ser querido a través de su correspondencia con Ramón J. Sender, donde se manifestaba un hombre de perfecto sentido común y fortaleza difícilmente igualable. Muy lejos del propio Sender y de la muchedumbre de exiliados desnortados que jamás entendieron de dónde habían salido. La hazaña de su A.L.A es una gesta propia de otros tiempos. El perfil de Payne se matiza permanentemente pero va dando el gesto de un magnífico historiador y, al tiempo, de persona valiente e insobornable.

La negativa de Maurín a regresar a España, su muerte a orillas del Hudson y la brillante carrera universitaria de su hijo, lejos de España pero ligado para siempre a la literatura española, es un signo manifiesto.

Maurín – Payne 23/11/08

De entre los hallazgos que pueda revelar el último libro del hispanista Stanley G. Payne, probablemente nada relativo a la historia de España. Roturada ya minuciosamente, otra historia de España no debería sorprender. Pero hace algún tiempo que la política española se hunde en un delirio poco quijotesco. Será ya cuestión debatida la fecha en que se manifiesta esa fase delirante de nuestra historia, o, también se debatirá si ese delirio es tal o no lo es, sino acaso luminosa racionalidad, si es que justamente no es esa la naturaleza de un delirio semejante.

La posición que Payne puede adoptar respecto a la historia y la política españolas es, sin duda, distante, lo que, lejos de mantenerle en una ceguera estimativa, le permitirá juzgar con renovado afecto este objeto de sus ya muchos años de estudio. La distancia es el cariño, como enseña el felicísimo maestro; de ningún modo es el olvido.
Pero la historia no avanza – como creyeron tantos – al margen de la vida y la voluntad de los hombres, aunque no se reduzca a ellas. En la historia no son irrelevantes los nombres propios, (el Singular -der Einzelne- jüngeriano) y no lo son tampoco en el tiempo presente. Aunque de nosotros sea poco lo que cabe esperar – acaso diremos que nada puede esperarse de nosotros – también es cierto que en la vida, como en el arte, “nadie sabe del todo lo que ejecuta”1.
La eficacia de Joaquín Maurín todavía se manifiesta en la obra de su “hijastro estadounidense”, el hoy anciano S. G. Payne. Libra batallas en un notable vicariato, no ya porque Payne pueda considerarse simple medio de Maurín, sino porque aún predica en tierra de infieles ,de suerte que el territorio de su predicación que es, todavía hoy, un vicariato, acaso mediante su potente evangelio pueda llegar a ser, quiero decir pueda volver a ser, diócesis plena, acaso todavía bajo el viejo nombre de España.

“Para mí, el más relevante de los exiliados españoles que conocí en Nueva York fue, con mucho, Joaquín Maurín, cofundador del famoso POUM, que se convertiría en un gran amigo, con el que mantuve contacto frecuente hasta su muerte en 1973. Hasta cierto punto, Maurín me “adoptó” como a una especie de hijastro estadounidense. Era un hombre notable y un muy buen amigo, que conservaba la vigorosa personalidad y la presencia física bastante llamativa que le habían convertido en un lider esencial de la izquierda revolucionaria durante la década de 1930. A su esposa franco-rusa, Jeanne Lifschitz, le desconcertaba bastante la especial amistad que surgió entre nosotros, porque, aunque en 1959 Maurín ya era en gran medida partidario de un proyecto socialdemócrata, ella sabía que yo no compartía en absoluto la tendencia marxista revolucionaria que había caracterizado su carrera política en España. Sólo puedo decir que entre nosotros se desarrolló rápidamente una especial afinidad electiva, basada en ciertos intereses comunes y en un agrado y una estima mutuos. Maurín apreciaba la seriedad de mis intereses académicos y mi disposición a trabajar concienzudamente en ellos, actitudes que hasta entonces, en lo que ya era una década de exilio en Nueva York, nunca había encontrado entre los estadounidenses que se acercaban a España. Sus intereses no tardaron en volverse casi paternales, infatigablemente solícitos en lo tocante a lo que más pudiera beneficiarme y a mi propio bienestar. Aunque mucho más complejo que la mayoría de sus colegas revolucionarios de la década de 1930, también había conservado gran parte del puritanismo de sus orígenes aragoneses y, cuando fui a La Habana en junio de 1960 para examinar la revolución castrista, me previno con seriedad contra los peligros de la “corrupción caribeña”. Nunca olvidaré nuestro último adiós en 1973, cuando ya padecía la enfermedad que acabaría con él. 2. Como estaba lloviendo, insistió en acompañarme con su paraguas hasta que paré un taxi delante del edificio neoyorquino en el que vivía.
Quien me presentó a Maurín fue Francisco García Lorca, un hermano del poeta, cuya incipiente carrera diplomática había sido interrumpida por la Guerra Civil. Su segunda profesión fue la de profesor de literatura española en Columbia, donde se convirtió en uno de los editores de la Revista Hispánica Moderna. García Lorca fue miembro del tribunal que, a finales de abril de 1958, evaluó en examen oral mi tesis doctoral. Durante la prueba, Frank Tannenbaum, entonces el profesor más veterano de historia de América Latina en Columbia, me preguntó cuál había sido la aportación de España a la civilización latinoamericana. Yo sabía que Tannenbaum, un destacado leyendanegrista al que lo que más le interesaba eran las poblaciones india y negra de América Latina, siempre denigraba el papel de los españoles. Evidentemente, un simple estudiante apenas podía poner en cuestión las opiniones de un profesor que formaba parte de su tribunal, pero siempre he tenido una vena independiente que se ha rebelado contra cualquier corrección política. Aunque formulé con sumo cuidado mi respuesta, indiqué que no podían rechazarse de plano las positivas aportaciones de España a la civilización latinoamericana.
De mi réplica tomó buena nota García Lorca, que se quedó encantado y más tarde le contó todo a Maurín. A su vez, éste la reseñó de forma ligeramente exagerada, convirtiéndola en un encendido alegato en defensa de la civilización española que publicó en España Libre y en otras publicaciones. El hecho revela hasta qué punto los exiliados republicanos, a pesar de sus críticas a las instituciones españolas del momento, mantenían con energía y con actitud defensiva su identidad en el exterior, rozando casi el nacionalismo cultural.
Lo más importante que Maurín hizo para mí fue abrirme el camino a la investigación de historia oral que no tardaría en acometer en España…” (España, una historia única. Stanley G. Payne. Temas de Hoy. 2008)

1. Reproduzco palabras de J. L. Borges utilizadas en alguna entrada anterior de este mismo sitio.
2. La obra que Payne dedicó en 1974 al nacionalismo vasco apareció dedicada a J. M. J. : Joaquín Maurín Juliá.

 

 

 

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