Silencio

9 noviembre, 2013 § 1 comentario

Por todas partes se encarece el valor del silencio. Se señala la abrumadora potencia del ruido envolvente y pseudo-constituyente. Pero casi siempre esa reclamación del necesario silencio se funda en su pretendido valor meramente terapéutico. Aunque hay, según creo, mucho más aludido en esa verdadera salud que el silencio proporciona.

Pese a que Festo puso el origen de silentium en la simple interjección con la que se manda callar,  Gesenio – más allá de ese gesto severo – encontraba un vínculo estrecho con el hebreo Saláh y Salaú: ser salvo, estar seguro.

El silencio es, entre la basura que clama sus miserias, de una potencia ontológica incomparable. En el modo casi enigmático en que se expresan los metafísicos: ser es ser silencioso. El silencio es condición de la realidad y el trabajo real  no puede ir acompañado del oropel del alarde. No se trata de negarse a hablar o escuchar, sino a conceder la palabra – dicha u oída – únicamente a la verdad. Se trata del silencio no ya como ausencia de sonido, sino como evasión de la estridencia, huida de la opinión, retractación de la fea impertinencia. Es necesario renegar de y negarse a la sucia propaganda. El sonido puede estar presente en una infinita magnitud de decibelios sin negar el más profundo silencio: como entre la tormenta o en la batalla. Del mismo modo, un leve rumor desintegrado puede doler como el ruido más potente: como la voz engolada del experto en nimiedades, del panfletario en su tertulia o – más abajo – como el susurro tentador de la conciencia pervertida. Ciertamente en el estado de atronadora irrealidad en que vivimos se agradece el grado cero de sonoridad, se agradece incluso la privación de la música más sutil. Y esto es signo inequívoco de corrupción: efecto de una situación extrema. Ahora mismo agradezco la ebriedad y la plenitud de su presencia, sin perturbación de cualquier sonido. Mirar al techo y pensar en el tiempo insonoro, incoloro e insípido. Imprescindible para mantener la simple existencia, incluso más que su análogo físico: el agua. Agradezco con el punto final  este bautismo de silencio.

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§ Una respuesta a Silencio

  • Los niños, especialmente los más pequeños, son símbolo de algarabía y sonoridad. Sin embargo mi hijo, dictando sentencia y usando el mando a distancia del TDT cual mallete judicial, nos “condenó” al silencio televisivo (no sé si ontológico, aunque sí terapéutico).

    ¿Ha sido una condena o una liberación? Lo cierto es que de esto hace un par de meses y, salvo el intento de utilizar un mando universal (que no servía ni para el TDT, ni para el DVD, ni para la TV -cuánta sigla tecnológica-), no ha existido intención alguna de reinstaurar el parloteo aborregante. Lástima que dentro de poco llegarán las fechas de los regalos y a algún bienintencionado familiar, creyendo no ser posible la vida sin la tele y buscando nuestra reinserción en el mundo de los vivos, se le ocurrirá regalarnos uno.

    En fin, podéis encontrar citas sobre el silencio en: http://caminanteysusombra.blogspot.com.es/search/label/silencio

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