Nostalgia y negación de la comunidad

24 agosto, 2012 § Deja un comentario

Estos años han sido de continuo ir y volver sobre la distinción fundamental de todo pensamiento sociológico o de toda filosofía moral a saber: sociedad/comunidad. (Espero que la disyuntiva deje ver su sentido polémico).

La cuestión, como es natural, se ha entreverado con mi propia vida.  Suelo recordar el aforismo de D. Nicolás Gómez Dávila: “no soy un intelectual moderno insatisfecho, soy un campesino medieval indignado” o mis veranos de adolescencia y juventud, cuando viajaba a la Edad Media que podía encontrarse a poco más de 200 kms de Madrid.

La Comunidad cuyo elemento es la llamada familia tradicional puede darse por “superada”.  La cuestión es ya la de su sucesor en el “astro ascético”. Hay quien habla de una “ascética desespiritualizada” (Sloterdijk) o de una ascetología o antropotécnica sin metafísica. Yo no veo horizonte alguno, de modo que me repliego sobre las ruinas del hombre viejo. Moriré señalando señalando en mi cuerpo el sello del espíritu umbilical y constitutivo.

Así pues, he ido dejando huellas de mis idas y venidas sobre un asunto del que nadie puede distanciarse. Dejo enristradas unas pocas referencias puesto que, de algún modo, podrían ser todas las que he puesto en estos cinco años.

Nostalgia de la comunidad.10/09/11

Hace tiempo que dejé noticia del grupo “québécois” mes aïeux. Los nuestros, nuestros antepasados, están más cerca como es natural. Son muchos los que conservan, en una atmósfera artificial y de laboratorio, gestos perdidos y formas antropológicas que, seguramente, están condenados al olvido o, a lo sumo, a esta forma casi académica de conservación. Les estamos agradecidos todos aquellos, muchos más, que nos resistimos a declarar el fin del neolítico, como dice aquí Eusebio, el músico. Más allá del progresismo y el conservadurismo, un comunitarismo campesino que es el único fundamento de cualquier universalismo real o próximo. La otra vía es la que estamos transitando y cuyo sentido ya nadie alcanza. Lo dejo a través de noticia llegada de mis paisanos y sólo esto me obliga

Pueblo y Comunidad. A propósito de Charles Péguy.24/04/11

 Charles Péguy ha descrito como pocos la dimensión radical de la gran transformación, de la substancial metamorfosis que significa la modernidad y conoce como pocos la naturaleza de su agente esencial: la ciudadanía, léase, la burguesía.
“Fuimos educados en un mundo radicalmente distinto. Se puede decir que el niño educado en una ciudad como Orleáns entre 1873 y 1880 estaba en contacto físico, literalmente, con la antigua Francia, con el antiguo pueblo, con el pueblo sin más. Y hasta se puede decir que esta su participación fue plena, porque la antigua Francia estaba todavía entera e intacta. La ruina se ha producido, si así puedo decirlo, sin solución de continuidad y en pocos años […].
Puede creerse que fuimos educados en un pueblo alegre. En aquellos tiempos, un lugar de trabajo era un rincón de la tierra en el que los hombres eran felices. […].”
Péguy conoce la metafísica que sostiene el orden comunitario que habita el pueblo, una metafísica que trascendió durante décadas la oposición entre la metafísica de la ciencia de sus maestros laicos y la metafísica teológica de la iglesia. Acusa una contradicción alarmante: mientras la metafísica de la ciencia es ineficaz pudo mantener, sin embargo, la confianza en sus maestros laicos. La metafísica teológica ha manifestado su potencia pero sus depositarios se pierden: “…aquellos que poseen la confesión no tienen ciertamente la confianza, aquellos que creen no confían en los depositarios de su fe”. La razón está en la procedencia de esos maestros laicos que, más allá de su doctrina, son parte del pueblo: “un hombre pertenece a su extracción, un hombre es lo que es. No es aquello que hace por los otros, lo serán quizá sus sucesores. Pero él no. El padre no es de él mismo, es de su origen, de su extracción; sus hijos son suyos”.
Exacta es, finalmente, su rápida determinación de esta vieja metafísica del pueblo, una ontología de la comunidad o de la persona. Es fácil entender por qué no se lee a Ch. Péguy hoy, entre nosotros.

Individuo / Persona 02/11/10

Perdido en la oposición interior/exterior, A. Comte no encuentra modo de armonizar un individuo y una sociedad, de suyo inconciliables. Su ensayo de pensar semejante articulación, bajo la forma de su Religión Universal, no puede resultar eficaz. En efecto, sólo puede comprenderse adecuadamente en términos de las relaciones de proximidad y distancia envueltas en la tradicional vinculación entre persona y comunidad, condición de auténtica religiosidad. Pero no cabe duda de que Comte ha visto con claridad el feo rostro de la sociabilidad moderna, precisamente en sus obras postreras, aquellas en que la cuestión por la religión resulta acuciante. Son numerosas las descripciones del abismo moderno; algunas magníficas por su concisión, homo homini lupus, otras lo son por su abundancia. Las descripciones  involuntarias que Comte hace de la modernidad destacan por su precisión técnica:
“EL SACERDOTE. Acabáis de plantear, hija mía, el principal de los problemas humanos, el cual consiste, en efecto, en hacer gradualmente prevalecer la sociabilidad sobre la personalidad (1), aunque esta sea espontáneamente preponderante. Para comprender mejor la posibilidad de conseguirlo, es preciso ante todo comparar los dos modos opuestos que lleva consigo, naturalmente, la unidad moral, según que su base inferior sea egoísta o altruísta.
Las expresiones múltiples que acabáis de emplear con respecto a la personalidad, dan testimonio involuntariamente de su impotencia radical para constituir una armonía real y permanente, aun en un ser aislado. Como que esa unidad monstruosa no exigiría solamente la ausencia de todo impulso simpático, sino también la preponderancia de un solo egoismo. Pues bien, eso no existe más que en los últimos animales, en que todo se refiere al instinto nutritivo, sobre todo cuando los sexos no están separados. Pero en todos los demás, y principalmente en nuestra especie, la satisfacción de esa necesidad fundamental deja que prevalezcan sucesivamente varias otras tendencias personales, cuyas energías, siendo casi iguales, anularían sus pretensiones opuestas a dominar el conjunto de la existencia moral. Si no se subordinaran todos a los afectos externos, el corazón estaría constantemente agitado por conflictos íntimos entre los impulsos sensuales y los estímulos del orgullo, la vanidad etc.; cuando la concupiscencia propiamente dicha cesara de reinar con las necesidades puramente corporales. Así, la unidad moral sigue siendo imposible, aun en la existencia solitaria, para todo ser dominado exclusivamente por afectos personales que le impidan vivir para los demás. Tal sucede con algunas fieras que, salvo en circunstancias pasajeras, flotan ordinariamente entre una actividad desordenada y una postración innoble, por no tener fuera de sí los principales móviles de su conducta” (Catecismo positivista)
(1) Entiende Comte por personalidad lo que se designa a veces 
con las palabras individualismo y egoísmo (NT)
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