Nona, Decima et Morta. (1)

3 noviembre, 2013 § 1 comentario

Jamás se ha tomado la muerte con tan neurótica simplificación como en las celebraciones de la  importada víspera de difuntos, ese Halloween de pantomima. Para mi desgracia ha coincidido esa fecha con la pérdida de una persona muy próxima y mi perplejidad ante la feria infantil se ha convertido en muy severa repugnancia, puesto ante la obligación de hacer saber a mis hijos del fallecimiento de nuestro ser querido.

Ni terrorífica como quiere la risa nerviosa de los travestidos en andrajos, en rostro manchado de ceniza. Ni cómica en ningún sentido. La muerte es trágica. Sumamente trágica y, por lo mismo, absolutamente personal. Sólo cuando se ha oscurecido en grado extremo con el conocimiento de la idea, también la realidad de la persona, puede pretenderse que la muerte sea terrorífica. El aterrado buscará disfrazarla y, sin poder negarla, querrá descargarla de su dimensión trágica jugando con calabazas o representando la carne ardiente del cuerpo sagrado del hombre en proceso de descomposición.

La muerte, absoluta potencia de negación, puede ser y a menudo es  requerida, perseguida y deseada. Su trascendente objeción requiere mucho más que una mueca de espanto, que nada opone a la futilidad de nuestros días cuando nos enfrentamos desarmados al rostro sin gesto de la muerte. Hace falta apelar a un poder análogo de afirmación que permita esperar, contra nuestro propio oscuro deseo de abandono, la perfecta restauración de nuestros días.

Pero nada sabemos ya de esa fuerza afirmativa. Definidos técnicamente por la biología y su ingeniería asociada asumimos aterrados nuestra fecha de caducidad. ¿Truco o trato?.

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§ Una respuesta a Nona, Decima et Morta. (1)

  • El truco es precisamente hacernos creer que podría existir un trato con esa fuerza afirmativa.

    El truco es hacernos importar el Halloween.

    El truco es mantenernos atenazados por la tragedia de la muerte, la nuestra o la de nuestros seres queridos, sin incorporarla en nuestra vida. Unos jugarán con el terror, otros con la risa, pero la mayoría lo hacen con el olvido: una vez pasado el período de duelo, las visitas al cementerio (y también a la memoria) se hacen cada vez más distanciadas en el tiempo, llegando a no visitarlo en absoluto, ni siquiera el día de difuntos.

    Es un trato: tú te vas, desapareces en la niebla del olvido, y yo sigo con mi vida, intentando no pensar mucho en mi propia desaparición. Pura supervivencia.

    Los estoicos, en cambio, querían incorporar la muerte en la vida cotidiana: se ejercitaban pensando en la muerte, la suya y la de sus allegados, para acostumbrarse a ella, para acostumbrarse a lo efímero de la vida y de sus bienes. ¿El truco? Probablemente quitarle algo de pasión a la vida. Lo cual tampoco deja de ser un trato: menos pasión a cambio de menos sufrimiento.

    Y luego están los místicos: “apasiónate con la vida, pero no sufras con la muerte”. Este ya es un truco de altura, de esos que ni ves, ni eres capaz de hacer… Salvo que el truco sea precisamente esa enunciación.

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