Les savants

24 julio, 2013 § Deja un comentario

Vivimos en el tiempo en jirones de la especialización, esa “barbarie vertical” que el transcurso de los últimos cincuenta años ha extendido horizontalmente.  El positivismo tanto como su reverso utilitarista – en suma la moderna construcción europea del “mundo” – ha realizado su programa. Todos somos especialistas, técnicos y expertos conocedores del estrecho radio de nuestro mínimo campo. Como condición al parecer ineludible del progreso – sea eso lo que sea – la especialización parece inexorable. El consiguiente ocaso de los saberes críticos, es decir, saberes de composición y ordenación panorámica, parece asimismo inevitable.  Este proceso subyace a la idea tan actual de la fragmentación y la multiplicación sin criterio de las perspectivas, es decir, al totum revolutum en que se ha convertido este gran cambalache de la existencia sin sentido de las partículas nebulizadas o en suspensión  que somos cada uno de nosotros. Cada subjetividad enfermiza y débil, incomunicada, desarraigada y sola, de cuya administración y gestión técnica se ocupa un Estado-Mercado que apenas sirve, ya tampoco, a su vieja función totalizadora. El Estado se difumina – haciéndose “difuso, capilar y disperso” – cuando el Mercado se integra, entendiendo por semejante integración la ruptura de toda frontera (la ilimitación que llaman erróneamente globalización) que da paso a la esporádica y fosforescente conexión entre puntos de intercambio, subjetividades estériles y solas.  El único límite fáctico está dado por la esfera planetaria pero ya se ha formulado el sueño del lunático que comercia con el  esperado tráfico interplanetario.  El triunfo del técnico es otra consecuencia de la apoteosis del comercio.

Son muchas las filosofías de la ciencia y la tecnología que han señalado el riesgo que este avance supone.  A mi juicio el límite, a cuyo alcance estamos, pasa por la producción del hombre por parte de los técnicos de la antropogénesis – ingenierías biológicas y tecnologías de la identidad -. La posibilidad de la producción tecnológica del hombre es visible desde hace mucho tiempo. La vieja novela de A. Huxley “A Brave New World” anunciaba el nuevo avance  – y su prólogo  a la segunda edición es asombroso –

No es el Golem de la mitología hebrea, sino más bien el Übermensch  de la pesadilla tecnocrática.  Esto es lo que se esconde tras debates siempre abordados en pedazos como el que estos días ronda la cuestión de la asistencia pública a las dificultades de fertilidad de mujeres (y hombres). El superhombre será el gran especialista, diseñado desde sus entretelas para la función socio-económica que está destinado a desempeñar. Su felicidad consistirá en la realización de su magnífico rendimiento. El superhombre resultará ser una función, diestra y econométricamente perfecta, en un hombre terriblemente vulgar.

Conviene recordar las advertencias de los últimos profetas.

“La gente acostumbra a decir que el experto no es un hombre; pero se trata de un juicio tan severo como erróneo. El problema de un experto nunca es el no ser un hombre, sino siempre el que desde el momento en que deja de ser un experto se convierte en un hombre del todo ordinario. En todo aquello en lo que no se encuentra excepcionalmente versado acostumbra con bastante frecuencia un verdadero ignorante. Esta es la gran falacia de lo que hemos dado en llamar la imparcialidad de los hombres de ciencia. Estaría bien que los hombres de ciencia no tuvieran ideas fuera de su trabajo científico – es decir, que estaría bien para todo el mundo excepto para ellos -. Pero lo cierto es que, más allá de sus ideas científicas, no es que carezcan de ellas, sino que las que poseen son las ideas más vulgares y rebosantes de sentimentalismo que acostumbran a generalizarse entre la camarilla que constituye su entorno social.  (…) El gran desastre para la humanidad entera es la ignorancia del experto”. (G. K. Chesterton)

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