Bienaventurada simplicidad

13 septiembre, 2013 § Deja un comentario

Un lugar común de la sociología de todo los tiempos habla de la – al parecer – enorme complejidad de las sociedades ultramodernas, frente a la simplicidad de las sociedades que suelen llamarse tradicionales.  Viviríamos en el ápice de la complejidad, viviríamos una vida, si no riquísima, al menos múltiple y de infinitas dimensiones, una vida que exigiría un descomunal esfuerzo cognitivo y emotivo, exigiría una habilidad y madurez personal nunca antes conocida. Frente a esta vida multidimensional y heterogénea, profunda y articulada la vida del hombre tradicional, como la del indígena bajo la mirada del antropólogo, resultaría plana y homogénea, superficial y vana.

Pues bien, en nombre del valor de humildad cristiana en que fui educado, siempre me he esforzado por negar o contradecir la, por otra parte, constante y poderosa constatación de una estupidez densa y ubicua, de panfilismo sin matices, de culpable puerilidad. Una imbecilidad satisfecha que me parecía ir invadiendo todos los ámbitos de nuestra vida moderna en  estas grandes ciudades cosmopolitas que, según el tópico, debiera habitar precisamente el aprendiz de superhombre.

Hoy, dejando espacio a una culpable soberbia, creo que el lugar común sociológico debiera completarse. Admitamos que, como dice E. Mayo, acordándose de M. Holbwachs: “cuanto más simple sea la comunidad, más fácilmente, mantendrá el carácter integral de sus actividades. Cuando más compleja se vuelva, más necesario será prestar atención explícita a los distintos problemas involucrados en el mantenimiento de la integridad social” . Ahora bien, no olvidemos que “el mantenimiento del carácter integral de las actividades” de una comunidad sencilla supone una existencia personal de una enorme complejidad, empezando por la diversidad y multiplicidad de las funciones que cada persona ha de desempeñar. Por su parte, la complejidad social se corresponde con una simplificación – que puede resultar plenamente destructiva – de la existencia del individuo ultramoderno. Semejante simplificación conlleva asimismo una radical debilitación porque la complejidad social exige simplificación personal o, dicho de modo más claro: semejante simplificación es un epifenómeno de la individualización límite que supone el desarrollo social. Esta individualización pide precisamente formas adventicias de  solidarización de semejantes mónadas aisladas y/o simplificadas. Estos individuos exentos viven justamente en una vacío comunitario o personal y son números para el suicidio.

“La vida social nos ofrece el espectáculo de un esfuerzo eternamente renovado por los grupos humanos, para triunfar de las causas de desintegración que los amenazan. Esta lucha, las armas de la sociedad son las creencias colectivas y las costumbres. Cuando éstas se debilitan o tambalean, puede afirmarse que han disminuido las reservas vitales del grupo. Por lo demás, las causas de desintegración son las incapacidades de función, que pueden ocurrir en cualquier mecanismo complejo, en cualquier organismo delicado; se deben a la estructura del organismo o del mecanismo. Si las incapacidades se multiplican, o si se debilita el esfuerzo de la sociedad – y ambas cosas pueden ocurrir simultáneamente, especialmente al pasar de un tipo de vida antigua y tradicional a una nueva civilización más compleja – entonces veremos aparecer grietas en la estructura social. Es en algún lugar de esas grietas donde aparecerán los suicidio (…) El psiquiatra concentra su atención sobre lo que está sucediendo en el interior de esa grieta o de esa brecha y puesto que es una especie de laguna social o de vacío, es bastante natural que explique el suicidio por la persona que se suicida. El psiquiatra no ve que la causa real del suicidio es el vacío social que rodea a la persona que se suicida y que, si no existiera semejante laguna en la estructura social, no habría ningún suicidio” (Maurice Halbwachs. Las causas del suicidio. 1930)

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