El día de mañana.

27 mayo, 2013 § Deja un comentario

La situación que vive actualmente la Unión Europea, que se reduce comúnmente a la recesión económica, tiene un componente de justicia puesto que esa Europa desencadenó hace siglos un huracán silencioso sobre el planeta.  Pero es cierto que semejante miseria ha venido cayendo sobre su fuente y ya asoló el continente europeo entre 1914 y 1945 de un modo que debió ser definitivo.

Hablo, naturalmente, de la Europa triunfante en cuya vanguardia se encuentran los imperialismos holandés, inglés o francés, pero también el imperialismo alemán. Esos imperialismos de la piratería y la piel tan blanca, imperialismos que han sido la verdadera avanzada de la globalización del libre comercio y la industria, sin olvidar sus dimensiones políticas, jurídicas o culturales. Sin duda caben modulaciones de ese arquetipo imperial pero que no desdicen la unidad del género. Es la Europa que se asentara en la idea moderna del Estado Nacional y en esa forma de imperialismo metropolitano cuya raíz es la expansión infinita de las ciudades hacia el horizonte de la universal cosmópolis. Es – en suma – la Europa de la ilustración y del progreso, de las ciencias y tecnologías dominadoras de esa oscura presunta realidad que todavía llaman naturaleza. Y, por supuesto, la Europa de su íntima contrafigura, la Europa de la cultura sublime y delicada.

Europa de las ciudades que contemplaba con desdén al campesino, al rústico entregado a su labor cotidiana y desconocedor de la verdadera realidad. Al fin y al cabo, supersticioso y servil, una forma infrahumana que la Crítica liberaría definitivamente y en todos los sentidos. Es la Europa “realmente existente” que ha dado su cuño a la última época de la historia del mundo, al final de la historia que llamamos modernidad. Es la Europa que profetiza la paz perpetua sobre la base del libre comercio y la democracia planetaria, sostenida en última instancia por una consciente sociedad civil-burguesa, estrechamente universal.

Es ese fantasma fascinante que nos tiene cegados – quizás para siempre – desde que nos concedió el impagable don de rendirnos a su imagen, arrodillándonos ante sus cifras y sus modales.

Pero aquí y ahora, a día de hoy, la que se juzga una crisis económica es el límite mismo de la deflagración integral, pero lenta, a que esa Europa ha sometido a todo aquello que no se limitaba a reflejar su imagen. La única esperanza que podemos albergar es que este límite se realice, porque sólo así el magnífico resplandor de la deflagración, su potente estallido, puede – acaso – reorientar hacia una moderna antimodernidad los restos de su naufragio. Esos restos alientan y resisten en lo que quede de nuestra existencia antropológica, restos engarzados en lo que quede de imperialismo universal, pero en el sentido de una amplia universalidad – siguiendo a Chesterton – frente a la estrecha universalidad de esta Europa agónica. Su difícil agonía es, en suma, nuestra muy tenue esperanza.

Anuncios

Etiquetado:,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo El día de mañana. en A Día de Hoy.

Meta

A %d blogueros les gusta esto: