Genio y Figura.

9 julio, 2013 § Deja un comentario

Reconozco padecer una poderosa capacidad de engañarme, al punto de que todavía hoy sigo jugando con un curioso vaivén entre ilusión y engaño. Diría, acaso, que me ilusiono con peligrosa facilidad. Es síntoma, me parece, de cortedad o escasa inteligencia o, por lo menos, de una práctica ausencia de inteligencia abstracta, que puede conjugarse con una notable imaginación.

Chestertonat31yearsoldDigo esto, que no me deja en buen lugar, a propósito de una fotografía de Gilbert K. Chesterton cuyos efectos sobre mis días son enormes. Por supuesto, la fotografía no actúa sola y es necesaria la lectura de su obra para dar cuenta de los enormes efectos que sobre mí tuvo, ha tenido y, quizás, todavía tenga. Aunque la amargura va reduciendo sus resonancias positivas sobre mis días.

En la foto aparece Chesterton en la plenitud de su edad, con  31 años de vitalidad y asombrosa potencia productiva. Está sentado en un jardín en una humilde silla de tijera que todavía soporta su creciente peso. Es un hombre robusto y fuerte, está lejos del extremado peso que llegará a alcanzar.  Sostiene un cartapacio en sus piernas cruzadas, y lee con atención un libro, la imprescindible pluma entre los dedos.  Viste una ropa decente y abrigada, el húmedo clima inglés, con una suerte de polainas que hoy resultan ya una pizca característicamente anacrónicas.  Un pequeño muro  parece separar la casa de la vecina.

El jardín, o esta parte que se me antoja delantera, no es muy grande pero es  suficiente.  Suponemos que hay una hierba fácil de atender en ese clima inglés y se dejan ver pequeñas flores en el perímetro y un mínimo arbusto en el centro.

El cuadro desprende un sorprendente aire antiguo. La fotografía debió ser hecha en 1905, el siglo acababa de comenzar y todavía se vivía en el soñado “jardín de la cultura liberal” (Steiner).  Casado en 1901, la foto debe proceder de la casa londinense del reciente matrimonio que, si no me sitúo mal, resultaba todavía cercana a la ruidosa y viva Fleet Street. Se trata del tiempo anterior a su traslado a Beaconsfield.

Es cierto que Londres es una ciudad de enorme extensión pero es llamativo el pequeño camino frontero a la casa, que hoy cuesta juzgar una carretera, por el que en esa fecha transitarían sólo algunos coches de caballos. La ausencia de automóviles hace definitivamente extraño, por rural, el sentido de la fotografía que debió ser tomada en el corazón de aquella Londres.

He ansiado encontrar el ambiente que respirara el maestro inglés, por supuesto no sólo no he podido sino que quizás haya desviado dramáticamente el rumbo real de la vida de un triste profesor de comienzos del siglo XXI, alejado ya de la gran explosión que puso fin al orden antropológico, que todavía acoge a ese hombre fotografiado a sus 31 años de edad. Mi capacidad de engaño quizás haya logrado dominarme al punto de torcer definitivamente mi rumbo. Nada se pierde, en cualquier caso, porque hoy – nunca y a nadie – el camino conduce demasiado lejos.

Citaré finalmente, aunque a tanto no ha llegado mi afán de reconstrucción de aquel ambiente, la mínima cerca – que más señala que divide el perímetro de la casa -.  Imposible no evocar a su vista la incomparable imagen de la esfera y la cruz.

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