Dei Gratia

3 mayo, 2013 § 2 comentarios

El día de hoy ha sido plenamente disfrutado. Evitaré detalles que pudieran comprometerme. Sobre poco más o menos el día discurrió así: primero un viaje no muy largo, de retorno a paisajes que me son consanguíneos. Allí,  en primer lugar,  la familia: tres generaciones. Después el paisaje: el río abundante y el agua fría. Mis hijos se han bañado sin mayor cuidado que quitarse la ropa y he tenido que entrar para sacarlos del agua helada. Luego hemos pescado del modo más rudimentario, a pedradas. He de decir que con notable éxito.  En el recuerdo un espino en flor de no menos de ocho metros de altura y el olor sacramental de la jara. Pero, por encima de todo, mis renuevos peletes  gritando de alegría y lanzando piedras al agua.

Hemos pasado por el huerto del abuelo y he recibido miel olorosa de manos de mi madre; con cebollas y acelgas y guisantes…. Las gallinas están siendo renovadas y las más recientes apenas se atreven a disfrutar del aire limpio y el paisaje asombroso que puede contemplarse desde el gran olivar en que se ubica su privilegiado gallinero .

Cena sagrada y viaje de regreso. Ellos duermen y yo conduzco sabiendo que se pierde el mundo. Melancolía porque esta extravagancia empieza a resultar delictiva. La normalización de cada gesto asfixiará la vida.

Ningún asistente social vigiló el baño, ningún sanitario la calidad de la verdura o el color de la miel, ningún agente medioambiental la constitución del aire o la especie de la pesca apedreada. Brindo con una copa de vino mientras recuerdo todavía la realidad del mundo que declina, tras este vestigio regalado de los días en que podía celebrarse la existencia simplemente.  Por lo demás, hasta el último día conservaré libre de culpa mi conciencia por la enorme felicidad que nos regala la simple posibilidad de ver, oler o tocar sin precaución informada y sin temor al orden político de los especialistas, ese orden que nos dicta el modo  exacto de disfrutar la vida.

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§ 2 respuestas a Dei Gratia

  • Daniel dice:

    Gracias a ti, amigo, por compartirlo. Compartir la dicha de recuperar, aunque sea de modo tan efímero, el pulso de esa vida que se extingue pero que no lo hace del todo mientras los seres queridos habiten en esos paisajes, y compartir también la terrible convicción de que abandonamos ese mundo (lo siento, no puedo permitirme la licencia poética de decir que “ese mundo nos abandona”). Saber lo primero me produce una profunda alegría que alivia, momentáneamente, sufrir con angustia lo segundo.
    Un abrazo

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