Declive

28 septiembre, 2013 § Deja un comentario

Vengo de acompañar y tratar de honrar a un veterano, a un viejo amigo que ha sufrido dolorosos golpes en los últimos tiempos. La muerte de su padre, un ictus, la extirpación de su vesícula… Todos esos golpes me han dolido o me duelen porque caen también sobre mí  cuando caen sobre él. Sobre todo la muerte de su padre, que era mi amigo más viejo y también uno de mis más viejos amigos. Sus enfermedades recaen sobre él obviamente con mayor precisión, pero también me hieren cuando le alcanzan.

El horizonte que se aproxima ha de traer dolorosos acontecimientos. Mi edad, de la que estoy agradecido, empieza a exigir su terrible ofrenda. Contemplar el ocaso de mis seres más queridos, mientras yo mismo caigo a velocidad creciente por la dura pendiente de los días. Pero traerá asimismo el magnífico crecimiento de generaciones venideras y, sobre todo, de la gloria incalculable de mis propios hijos. Ni aquel ocaso es apocalíptico, ni este crecimiento milagroso. Nada en el porvenir está cerrado, ni lo está – aunque resulte menos evidente – en el pasado.

Habrá que afrontar el acoso insoslayable de la muerte, crecientemente furibundo, paulatinamente más y más poderoso. Confío en contar con el apoyo invencible de los que hemos visto sobre la tierra el brillante paso de los que ahora se hunden en su ocaso.  Mientas caemos en el mismo espacio podemos forjar el tejido capaz de sostener a los que se alzan hoy lentamente sobre nuestro propio campo.

Es curioso que a menudo decimos que la vida es un asco cuando asumimos que se acaba. Debiéramos comprender que ese asco repugna la muerte, la finitud de la vida y no su actualidad o su realidad exacta. Es un asco que la vida termine, el final de la vida, su finitud señalada. Es gloriosa la vida inacabada, constante, interminable y eterna.

La enfermedad va a cercenar la realidad y la memoria de mi propia carne. Mientras su sombra avanza es necesario honrar la presencia real  de unos en otros, verdaderos contrafuertes de la mínima esperanza. Cuando sea yo el que se olvide de mí, acaso un vestigio de mi sombra se disponga ante los ojos de un rostro que no puedo imaginar, pero que quizás milagrosamente conserve un mínimo rastro de mi cara.

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