Auctoritas Nova.

26 septiembre, 2012 § Deja un comentario

La sociedad universal en trance de realización se ha dotado, en un proceso de larga duración cuya semilla puede hallarse ya en el siglo XII, de una estructura político-económica de alcance global que busca trascender las naciones políticas que habrían sido únicamente su última fase. La nueva megalópolis se encarna en institutos o agencias al cargo de la  preservación del equilibrio político-económico mundial (hay quien dice post-westfaliano) o – lo que es lo mismo – del “justo desequilibrio” según sus intereses, exactamente mensurables. Sus agentes, clérigos del falso dios visten de terno negro y están dotados de la más reciente tecnología de la información (hay intención de confundir en llamarlas tecnologías de la comunicación). FMI o BM – transfigurados en los 70 a partir de su forma restringida bajo el primer sistema de Bretton Woods – son sólo el rostro visible de una potencia escondida.

“Incluso los profesores de Administración de empresas explican esta historia a sus alumnos. La transnacional “es el mayor motor de aprendizaje de la historia de la humanidad”. Pasar de “competir con la autoridad del Estado-nación” a convertirse en un “motor de productividad”, ese es el futuro. “Guste o no, la empresa multinacional es un actor político”. La mitad de la doble crítica que hace George Soros al capitalismo global está dedicada a los mercados financieros mundiales, la otra mitad a la “creciente dominación sobre las economías nacionales” de las transnacionales y la “penetración de los valores de mercado en ámbitos a los tradicionalmente no pertenecen”. “. (John Ralston Saul)

La sociedad (universal) no puede oponerse a la poderosa autoridad del mercado universal porque, con regulaciones o sin ellas, es sólo su más íntimo fruto. La escondida potencia confunde a su críticos del modo más pleno cuando estos creen vislumbrar una reorganización comunitaria análoga a la de la vieja Cristiandad. Esa analogía no pasa de ser una ridícula metáfora. Así Hedley Bull quiere ver en la articulación del mercado financiero a escala mundial, junto con la expansión transnacional de las grandes corporaciones, un “equivalente moderno y secular del tipo de organización política universal que existió en la crsitiandad occidental en la Edad Media”. Ni la menor idea de lo que habla. La nueva Autoridad universal es la precisa inversión de aquella morfología extraordinaria. De ahí la confusión que induce en cabezas sin entraña.

Partícula de realidad.

25 septiembre, 2012 § Deja un comentario

Entre la barahúnda de noticias, informaciones, novedades – todas ellas de una altísima importancia, según se dice – relativas a la situación económica mundial y a los riesgos políticos que envuelve, se puede hallar todavía una fisura por la que alienta el pulso de la realidad. Un hombre habituado a dar la cara sabe anteponerse, a modo de escudo o de parapeto, en defensa del sentido frágil de su existencia, que no está en las cifras de crecimiento del producto interior bruto, ni  en los índices bursátiles.

Pudo suceder todavía en cualquier rincón del planeta, acaba de suceder en Sudáfrica. Con un gesto semejante se abre paso la luz del mundo, tan débil y ensombrecida por la potencia incalculable de los negocios.  Cada uno en su propio corazón tendrá que encontrar el elemento que le permita seguir siendo un hombre. En tiempos tan duros como los que se anuncian hay que aprender a servir de fortaleza.  No hay ya nada más por lo que entregarse si no es que esos altísimos valores se encarnen – sin metáfora – en el único vínculo substancial que todavía existe.

Un boxeador sudafricano muere en un tiroteo por salvar a su hija.

Contra-tiempo

23 septiembre, 2012 § Deja un comentario

Hoy sólo el heredero de una gran fortuna podría – llegado el improbable caso – permitirse el lujo de la verdad.

Una vez más

12 septiembre, 2012 § Deja un comentario

Sin desesperación, pero sin esperanza dejo aquí el siguiente texto que tomo de la página web de Ciutadans

Sobre la Diada

El día de la ‘diada’ no puede convertirse en los días donde el respeto por el prestigio del engaño democrático procedimental consolide las mentiras sobre las que todo se basa.

 Compatriotas,

Obligaciones familiares ineludibles me impiden estar hoy en Barcelona atendiendo a vuestra invitación, como hubiera deseado. Que estas palabras puedan servir al menos para expresar mis ideas sobre los embrollos que se han ido urdiendo estos últimos años y que han cegado las cabezas de tantos españoles.
Todavía están sonando los ecos del Himno de los Segadores, creado para fingir una fecha heroica en la que habría logrado expresarse, por fin, la «nación política catalana». Pero la revuelta de los segadores de 1640 no fue una revuelta contra España, sino una revolución social dirigida por Rafael Godoy, de triste memoria histórica, contra la burguesía y aristocracia dominantes. Y en 1641, bajo la inspiración de Pablo Clarís, la Junta de Brazos y el Consejo de Ciento proclamó a Luis XIII de Francia como Conde de Barcelona. Ni siquiera en este hecho Barcelona pudo presentar un proyecto de Estado nacional, que nunca había tenido, porque los míticos Condes de Barcelona no fueron otra cosa sino representantes de la Marca Hispánica francesa. En realidad las reivindicaciones políticas de Cataluña se dirigieron siempre, ya desde la época de la Marca Hispánica, y sobre todo después de la experiencia con el régimen francés, en la época de Luis XIII, antes contra Francia que contra España.
En la Guerra de Sucesión las revueltas contra Francia, y no contra España, se mantuvieron. La toma de Barcelona por el Duque de Berwick, el general de Luis XIV, aliado con el rey de España, su nieto, no fue el final de la lucha de Cataluña por su libertad; fue un episodio del conflicto de la guerra entre las grandes Potencias del Antiguo Régimen: España y Francia, por un lado, e Inglaterra y Austria por otro. La batalla librada en España, en la Guerra de Sucesión, entre Felipe V, el nieto de Luis XIV, y el Archiduque Carlos, que reivindicaba sus derechos de herencia al trono de España, fue una de las tantas guerras europeas que debían desarrollarse en el seno de esa «convivencia dioscúrica», que es la ley de la «biocenosis europea».
En los primeros momentos de su reinado, Felipe V había reunido las Cortes Catalanas, en 1701-1702, en las que se aprobaron todas las constituciones que le fueron presentadas, «las constituciones más favorables que había obtenido la provincia» (decía Feliu de la Penya). «Vinieron a quedar los catalanes más independientes del Rey que está el Parlamento de Inglaterra» (dice Macanaz en sus Memorias).
En cualquier caso, el apoyo de Cataluña al partido del Archiduque Carlos nada tuvo que ver con un proceso separatista. El 5 de noviembre de 1705 el Archiduque Carlos había sido solemnemente jurado en Barcelona como Rey de España y Conde de Barcelona: «Visca la Patria!, Visca Carlos tercer!». Después viene la batalla de Almansa (25 de junio de 1707); no por ello cedieron los catalanes en su apoyo al Rey de España que ellos reconocían, el Archiduque Carlos. Y tras importantes variaciones de la coyuntura, entre ellas la muerte del emperador José I (en 1711), Felipe V, con la ayuda del Duque de Berwick, enviado por Luis XIV, decidió el asalto a Barcelona.
Rafael de Casanova, Presidente del Consejo de Ciento, propuso sucumbiesen todos los barceloneses antes de permitir la entrada de Felipe V. Sin embargo, el asalto tuvo lugar el 11 de septiembre de 1714. ¿Qué tiene que ver entonces la fecha, conmemorada hoy como Diada, con la «invasión» de Cataluña por el Rey de España? Era un proclamado Rey de España en Madrid, Felipe V, el que se enfrentaba a otro Rey de España proclamado en Barcelona, como «Carlos III»; y a quien, para más inri, le correspondía el título de Emperador del Sacro Romano Imperio.
Si «Carlos III» hubiese ganado la Guerra de Sucesión, se habría reproducido en el siglo XVIII la situación que en el siglo XVI tuvo lugar a propósito de Carlos I; en realidad, se reprodujo, más bien, la situación del «fecho del Imperio» que en el siglo XIII emprendió Alfonso X, sólo que al revés. Porque, en esta ocasión, el Rey de Castilla que aspiró al Imperio, se quedó sin él y, en la otra, el Emperador, que aspiraba al Reino de España, se quedó también con las ganas. De hecho parece que la amenaza de que, muerto el Emperador José I, «Carlos III» de España (y VI de Alemania) restaurase el Imperio de Carlos V, determinó que Inglaterra y Holanda le retirasen su apoyo, lo que favoreció, evidentemente, el triunfo final de Felipe V (que ya se había anunciado, desde luego, en Almansa).
No cabe olvidar tampoco, como recuerda Jesús Lainz, que en el asedio a Barcelona participaron miles de catalanes integrando el ejército de Felipe V, que entró en la capital catalana el 11 de septiembre de 1714. Y otros miles de catalanes lucharon en el bando de los sitiados en defensa de lo que ellos estimaban legítima dinastía española, la de Felipe V, y de la libertad de toda España, como dejaron claro en los comunicados, y sobre todo en el último discurso de Antonio de Villarroel, jefe militar de los barceloneses, cuando dijo que combatían por nosotros y por toda la nación española.
La «Diada» es el día del oscurantismo musicalizado por una «memoria histórica» que está envuelta, sin embargo, por el prestigio de la democracia.
Una ley redactada en 1980 por gentes interesadas en subrayar el hecho diferencial histórico de Cataluña, en lugar de subrayar su secular condición de parte de España; unos hombres indoctos a los que les daba igual ocho que ochenta; una ley votada por un Parlamento en el que muy pocos sabían algo del asunto, después de aprobada, resultó dignificada con el nombre de «Ley democrática».
El día de la «diada» no pueden convertirse en los días donde el respeto por el prestigio del engaño democrático procedimental consolide las mentiras sobre las que todo se basa. Son los días de la vergüenza, que sólo puede ser remediada por la más firme voluntad de conocimiento.

Gustavo Bueno, filósofo.

Astucia invertida o Inversión de la astucia.

11 septiembre, 2012 § Deja un comentario

Para D. M. que dice o decide, a veces, desconocer la potencia filosófica de su actividad.

Nadie dudará del enorme desprestigio que han padecido los studia humanitatis, entre los que se cuenta la filosofía académica. Aquí hemos destacado un reciente libro de J. Llovet en que se trata el problema, que es un problema de naturaleza muy compleja.

Ahora bien, despreciada la filosofía académica en nombre de los vigentes valores de la productividad y la utilidad, resulta que los adalides del rendimiento se erigen en los agentes exclusivos de la nueva filosofía. Lo despreciado en grado extremo resulta – en otros términos – apreciado como imprescindible. No me sorprende esta afinidad entre lo más actual y lo intempestivo, no me sorprende que sean los gestores y administradores de empresa los pretendidos representantes de la más exacta lectura de los polvorientos volúmenes históricos de la desestimada filosofía académica.

“A partir de un determinado nivel, los managers se ven siempre enfrentados a sistemas integrales y a problemas globales, no sólo a ámbitos problemáticos particulares como cuestiones financieras, márketing o producción. De ahí que deban pensar al mismo tiempo en el efecto simbólico de su actuación, en los efectos a la larga y secundarios que se deriven para la totalidad de la empresa, sin olvidarse de los efectos simbólicos dispersos que puedan ejercer sobre la cultura empresarial las decisiones menos importantes e incluso más nimias. Además su cometido no es solamante resolver los problemas actuales, sino imaginar situaciones nuevas y mejores, previendo o creando oportunidades y temáticas. En ese sentido, los managers cobran por “nada”: por algo que (todavía) no existe. No cobran por gestionar el status quo, ni la cómoda aplicación de recetas ya comprobadas, sino por configurar activamente un futuro incierto, por tentar e intentar posibilidades”  (R. K. Sprenger)

¿Dónde estoy?

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