Dei Gratia

3 mayo, 2013 § 2 comentarios

El día de hoy ha sido plenamente disfrutado. Evitaré detalles que pudieran comprometerme. Sobre poco más o menos el día discurrió así: primero un viaje no muy largo, de retorno a paisajes que me son consanguíneos. Allí,  en primer lugar,  la familia: tres generaciones. Después el paisaje: el río abundante y el agua fría. Mis hijos se han bañado sin mayor cuidado que quitarse la ropa y he tenido que entrar para sacarlos del agua helada. Luego hemos pescado del modo más rudimentario, a pedradas. He de decir que con notable éxito.  En el recuerdo un espino en flor de no menos de ocho metros de altura y el olor sacramental de la jara. Pero, por encima de todo, mis renuevos peletes  gritando de alegría y lanzando piedras al agua.

Hemos pasado por el huerto del abuelo y he recibido miel olorosa de manos de mi madre; con cebollas y acelgas y guisantes…. Las gallinas están siendo renovadas y las más recientes apenas se atreven a disfrutar del aire limpio y el paisaje asombroso que puede contemplarse desde el gran olivar en que se ubica su privilegiado gallinero .

Cena sagrada y viaje de regreso. Ellos duermen y yo conduzco sabiendo que se pierde el mundo. Melancolía porque esta extravagancia empieza a resultar delictiva. La normalización de cada gesto asfixiará la vida.

Ningún asistente social vigiló el baño, ningún sanitario la calidad de la verdura o el color de la miel, ningún agente medioambiental la constitución del aire o la especie de la pesca apedreada. Brindo con una copa de vino mientras recuerdo todavía la realidad del mundo que declina, tras este vestigio regalado de los días en que podía celebrarse la existencia simplemente.  Por lo demás, hasta el último día conservaré libre de culpa mi conciencia por la enorme felicidad que nos regala la simple posibilidad de ver, oler o tocar sin precaución informada y sin temor al orden político de los especialistas, ese orden que nos dicta el modo  exacto de disfrutar la vida.

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Críticos e hipercríticos.

1 mayo, 2013 § Deja un comentario

Como ya he mostrado aquí, tengo cierta tendencia a juzgar positivamente la obra y la figura de Michel Foucault (1926-1984). Pero no me encuentro entre los fascinados a los que se les presenta como fuente de su hipercrítica, prolongación francesa de su  (in)comprensión de ese Nietzsche que conciben como fuente oracular de la más radical crítica de la ontoteología que, al parecer, subyace a la historia de occidente, como profeta de una emancipación creadora y otras lindezas por el estilo. Tampoco me encuentro, sin embargo, entre los que contemplan al escritor francés como un pobre diablo perdido en su mala literatura, alambicada expresión de los elegantes pensadores parisinos del post-horizonte.

Michel Foucault  podrá responder – aquí o allí, en un momento u otro de su vida y de su obra – a esas imágenes. No me interesan los reclamos del mercado editorial, las fantasías  ininteligibles, ni los sueños infantiles de los adultos (aunque me encantan los sueños de los niños). Sería de interés alcanzar alguna comprensión del modo en que se ha elaborado el halo de ensoñación que envuelve su obra, alguna comprensión del mecanismo por el que  ésta  se presta a esa operación de fascinación elegante para  semicultos y letrados. Gente bien que busca formas de vida alternativas frente a la tradición, pero también frente al presente. Nihilistas que declaman en francés el famoso final del rostro de arena que se borra en la playa, y miran al cielo mientras se construyen a sí mismos, siguiendo pretendidas tecnologías de la identidad y formas inéditas del cuidado de sí.

El Foucault que yo conozco ha leído muchos libros, no muy divulgados, y sostiene un esfuerzo por entender su sociedad y su tiempo. Es paciente, gris y meticuloso. A menudo creo ver errores de interpretación e incluso creo que padece ciertas ingenuidades. Me siento entonces un lector avanzado. Pero otras veces con lentitud y torpeza me ofrece nuevas perspectivas. Me siento entonces un lector agradecido. Foucault no ha logrado, me parece, configurar un sistema del mundo, una filosofía articulada con una luminosa precisión geométrica. Pero – pese a lo que se dice – no deja de intentarlo. Buena parte de su obra se ofrece como un yacimiento a explotar o, también, como ruinas a reconstruir. Foucault es un ensayista esforzado. Creo que hoy no podemos aspirar a más y, a este respecto, podemos verlo como un adelantado.

Hay buena parte de su trabajo publicado que no fue escrito, sino pronunciado. Sus cursos y conferencias tienen ese valor de yacimiento y de construcción inacabada, abandonada a medias. Me interesa ese perfil más que su obra de éxito y es a ese trabajador que busca alcanzar una erudición, que resultara bastante para la comprensión del estado presente del mundo, el que me resulta admirable.  Allí hay elementos de una actualidad intempestiva. En resumen, Michel Foucault se cuenta, para mí, entre los autores que deben leerse sin tener que recorrer sus obras completas, por la sencilla razón de que  éstas no existen.  Ahora bien, no porque haya profesado ese absurdo de un buscado pensamiento fragmentario.  Los valiosos elementos de su trabajo no pudieron ser sistemáticamente engarzados. Sólo el señor del sistema podría por ello despreciarlo. Los que, con poco éxito, nos esforzamos por construir un horizonte – unitario – señalando referentes en un paisaje cambiante, los ensayistas arruinados no podemos despreciar su esfuerzo inacabado.

No diré nada del gesto satisfecho de los que se envanecen de su impotencia y se declaran orgullosamente  débiles y fragmentarios. Hay que agradecerles, al menos, que nos hagan reír aunque ya es hora de que se retiren: lo poco gusta pero lo mucho cansa.

¿Dónde estoy?

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