Klassenkampf

30 septiembre, 2013 § Deja un comentario

Se reaviva en las condiciones socio-económicas actuales la intensidad de la oposición conjugada entre tensión interna y presión externa. En la sociedad realizada de nuestro tiempo, es decir, en el grado extremo de degradación de las estructuras comunitarias, por realización de esa nube o polvo de individuos que es la society, se ha perdido toda noción de la naturaleza metasubjetiva de la persona singular.

Los agregados de individuos – egoiformes y absolutos – que componen las sociedades bajo gestión o administración unitaria de los respectivos estados se polarizan en clases (tensión interna) a la vez que se oponen entre sí en el esfuerzo por sostener su unidad interna (presión externa).

Se conjuga así la constante combinación explosiva de stasis y polemós. En ese juego puede el Sr. A. Otegui confesar su admiración por el Sr. A. Mas, en ese juego pueden oírse discursos sobre el final de la lucha de clases, o su carácter de espejismo ideológico,  junto a discursos que hablan del carácter superestructural de las naciones políticas.

Desanudar la explosiva conjugación de esa inestable síntesis no parece posible y, sin embargo, resulta urgente. A quien anota esa urgencia se le ubicará en la izquierda revolucionaria o en la derecha revolucionaria, ya sea que conciba elemental la lucha de clases o el enfrentamiento internacional. Otros buscan escape de esta aporía una vez más en el crecimiento económico que reduzca la intensidad de la tensión y la consiguiente presión. Esta relajación temporal parece, sin embargo, posponer una resolución real que rompa el doble vínculo explosivo y que no parece poder retrasarse excesivamente, habida cuenta de los costes sociales y ecológicos del crecimiento económico bajo las condiciones de la sociedad globalizada de libre mercado.

Este es el esquema de la situación. Ahí estamos enredados como ratones en su puzzle box, incapaces de dar con el mecanismo de huida. Pero el problema, entiendo, está mal planteado y, o lo reconstruimos de raíz o moriremos en la caja.

Declive

28 septiembre, 2013 § Deja un comentario

Vengo de acompañar y tratar de honrar a un veterano, a un viejo amigo que ha sufrido dolorosos golpes en los últimos tiempos. La muerte de su padre, un ictus, la extirpación de su vesícula… Todos esos golpes me han dolido o me duelen porque caen también sobre mí  cuando caen sobre él. Sobre todo la muerte de su padre, que era mi amigo más viejo y también uno de mis más viejos amigos. Sus enfermedades recaen sobre él obviamente con mayor precisión, pero también me hieren cuando le alcanzan.

El horizonte que se aproxima ha de traer dolorosos acontecimientos. Mi edad, de la que estoy agradecido, empieza a exigir su terrible ofrenda. Contemplar el ocaso de mis seres más queridos, mientras yo mismo caigo a velocidad creciente por la dura pendiente de los días. Pero traerá asimismo el magnífico crecimiento de generaciones venideras y, sobre todo, de la gloria incalculable de mis propios hijos. Ni aquel ocaso es apocalíptico, ni este crecimiento milagroso. Nada en el porvenir está cerrado, ni lo está – aunque resulte menos evidente – en el pasado.

Habrá que afrontar el acoso insoslayable de la muerte, crecientemente furibundo, paulatinamente más y más poderoso. Confío en contar con el apoyo invencible de los que hemos visto sobre la tierra el brillante paso de los que ahora se hunden en su ocaso.  Mientas caemos en el mismo espacio podemos forjar el tejido capaz de sostener a los que se alzan hoy lentamente sobre nuestro propio campo.

Es curioso que a menudo decimos que la vida es un asco cuando asumimos que se acaba. Debiéramos comprender que ese asco repugna la muerte, la finitud de la vida y no su actualidad o su realidad exacta. Es un asco que la vida termine, el final de la vida, su finitud señalada. Es gloriosa la vida inacabada, constante, interminable y eterna.

La enfermedad va a cercenar la realidad y la memoria de mi propia carne. Mientras su sombra avanza es necesario honrar la presencia real  de unos en otros, verdaderos contrafuertes de la mínima esperanza. Cuando sea yo el que se olvide de mí, acaso un vestigio de mi sombra se disponga ante los ojos de un rostro que no puedo imaginar, pero que quizás milagrosamente conserve un mínimo rastro de mi cara.

Revolución

25 septiembre, 2013 § Deja un comentario

No es fácil, y lo es aún menos en los tiempos que corren, sostener una posición al menos intencionalmente precisa. Una posición que, además, no se aviene bien con la moderna distinción entre derecha e izquierda.  Aunque se pretenda trascender dicha distinción no de modo simplemente regresivo, sino de un modo progresivo pero dialéctico, lo que supone su realización a través del regreso.  Pero ya he sido suficientemente oscuro.

Alguno dirá que no sé dónde me encuentro y yo me empeño en definir mi posición contra viento y marea, contra izquierda y derecha. Antimoderna y anti-post-moderna no es simplemente reaccionaria y quisiera no resultar, pese a todo, meramente negativa.  La soledad, a la vez efecto y causa de esta dificultad de diálogo, es poderosa. La fórmula “anarcocatolicismo” quisiera apresar, a modo de consigna, mi gesto propio y, al tiempo, heredado.

La extravagancia acaba siendo seña de identidad: involuntaria, indeseada, ineludible. Pero en un mundo falsamente pueril y enajenado; reducido a fuerza de una violencia masiva y cotidiana a la condición de parque temático, la extravagancia es la forma menos comprometida de repugnancia. A partir de uno mismo y dirigiéndose siempre a otro, singular e incomunicable, toda la revolución que puede promoverse empezará cada día, por uno mismo.  Una revuelta intrascendente, una renuncia sin eco, una disciplina solitaria y mañana Dios dirá. Acaso del no imposible encuentro de singularidades, extáticamente, surja el núcleo sobre el que configurar alguna forma futura de comunidad.

Bienaventurada simplicidad

13 septiembre, 2013 § Deja un comentario

Un lugar común de la sociología de todo los tiempos habla de la – al parecer – enorme complejidad de las sociedades ultramodernas, frente a la simplicidad de las sociedades que suelen llamarse tradicionales.  Viviríamos en el ápice de la complejidad, viviríamos una vida, si no riquísima, al menos múltiple y de infinitas dimensiones, una vida que exigiría un descomunal esfuerzo cognitivo y emotivo, exigiría una habilidad y madurez personal nunca antes conocida. Frente a esta vida multidimensional y heterogénea, profunda y articulada la vida del hombre tradicional, como la del indígena bajo la mirada del antropólogo, resultaría plana y homogénea, superficial y vana.

Pues bien, en nombre del valor de humildad cristiana en que fui educado, siempre me he esforzado por negar o contradecir la, por otra parte, constante y poderosa constatación de una estupidez densa y ubicua, de panfilismo sin matices, de culpable puerilidad. Una imbecilidad satisfecha que me parecía ir invadiendo todos los ámbitos de nuestra vida moderna en  estas grandes ciudades cosmopolitas que, según el tópico, debiera habitar precisamente el aprendiz de superhombre.

Hoy, dejando espacio a una culpable soberbia, creo que el lugar común sociológico debiera completarse. Admitamos que, como dice E. Mayo, acordándose de M. Holbwachs: “cuanto más simple sea la comunidad, más fácilmente, mantendrá el carácter integral de sus actividades. Cuando más compleja se vuelva, más necesario será prestar atención explícita a los distintos problemas involucrados en el mantenimiento de la integridad social” . Ahora bien, no olvidemos que “el mantenimiento del carácter integral de las actividades” de una comunidad sencilla supone una existencia personal de una enorme complejidad, empezando por la diversidad y multiplicidad de las funciones que cada persona ha de desempeñar. Por su parte, la complejidad social se corresponde con una simplificación – que puede resultar plenamente destructiva – de la existencia del individuo ultramoderno. Semejante simplificación conlleva asimismo una radical debilitación porque la complejidad social exige simplificación personal o, dicho de modo más claro: semejante simplificación es un epifenómeno de la individualización límite que supone el desarrollo social. Esta individualización pide precisamente formas adventicias de  solidarización de semejantes mónadas aisladas y/o simplificadas. Estos individuos exentos viven justamente en una vacío comunitario o personal y son números para el suicidio.

“La vida social nos ofrece el espectáculo de un esfuerzo eternamente renovado por los grupos humanos, para triunfar de las causas de desintegración que los amenazan. Esta lucha, las armas de la sociedad son las creencias colectivas y las costumbres. Cuando éstas se debilitan o tambalean, puede afirmarse que han disminuido las reservas vitales del grupo. Por lo demás, las causas de desintegración son las incapacidades de función, que pueden ocurrir en cualquier mecanismo complejo, en cualquier organismo delicado; se deben a la estructura del organismo o del mecanismo. Si las incapacidades se multiplican, o si se debilita el esfuerzo de la sociedad – y ambas cosas pueden ocurrir simultáneamente, especialmente al pasar de un tipo de vida antigua y tradicional a una nueva civilización más compleja – entonces veremos aparecer grietas en la estructura social. Es en algún lugar de esas grietas donde aparecerán los suicidio (…) El psiquiatra concentra su atención sobre lo que está sucediendo en el interior de esa grieta o de esa brecha y puesto que es una especie de laguna social o de vacío, es bastante natural que explique el suicidio por la persona que se suicida. El psiquiatra no ve que la causa real del suicidio es el vacío social que rodea a la persona que se suicida y que, si no existiera semejante laguna en la estructura social, no habría ningún suicidio” (Maurice Halbwachs. Las causas del suicidio. 1930)

Recursos Humanos (2)

11 septiembre, 2013 § Deja un comentario

Y pronto la ambigüedad y confusión envueltas en la noción de “fatiga”, como en las de “hastío” o de “tedio” pidieron trascender la perspectiva especial de la fisiología o la psicología experimental – de pretensión científica – en términos propiamente metafísicos. Es cierto que la filosofía aquí ejercida resultaba asombrosamente inmediata, como suele suceder con todo lo que resulta irrenunciable.

“Estudiar a un individuo simplemente como realizador de una parte determinada de trabajo es poco provechoso; para el obrero, su trabajo forma parte de un todo, compuesto por sus múltiples interacciones ante situaciones que, reales o ideales, pueden estar por encima y más allá de su trabajo. Para algunos individuos, la vida imaginativa es más importante que la vida real. Es evidentemente imposible llegar a conocer cabalmente a un persona, pero se ha comprobado que es posible obtener el punto de vista de un individuo con suficiente precisión como para poder discernir la relación del trabajo que realiza con su actitud general frente a la vida”

 
(Smith, May.Culpin, Millais. Farmer, Eric)  A study of Telegraphist´s Cramp. Industrial Fatigue Research Board. Nº43. Londres. H. M. Stationery Office, 1927)

La metafísica asumida aquí – en la voz de los pioneros de la gestión de recursos humanos – es insondable. Baste señalar las ideas traídas sin determinación y sin análisis alguno, pero requeridas por el campo mismo sobre el que quiere recaer su asombrosa técnica: real, ideal, persona, vida…, por señalar lo más obvio.

Recursos Humanos.

10 septiembre, 2013 § 1 comentario

Vengo reiterando aquí la urgente necesidad actual de una filosofía potente, lo que presupone el desarrollo de los saberes “panorámicos” o de segundo grado, de naturaleza polémica o dialógica, a los que el sonoro título de “filosofía” vino nombrando tradicionalmente. Necesidad perentoria que se hace patente, no ya en los aulas más o menos silenciosas de las universidades o en los gabinetes de los académicos – si los hubiera -, sino en los lugares de actividad frenética y, según su propio concepto, eficazmente productiva. No ya en los lugares de decisión en los que el gobierno ha de ejercer su función, sino en los más humildes rincones de la empresa, la familia y el mercado.

Conozco la valiosa obra de algunos filósofos de nuestro tiempo y también su pugna por  intervenir y orientar la actual acción político-económica.  Sólo contando con esas amplias arquitecturas se puede responder a problemas, que los agentes de pretendidas ciencias y técnicas modernas quieren a menudo despejados y libres de filosofías. Sobre esta base pueden, no sólo abordarse realmente unos problemas que la irresolución e impotencia de esos agentes a menudo multiplica, sino que puede darse razón de la misma actitud despreciativa de la condición de la filosofía que padecen dichos técnicos y científicos (sobre todo de las ciencias y técnicas sociales o humanas pero también de las ciencias físico-matemáticas).

En numerosos puntos de la existencia diaria del ciudadano, o del consumidor, o del trabajador (que de distintos modos, aunque conjugados, se concibe al hombre moderno) se hace visible la urgente necesidad de un cierto dominio de esos saberes filosóficos. La impericia a este respecto por parte de la llamada ciudadanía, incluso su desdén ignorante, encierra un peligro creciente. Una ignorancia, hay que añadir, proporcional a la pedante vanidad de muchos usurpadores que, procedentes del llamado “mundo de la cultura”, ocupan pero no ejercitan el citado título tradicional de “filósofos” en alguno de sus recientes avatares: “intelectuales”, “escritores”… Dejemos a un lado las razones de esa ignorancia en medio de la educación universal y del neurótico afán de formación que hoy padecemos.

De entre las ciencias y técnicas en las que se sufre especialmente el citado desprecio y sus arriesgadas consecuencias acaso destaquen especialmente las técnicas de administración y gestión del capital humano. Sobre el hombre y/o el mundo se busca aplicar técnicas de optimización de su rendimiento productivo. Pero semejante proyecto supone la completa naturalización del ser humano, su reducción perfecta a un elemento de la realidad física, un contenido de la naturaleza. El programa que sostiene esa neutralización de toda dimensión metafísica puede situarse en el núcleo del proceso de modernización que desde la Europa triunfante y reformada ha irradiado al resto del mundo.

Ahora bien, su recurrente y sostenido fracaso tiene detrás la imposibilidad de reducir a un contenido de la realidad a aquello que resulta ser fuente de la misma. Un punto crítico – entre tantos – a modo de ejemplo: los esfuerzos por medir la fatiga laboral, que tienen más de un siglo y se multiplicaron en el período bélico, 1914 y 1945,  se vieron conducidos a una aporía cuyo simple planteamiento habría hecho necesario acudir a un lenguaje metafísico que repugnaba a fisiólogos, ingenieros y otros analistas – pretendidamente científicos – de la fatiga. Ante la imposibilidad de definir – en algún sentido positivo – dicha fatiga se optó por retirar el término acudiendo al ambiguo concepto de salud.  Procedente de ese latín – salus – que dice equilibrio orgánico o normal ejercicio de las funciones biológicas, pero contiene también la noción de un estado de gracia espiritual: salvación. Todo ello, sin embargo, con total inadvertencia de las enormes dificultades de la pretensión de análisis científico de la naturaleza y condición del trabajo humano.

El que fuera fundador de la escuela de relaciones humanas en el marco de la sociología industrial,  George Elton Mayo, alude en un trabajo hoy olvidado – The Human Problem of an Industrial Civilization – al recorrido de ese esfuerzo de comprensión reductiva – verdadera compresión – que, sin embargo, muy pronto conoce sus límites.

En las condiciones del importante esfuerzo productivo que supuso la guerra, se funda en 1915 el Health of Munition Workers Committee (Comité para la salud de los trabajadores de la industria bélica). Se atiende a los ritmos y condiciones de trabajo que permiten optimizar el rendimiento del valioso recurso humano que, al parecer junto a otra suerte de recursos, conforman la máquina productiva. Basta recordar que los accidentes industriales con su oneroso coste económico-social se redujeron a más de la mitad merced a la simple reducción de la jornada de 12 a 10 horas diarias, para un importante grupo de mujeres que trabajaban en la industria de munición.

El final de la guerra traería la disolución en 1917  del Comité para la salud de los trabajadores de la industria bélica, pero daría paso a la idea de extender su ámbito de estudio más allá de las duras condiciones de trabajo que supuso el esfuerzo bélico. De la convergencia de intereses del Medical Research Conuncil y del Department of Scientific and Industrial Research surgiría una institución determinante para el posterior desarrollo de los estudios de sociología industrial y, en particular, del enfoque de Elton Mayo. Se trata de la Industrial Fatigue Research Board que – desde 1917 – generaliza los análisis de la industria de guerra al conjunto de la industria en tiempos de paz. Por su parte, en 1921, en Londres se funda el National  Institute of Industrial Psychology con objetivos estrechamente análogos a los de la Junta americana. No en vano uno de sus fundadores –  el Dr. C. S. Myers – era asimismo miembro de la Junta para la investigación de la fatiga industrial.[1]

Ya en los años treinta Mayo señala que el primer acercamiento al análisis de la fatiga industrial resultó en exceso mecánico y simple. Desde una fisiología que podríamos juzgar todavía  casi mecanicista. Una fisiología que, por decirlo con extrema simplicidad, todavía se esfuerza en concebir la fisiología al margen de la acción, como independiente de la conducta y determinante de la misma. El cansancio sería un efecto de la formación de una serie de substancias en el organismo, algunas bien definidas como el ácido sarcoláctico, pero otras lastradas por una gran imprecisión, como las vagamente llamadas toxinas del cansancio. En el seno de este enfoque casi mecanicista se llego a pensar en la posibilidad de desarrollar un fármaco contra el cansancio, fantaseándose con el suministro de ciertas dosis de fosfato ácido de sodio. Esa correlación simple no tardará en ser desterrada, si alguna vez pudo contemplarse con alguna seriedad. En efecto, inmediatamente se toma nota de la cantidad apenas definida de factores – entre sí profundamente vinculados – que intervienen en la producción de fatiga y en la reducción del rendimiento laboral.

Tampoco tendría éxito el esfuerzo por articular tests que permitieran calcular la fatiga industrial. En uno de los primeros informes de la Junta de investigación de la fatiga industrial se había analizado la fisiología del ejercicio estrictamente muscular. El trabajo muscular – indicaban los análisis – genera ácido láctico en sangre, así como en el músculo activo. El ácido láctico es eliminado por el oxígeno que puede no cumplir su función si la actividad muscular alcanza una intensidad crítica, a partir de la que el ácido láctico no puede ser reducido por el oxígeno aportado; en tal caso el sujeto se ve forzado a detener su acción. Estos análisis pretendían establecer ritmos óptimos para el trabajo muscular, velocidad de la acción, pausas de descanso. Pero la ambigüedad es enorme cuando se disponen en continuidad eso que se llama fatiga muscular con eso otro a lo que se llama fatiga mental. Una disposición que hereda toda la metafísica dualista del cuerpo y el alma.

Por lo demás, se supone que en las condiciones del trabajo industrial efectivo no es posible aislar el cansancio muscular, desligándolo – en palabras del propio Myers – de factores tales como la habilidad y la inteligencia. La cuestión es si puede realizarse un aislamiento semejante en laboratorio, dado que – pareciera – que no existe el puro cansancio muscular en ningún sentido dado que, como se conoce perfectamente en los años 20 del siglo pasado, habilidad o inteligencia refieren a actividades de control nervioso superior. Habría sido preciso idear situaciones de actividad muscular libre de toda intervención del SNC. Situaciones que alcanzarían el absurdo y que, desde luego, de ningún modo podrían luego proyectarse a la circunstancia del trabajo industrial efectivo, ni prácticamente a ninguna circunstancia de la vida.

La plena conciencia de la naturaleza holística de la acción habría de manifestar que la palabra “fatiga” esconde realidades de enorme complejidad, que no es posible fragmentar en factores susceptibles de ser aislados.  Charles S. Myers pondrá en entredicho el uso del término “fatiga” luego sustituido por el no menos oscuro más patentemente “metafísico” de salud. Myers escribe:

“Si seguimos usando…la palabra “fatiga” en condiciones industriales, debemos recordar que su carácter es muy complejo, que ignoramos su naturaleza cabal, y que es imposible distinguir en un organismo intacto la fatiga menor de la fatiga mayor y la fatiga de la inhibición, separar el cansancio causado por “actos” violentos del cansancio causado por “actitudes” largamente mantenidas, o eliminar las impresiones de interés variable, excitación, sugestión y otros semejantes”

El término “cansancio” concebido en términos métricos o fisicalistas resulta obviamente absurdo ya en el terreno de la vida animal, pero lo es de otro modo en el orden antropológico. En realidad el término había venido siendo impugnado tiempo atrás. En 1928 E. P. Cathcart en su The Human Factor in Industry escribía:

“Antes de delinear el alcance de la fatiga industrial, el tema del cansancio en sí requiere alguna consideración. Es un término que se emplea con soltura, como el de eficacia, pero a la mayoría de los hombres les será difícil, por no decir imposible, definirlo. La fatiga es una condición fisiológica normal que puede llegar a ser patológica, y este aspecto del problema es el que debe considerarse en primer lugar.  ¿Qué significa la palabra fatiga? ¿Puede medirse el grado de fatiga? Trataremos de contestar primero a esta última pregunta. A pesar del acopio enrome de trabajos realizados sobre el tema, la respuesta es negativa. Aquí, en Glasgow, por ejemplo hemos llegado a la conclusión de que, hasta ahora, no se ha ideado ningún test que pueda permitir evaluar el estado de fatiga de ningún individuo. Y, con los medios de que disponemos actualmente es dudoso que algún día pueda medirse la fatiga”

Y más abajo, en el mismo capítulo:

“¿Y en cuanto a la fatiga industrial? El caso no está más claro que el de la fatiga común[2]. Y, sin embargo, aunque no podemos explicar su naturaleza, es una condición perfectamente reconocida. La mejor definición general, que no nos obliga a ninguna explicación sobre su naturaleza, es probablemente la siguiente: la fatiga consiste en una capacidad reducida para el trabajo. Nadie, absolutamente nadie, discute la existencia real de fatiga entre los obreros industriales, no en su forma excesiva, pero sí como resultado inevitable de la realización del trabajo cotidiano. Si no hay un método directo satisfactorio para determinar el grado de fatiga experimentalmente producido, cuando se encuentran fiscalizados todos los factores concomitantes, es evidente que, en la actualidad, no puede realizarse ninguna prueba directa para determinar la fatiga industrial.”

A casi un siglo de distancia esta comprensión fragmentaria de pretensión científica, sigue vigente y acaso la fragmentación – por otro nombre especialización – haya alcanzado nuevos grados. Lejos de haber hallado salida a las aporías que entonces se manifestaban estamos dejando de tenerlas a la vista, perdidos en una infinidad de informes y estudios que contribuyen a aumentar el ruido y la confusión. Ante una aporía es preciso regresar a los principios y esforzarse por alcanzar otra disposición de los mismos, acaso su misma retirada o reorientación. Habría quizás que empezar por deshacerse de expresiones intolerables del tipo recursos humanos, por no recordar el tecnicismo sin sentido: capital humano. La revolución en los principios puede, por lo demás, seguir numerosas orientaciones algunas de las cuales no han de ser necesariamente progresistas.


[1] Desde 1930 la Industrial Fatigue Research Board pasa a llamarse Industrial Health Research Board. Efecto de la sustitución de fatiga por salud.

[2] La misma distinción que Cathcart establecía entre fatiga industrial y fatiga común carece de fundamento concebida en términos fisicalistas. Ahora bien, si lo que se llama “fatiga industrial” remite a la anomia, hastío, desesperación… derivadas de las condiciones del trabajo en las modernas y maquinales instalaciones productivas, acaso habría que romper ese género “fatiga” no admitiendo la especificación “industrial” y hablar de una realidad de otro género que merecería, por lo mismo, otro nombre.

A.D.E.

3 septiembre, 2013 § Deja un comentario

Aunque no es fácil llegar a ver la íntima vinculación entre metafísica y gestión empresarial y es muy fácil pervertir dicho vínculo – como hacen los aventajados mercaderes que hoy venden sus filosofías a nuestros líderes y gestores -, es indispensable alcanzar ya alguna determinación precisa y no torcida de dicha vinculación.  Me atrevería a afirmar que esta necesidad constituye la forma más directa en que se expresa el “tema de nuestro tiempo”.

La confusión, que es enorme, no deja de crecer y el peligro de esta desorientación generalizada no puede exagerarse. Muchos acuden paradójicamente a la pretendida anti-metafísica kantiana en busca de la comprensión de dicho vínculo, pero allí sólo logran perder el rumbo. Los esfuerzos más valiosos rondan un terreno casi revolucionario (“todo hombre entusiasmado por su trabajo esconde un anarquista” ha dicho R. Sprenger) y no en vano defienden formas radicales de gestión. Es urgente afrontar la cuestión de la naturaleza y función del trabajo humano en la sociedad de nuestro tiempo.

Utilizando nada más que el título del viejo trabajo de Elton Mayo se trata de abordar los problemas humanos de una sociedad industrial. Pero la concepción de la cuestión en términos de administración de los recursos humanos, sólo permite abundar en un camino arruinado.

A mi juicio es el recurso al enfoque propio de la antropología filosófica y la imperturbable conciencia de la dimensión ontológica del problema lo que nos permitirá situar adecuadamente los términos de la cuestión.

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