Nihilismo activo

29 mayo, 2013 § Deja un comentario

Es fácil acusar nihilismo en toda actitud que deseamos denigrar y rechazar. Pero la naturaleza de este fenómeno y de su poliédrica comprensión en la filosofía y las ciencias sociales no es, no puede ser, simplemente negativa. Puede cegarnos la misma etimología del término y la imagen de la nada como estrecho no ser o simple negación.

Pero la idea de nihilismo tiene un estructura compleja. Así, su más acreditado analista –  F. Nietzsche o Pacific Nihil, según la curiosa latinización de su propio nombre con la que el profeta del nihilismo fantaseó – distingue el nihilismo fuerte, que caracteriza la fase misma de su superación, de esa otra dimensión del nihilismo que encuentra inscrita en la metafísica occidental desde Platón.

Aquí he traído en varias ocasiones el conocido último parágrafo del escrito de E. Jünger en torno al nihilismo:  Sobre la línea.  En ese hermoso parágrafo 22 Jünger escribió:

“El reproche de nihilismo se cuenta hoy entre los más populares y todos lo dirigen con placer a su enemigo. Es probable que todos tengan razón. Deberíamos, pues, cargar con el reproche y no detenernos con aquellos que sin descanso están a la búsqueda de culpables. Quien menos conoce la época es quien no ha experimentado en sí el increíble poder de la Nada y no sucumbió a la tentación. El propio pecho: esto es, como antiguamente en la Tebaida, el centro del mundo de los desiertos y las ruinas. Aquí está la caverna ante la que se agolpan los demonios. Aquí está cada uno, da igual de qué clase y rango, en lucha inmediata y soberana, y con su victoria se cambia el mundo. Si él es aquí más fuerte, entonces, retrocederá en sí la Nada. Dejará en la orilla de la playa los tesoros que estaban sumergidos. Ellos compensarán los sacrificios”

Conozco pocos textos recientes que sean más hermosos y esperanzadores. La referencia a los padres del yermo y a la lucha interior nos sitúa ante el misticismo monástico y ante la idea crucial de una afirmativa negación, siempre vista con suspicacia por la ortodoxia eclesiástica pues no en vano nos pone ante la identidad imposible de Dios y Nada. Ese momento negativo ha de ser trascendido y el que venza en ese ejercicio (ascesis) transforma el mundo.  Esto parecerá una posición idealista pero no creo que lo sea, si se entiende bien la conjugación entre el sujeto y el mundo.

Entendida esta conjugación en términos adecuados podríamos superar el idealismo inscrito en las palabras de Novalis, referidas a la ausencia de un poder espiritual que sirviera de árbitro entre las potencias temporales de la Europa moderna.

“Es imposible que fuerzas temporales se equilibren a sí mismas, sólo un tercer elemento, a la vez temporal y supraterrenal, puede resolver este cometido. Entre las potencias beligerantes no cabe concertar la paz, toda paz es mera ilusión, mero armisticio; bajo el punto de vista de los gabinetes, de la conciencia vulgar, no es pensable ninguna unión… (…) Que ninguna espere aniquilar a la otra, todas las conquistas aquí no quieren decir nada, pues la capital más interior de cada reino no está detrás de terraplenes y no se puede tomar por asalto”

La capital más interior de cada reino, el “centro del mundo de los desiertos y las ruinas”, se encuentra en el propio pecho. Hombres de una bondad abrumadora y de una inteligencia consiguientemente deslumbrante han vencido en esa lucha en momentos extremos y con recursos escasos. Su propia naturaleza es casi milagrosa.

“Cuando ya llevaba cierto tiempo sumido en las profundidades del pesimismo contemporáneo, sentí en mi interior un gran impulso de rebeldía: desalojar aquel íncubo o librarme de aquella pesadilla. Pero como aún intentaba resolver las cosas yo solo, con poca ayuda de la filosofía y ninguna de la religión, me inventé una teoría mística rudimentaria y provisional. Se podía resumir en que la mera existencia, reducida a sus límites más primarios, era lo bastante extraordinaria como para ser emocionante. Cualquier cosa era magnífica comparada con la nada y aunque la luz del día fuera un sueño, era una ensoñación, no una pesadilla”

Pero también entre quiénes no logran hallar el camino hay plena consciencia de la íntima conjugación, por así decirlo, de conversión y revolución. Los jóvenes rusos – cuya imagen dibuja I. Turguéniev en Padres e hijos – que, procedentes a menudo de la aristocracia rusa, se dirigen “al pueblo” (el movimiento narodniki) ejercitan esta conjugación. Estos jóvenes rusos protagonizan, dice P. A. Kropotkin,  una de esas “revoluciones silenciosas” que suponen radicales conversiones, aunque puedan resultar paradójicamente ateístas. Estos jóvenes aceptaron el título de nihilistas dotándolo de un sentido de afirmativa negación. También entre ellos cobra forma un nihilismo activo que buscan trascender en su afán por configurar una nueva forma de comunidad.

“Cuando aparecía algún extraño en nuestro entorno se le preguntaba con la franqueza propia del nihilista sobre su pasado y su presente, descubriéndose muy pronto qué clase de persona era. En las relaciones humanas la franqueza es, sin duda, el mejor método para establecer un vínculo amistoso.. (…) un espía podía referirse a amigos comunes, dar todo tipo de datos a veces correctos de su pasado en Rusia, hablar a la manera nihilista y comportarse como uno de ellos, pero nunca era capaz de asimilar esa clase de ética nihilista que se había desarrollado entre la juventud rusa, lo que por sí sólo bastaba para que fuesen mantenidos  a distancia de nuestra colonia. Los espías pueden imitarlo todo excepto la ética”

(P. A. Kropotkin. Memorias de un revolucionario)

En efecto, no puede impostarse esa conversión. Acaso ese nihilismo característicamente ruso esté arraigado en la cristiana espiritualidad del pueblo ruso. Acaso hayan errado, pese a todo, en su búsqueda pero yo no despreciaré su esfuerzo, aquí está cada uno en lucha inmediata y soberana, pero empiezo a entender que no es una lucha solitaria y que sólo el que es capaz de rogar ayuda encuentra el camino de la victoria. Estas revoluciones silenciosas transforman el mundo.

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