Corsi e ricorsi

2 septiembre, 2013 § Deja un comentario

Los que, aunque sólo en sentido institucional, vamos llevando una vida académica tenemos en el mes de septiembre el inicio del año nuevo y, según esa costumbre ilusa – ilusoria pero/por  capaz de ilusionar – hacemos propósitos de enmienda.  Propósitos académicos que, de ejecutarse, mejorarían nuestra salud. El primero de ellos es, en mi caso, siempre el mismo:  leer la prensa con una semana de retraso. No se trata, porque hoy no es ya posible, de dejar de leer la prensa en términos absolutos, pero sí de dejarla reposar para que pierda su tóxico principio activo. De aquellos contenidos diarios que juegan algún papel en la vida social más superficial (es decir, simplemente en la vida social) te alcanza noticia más que suficiente a la hora del café o en el saludo rutinario. Un mal aterrador de nuestro tiempo procede de la producción masiva de una cierta tensión nerviosa, de un constante estado de alerta que conduce necesariamente al agotamiento, debido al incesante transcurrir de la “última hora”.

Vinculado a este propósito se encuentra el segundo que es el de no reaccionar a las incalculables ocasiones en que se ofrece una razón para el diálogo. Hablo de un diálogo objetivamente real y necesario pero que ha de resultar baldío siempre que el interlocutor adopta su posición de especialista profesional. Esto – en el terreno de la educación – es una ocasión constante. Cada día un centenar de voces afirman con enjundia de pánfilo sus posiciones, al parece acreditadas por su especialización profesional.  Con muy honrosas excepciones es una actitud común entre psicopedagogos, pero es ya el carácter profesional de todo técnico del “sector educativo”.

No reaccionar – decía Nietzsche – es un síntoma de fortaleza. Mi propósito pretende no reaccionar en ningún sentido, no me refiero a la contención que supone no iniciar una discusión, sino que esa contención no suponga la menor alteración psico-fisiológica en mi maltratado cuerpo. Aprender no tanto a despreciar, sino a des-apreciar o no apreciar en ningún sentido aquellas voces que deben ser simplemente ignoradas, inadvertidas, negadas. En cierto modo ser justo dando a cada uno lo suyo, y no dando nada a quien carece de entidad. Podrá parecer soberbio pero – como he dicho – se trata de un síntoma de fortaleza lo que significa, al menos de entrada, vida sana, sobre-vida.

La enorme cantidad de tiempo y energía que habrían de atesorarse, siguiendo estos dos propósitos de año nuevo, serían aplicadas a obras de valor, a construcciones sin sesgo, rectilíneas, veraces, a la afirmación serena de la realidad.  Y no digo más.

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