Anarcocatolicismo (y 2)

26 junio, 2013 § Deja un comentario

En un aciago momento de la historia de Europa se produjo una horrorosa alianza del Trono con el Altar. Esa unión aberrante está ejemplarmente simbolizada en la figura del cardenal del absolutismo y príncipe de la  tolerancia A. J. du Plessis, Richelieu. Francia se situaba – ya entonces – en la vanguardia del  proceso de la  modernidad. Richelieu significa el gesto torcido del que fuera el amable rostro de la madre Iglesia. Ese rostro ha ido a menudo afeándose, sin que yo niegue que conserve intacto el fondo de su verdad eterna.

Pero la Iglesia católica, la Iglesia, ha sufrido crecientemente una ambigüedad que se compadece mal con su naturaleza fundada absolutamente en la verdad. La relación difícil con la Iglesia de católicos ardientes, a lo largo del siglo pasado y el presente, y tanto más cuanto más ardiente fuera su fe, indica esa insoportable ambigüedad. Acaso Charles Péguy sea el que mejor encarne la contradicción vivida de un cristiano sin Iglesia, pero mucho me temo que el número de los desamparados ha sido creciente a lo largo del siglo.

Pero de nuevo la enorme figura del magister laetus ha sido capaz de enjugar esa ambigüedad – como sólo parece posible desde Inglaterra y el caso asombroso de los católicos ingleses da testimonio de esa sutil circunstancia -.  No diré que así como el catolicismo inglés es asombroso por su potencia restauradora, el catolicismo español…

No me resisto a hacer tronar la voz desgraciadamente profética del enorme inglés (que aquí evoca al menos el estilo de otro católico (im)posible – Lèon Bloy -):

“Un ejército ha marchado a través del desierto, con su columna, según la frase militar, en el aire; bajo el mando de un jefe confiado, tiene la seguridad de lograr comunicaciones mucho mejores que las antiguas. Cuando los soldados están casi agotados por la marcha, y cuando la tropa ha sufrido horribles privaciones a causa del hambre y la intemperie, se dan cuenta de que han avanzado sin apoyo en dirección al territorio enemigo, y de que los signos de actividad militar que pueden verse en todas partes son sólo los del cerco enemigo que se va cerrando. Súbitamente se detiene la marcha y el jefe arenga a sus hombres. Hay muchísimas cosas que podría decir. Algunos pensarán que sería mejor que no dijera absolutamente nada. Muchos sostendrán que cuanto menos diga, tanto mejor. Otros opinarán, y con muchísima razón, que se necesita aún más coraje para una retirada que para un avance. Tal vez se le aconseje animar a sus hombres desilusionados, amenazando al enemigo con una desilusión más dramática, declarando que todavía lo vencerán, que escaparán de la red aunque ya esté echada, y que su fuga será todavía más victoriosa que la victoria común. De todos modos, hay un tipo de arenga que el jefe no dirigirá nunca a sus hombres, a menos que sea mucho más tonto de lo que parece por su error primero. No dirá: “Ahora estamos ocupando una posición que tal vez les parezca humillante; pero les aseguro que no es nada al lado de la humillación que sin duda sufrirán cuando hagan una serie de tentativas inevitablemente fútiles para mejorarla o para replegarse hacia lo que quizá consideren tontamente como una posición más fuerte. Me divierten mucho sus absurdas insinuaciones; porque de todos modos nunca me parecieron gran cosa sus antiguas comunicaciones sarnosas.” Ha habido motines en el desierto otras veces, y es posible que el general no muera en combate con el enemigo.

Una gran nación y civilización ha seguido durante cien años o más una forma de progreso que se mantuvo independiente de determinadas comunicaciones antiguas, bajo la forma de antiguas tradiciones acerca de la tierra, el hogar y el altar. Ha avanzado bajo el mando de dirigentes confiados, por no decir absolutamente seguros de sí mismos. Tenían la plena seguridad de que sus leyes económicas era rígidas, su teoría política acertada, su comercio beneficioso, sus parlamentos populares, su prensa ilustrada y su ciencia humana. Con esta confianza sometieron a su pueblo a ciertos experimentos nuevos y atroces: lo llevaron a hacer de su propia nación independiente una eterna deudora de unos pocos hombres ricos; y a apilar la propiedad privada en montones que fueron confiados a los financieros; a cubrir su tierra de hierro y piedra y despojarla de hierbas y de granos; a llevar su alimento fuera de su propio país con la esperanza de volver a comprarlo en los confines de la tierra; a llenar su pequeña isla de hierro y oro, hasta recargarla como barco que se hunde, a dejar que los ricos se hicieran cada vez más ricos y menos numerosos, y los pobres más pobres y más numerosos; a dejar que el mundo entero se partiera en dos con una guerra de meros señores y meros sirvientes; a malograr toda especie de prosperidad moderada y patriotismo sincero, hasta que no hubo independencia sin lujo, ni trabajo sin perversidad; a dejar a millones de hombres sujetos a una disciplina distante e indirecta y dependientes de un sustento indirecto y distante, matándose de trabajo sin saber por quién y tomando los medios de vida sin saber de dónde; y todo pendiente de un hilo de comercio exterior que se iba haciendo cada vez más y más delgado. Todavía pueden decirse  muchas cosas a las gentes que han sido llevadas a esa situación. Convendrá recordarles que una simple rebelión desordenada empeoraría las cosas en vez de mejorarlas. Ciertas complejidades deben tolerarse por un tiempo, porque corresponden a otras complejidades, y las dos deben simplificarse juntas cuidadosamente. Pero si pudiera decir una palabra a los príncipes y gobernantes de semejante pueblo, a los que lo han llevado a esa situación, les diría tan seriamente como puede un hombre decir algo a otros hombres: “Por Dios, por nosotros y, sobre todo, por vosotros mismos, no os precipitéis ciegamente a decirles que no hay salida en la trampa a la cual los condujo vuestra necedad; que no hay otro camino más que aquel por el cual vosotros los habéis llevado a la ruina; que no hay progreso fuera del progreso que ha terminado aquí. No estéis tan impacientes por demostrar a vuestras desventuradas víctimas que lo que carece de ventura carece también de esperanza. No estéis tan deseosos de convencerlos de que también habéis agotado vuestros recursos, ahora que ha llegado el final del experimento. No seáis tan elocuente, tan esmerada, tan racional y radiantemente convincentes para probar que vuestro propio error es aún más irrevocable e irremediable de lo que es. No tratéis de reducir el mal industrial mostrando que es un mal incurable. No aclaréis el oscuro problema del pozo carbonífero demostrando que es un pozo sin fondo. No digáis a la gente que no hay más camino que éste; porque muchos, aun ahora, no lo soportarán. No digáis a los hombres que el único sistema posible, porque muchos ya considerarán imposible resistirlo. Y un tiempo después, ya demasiado tarde, cuando los destinos se hayan vuelto más oscuros y los fines más claros, la masa de los hombres tal vez conozca de pronto el callejón sin salida donde los ha conducido vuestro progreso. Entonces tal vez se vuelvan contra vosotros en la trampa. Y si bien han aguantado todo lo demás, quizás no aguanten la ofensa final de que no podáis hacer nada; de que  ni siquiera intentéis hacer algo. “¿Qué eres, hombre, y por qué desesperas?”, escribió el poeta. Dios te perdonará todo menos tu desesperación. El hombre también os puede perdonar vuestros errores y quizás no os perdone vuestra desesperación.”

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