Fatal Encuentro

3 octubre, 2012 § Deja un comentario

Hace veintiséis años leí un comentario escrito por Borges que pasó al trasfondo de mi consciencia, donde siempre lo tuve vagamente presente. Hace nueve años me encontré con una edición entonces reciente de la Autobiografía de G. K. Chesterton y el viejo comentario de Borges pasó a primer plano. Desde entonces he leído de principio a final al maestro inglés.

Hoy mismo, por una azarosa fatalidad, he vuelto a encontrar las dos páginas que J. L. Borges dedicara a Chesterton en 1952. Las he encontrado de una luminosa profundidad apenas explicativa, hondamente paradójica. Evito los ejemplos y recogo los lugares donde se enuncia la idea.

“Poe y Baudelaire se propusieron, como al atormentado Urizen de Blake, la creación de un mundo de espanto; es natural que su obra sea pródiga de formas de horror. Chesterton, me parece, no hubiera tolerado la imputación de ser un tejedor de pesadillas, un monstruorum artifex (Plinio, XXVIII,2), pero invenciblemente suele incurrir en atisbos atroces. (…).

Tales ejemplos, que sería fácil multiplicar, prueban que Chesterton se defendió de ser Edgar Allan Poe o Franz Kafka, pero que algo en el barro de su yo propendía a la pesadilla, algo secreto, y ciego y central. (…)

Esa discordia, esa precaria sujeción de una voluntad demoníaca, definen la naturaleza de Chesterton… (…)

Recuerdo dos parábolas que se oponen. La primera consta en el primer tomo de las obras de Kafka. Es la historia del hombre que pide ser admitido a la ley. El guardián de la primera puerta le dice que adentro hay muchas otras* y que no hay sala que no esté custodiada por un guardián, cada uno más fuerte que el anterior. El hombre se sienta a esperar. Pasan los días y los años, y el hombre muere. En la agonía pregunta: “¿Será posible que en los años que espero nadie haya querido entrar sino yo?”. El guardián le responde: “Nadie ha querido entrar porque a ti sólo estaba destinada esta puerta. Ahora voy a cerrarla”. (Kafka comenta esta parábola, complicándola aún más, en el noveno capítulo de El Proceso). La otra parábola está en el Pilgrim`s Progress, de Bunyan. La gente mira codiciosa un castillo que custodian muchos guerreros; en la puerta hay un guardián con un libro para escribir el nombre de aquel que sea digno de entrar. Un hombre intrépido se allega a ese guardián y le dice: “Anote mi nombre, señor”. Luego saca la espada y se arroja sobre los guerreros y recibe y devuelve heridas sangrientas, hasta abrirse camino entre el fragor y entrar en el castillo.

Chesterton dedicó su vida a escribir la segunda de las parábolas, pero algo en él propendió siempre a escribir la primera”

(* – Nota de Borges – La noción de puertas detrás de puertas que se interponen entre el pecador y la gloria están el Zohar. Véase Glatzer. In Time and Eternity, 30; también Martin Buber: Tales of the Hasidim. 92)

Su dialéctica conjugación con Belloc, la polémica unanimidad con su propio hermano, de algún modo bien vista por su señora cuñada Mrs. Cecil Chesterton, forman parte de esa compleja y plural naturaleza del maestro inglés. Tras ella creo que palpita una esencial contradicción, que acaso esté en el nervio de la más aquilatada antropología católica y que, por tanto, estará presente en el corazón de todos los hombres.

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