Una vez más

12 septiembre, 2012 § Deja un comentario

Sin desesperación, pero sin esperanza dejo aquí el siguiente texto que tomo de la página web de Ciutadans

Sobre la Diada

El día de la ‘diada’ no puede convertirse en los días donde el respeto por el prestigio del engaño democrático procedimental consolide las mentiras sobre las que todo se basa.

 Compatriotas,

Obligaciones familiares ineludibles me impiden estar hoy en Barcelona atendiendo a vuestra invitación, como hubiera deseado. Que estas palabras puedan servir al menos para expresar mis ideas sobre los embrollos que se han ido urdiendo estos últimos años y que han cegado las cabezas de tantos españoles.
Todavía están sonando los ecos del Himno de los Segadores, creado para fingir una fecha heroica en la que habría logrado expresarse, por fin, la «nación política catalana». Pero la revuelta de los segadores de 1640 no fue una revuelta contra España, sino una revolución social dirigida por Rafael Godoy, de triste memoria histórica, contra la burguesía y aristocracia dominantes. Y en 1641, bajo la inspiración de Pablo Clarís, la Junta de Brazos y el Consejo de Ciento proclamó a Luis XIII de Francia como Conde de Barcelona. Ni siquiera en este hecho Barcelona pudo presentar un proyecto de Estado nacional, que nunca había tenido, porque los míticos Condes de Barcelona no fueron otra cosa sino representantes de la Marca Hispánica francesa. En realidad las reivindicaciones políticas de Cataluña se dirigieron siempre, ya desde la época de la Marca Hispánica, y sobre todo después de la experiencia con el régimen francés, en la época de Luis XIII, antes contra Francia que contra España.
En la Guerra de Sucesión las revueltas contra Francia, y no contra España, se mantuvieron. La toma de Barcelona por el Duque de Berwick, el general de Luis XIV, aliado con el rey de España, su nieto, no fue el final de la lucha de Cataluña por su libertad; fue un episodio del conflicto de la guerra entre las grandes Potencias del Antiguo Régimen: España y Francia, por un lado, e Inglaterra y Austria por otro. La batalla librada en España, en la Guerra de Sucesión, entre Felipe V, el nieto de Luis XIV, y el Archiduque Carlos, que reivindicaba sus derechos de herencia al trono de España, fue una de las tantas guerras europeas que debían desarrollarse en el seno de esa «convivencia dioscúrica», que es la ley de la «biocenosis europea».
En los primeros momentos de su reinado, Felipe V había reunido las Cortes Catalanas, en 1701-1702, en las que se aprobaron todas las constituciones que le fueron presentadas, «las constituciones más favorables que había obtenido la provincia» (decía Feliu de la Penya). «Vinieron a quedar los catalanes más independientes del Rey que está el Parlamento de Inglaterra» (dice Macanaz en sus Memorias).
En cualquier caso, el apoyo de Cataluña al partido del Archiduque Carlos nada tuvo que ver con un proceso separatista. El 5 de noviembre de 1705 el Archiduque Carlos había sido solemnemente jurado en Barcelona como Rey de España y Conde de Barcelona: «Visca la Patria!, Visca Carlos tercer!». Después viene la batalla de Almansa (25 de junio de 1707); no por ello cedieron los catalanes en su apoyo al Rey de España que ellos reconocían, el Archiduque Carlos. Y tras importantes variaciones de la coyuntura, entre ellas la muerte del emperador José I (en 1711), Felipe V, con la ayuda del Duque de Berwick, enviado por Luis XIV, decidió el asalto a Barcelona.
Rafael de Casanova, Presidente del Consejo de Ciento, propuso sucumbiesen todos los barceloneses antes de permitir la entrada de Felipe V. Sin embargo, el asalto tuvo lugar el 11 de septiembre de 1714. ¿Qué tiene que ver entonces la fecha, conmemorada hoy como Diada, con la «invasión» de Cataluña por el Rey de España? Era un proclamado Rey de España en Madrid, Felipe V, el que se enfrentaba a otro Rey de España proclamado en Barcelona, como «Carlos III»; y a quien, para más inri, le correspondía el título de Emperador del Sacro Romano Imperio.
Si «Carlos III» hubiese ganado la Guerra de Sucesión, se habría reproducido en el siglo XVIII la situación que en el siglo XVI tuvo lugar a propósito de Carlos I; en realidad, se reprodujo, más bien, la situación del «fecho del Imperio» que en el siglo XIII emprendió Alfonso X, sólo que al revés. Porque, en esta ocasión, el Rey de Castilla que aspiró al Imperio, se quedó sin él y, en la otra, el Emperador, que aspiraba al Reino de España, se quedó también con las ganas. De hecho parece que la amenaza de que, muerto el Emperador José I, «Carlos III» de España (y VI de Alemania) restaurase el Imperio de Carlos V, determinó que Inglaterra y Holanda le retirasen su apoyo, lo que favoreció, evidentemente, el triunfo final de Felipe V (que ya se había anunciado, desde luego, en Almansa).
No cabe olvidar tampoco, como recuerda Jesús Lainz, que en el asedio a Barcelona participaron miles de catalanes integrando el ejército de Felipe V, que entró en la capital catalana el 11 de septiembre de 1714. Y otros miles de catalanes lucharon en el bando de los sitiados en defensa de lo que ellos estimaban legítima dinastía española, la de Felipe V, y de la libertad de toda España, como dejaron claro en los comunicados, y sobre todo en el último discurso de Antonio de Villarroel, jefe militar de los barceloneses, cuando dijo que combatían por nosotros y por toda la nación española.
La «Diada» es el día del oscurantismo musicalizado por una «memoria histórica» que está envuelta, sin embargo, por el prestigio de la democracia.
Una ley redactada en 1980 por gentes interesadas en subrayar el hecho diferencial histórico de Cataluña, en lugar de subrayar su secular condición de parte de España; unos hombres indoctos a los que les daba igual ocho que ochenta; una ley votada por un Parlamento en el que muy pocos sabían algo del asunto, después de aprobada, resultó dignificada con el nombre de «Ley democrática».
El día de la «diada» no pueden convertirse en los días donde el respeto por el prestigio del engaño democrático procedimental consolide las mentiras sobre las que todo se basa. Son los días de la vergüenza, que sólo puede ser remediada por la más firme voluntad de conocimiento.

Gustavo Bueno, filósofo.

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