Soberano de las circunstancias.

3 diciembre, 2013 § Deja un comentario

En la década de los 50 del siglo XIX, exiliado en Inglaterra, Carlos Marx escribió la mayor parte de sus abundantes contribuciones periodísticas. Destaca su aporte al New York Tribune y su análisis del gobierno británico de la India. En sus artículos de aquel tiempo atendió también a la guerra de Crimea y expresó cierto delirio al delatar reiteradamente al presunto espía prusiano Lord Palmerston, Primer Ministro inglés, en sintonía con el visionario David Urqhuart.

Pero a propósito del dominio británico sobre la India deja ver, una vez más, su oscuro fatalismo economicista. Marx conoce con exactitud la revolución social capitalista que el dominio británico arrastra. Era perfectamente visible entonces, como lo es hoy. En 1850 la India seguía siendo gobernada por la Compañía de las Indias Orientales, sociedad con apoyo estatal pero privada. La Compañía de las Indias Orientales era tanto una empresa para el desarrollo comercial y económico, cuanto la auténtica autoridad colonial. Marx sabe bien que el huracán social-capitalista había sido capaz de demoler las estructuras tradicionales del subcontinente indio. “La máquina de vapor y la ciencia británicas destruían, en todo el Indostán, la conexión entre la agricultura y la industria manufacturera (…) separando el Indostán gobernado por Gran Bretaña de todas sus antiguas tradiciones y de la totalidad de su historia”

Pero su comprensión de la desolación económico-técnica que acompaña al imperialismo británico no sirve a su crítica y contestación. ¿No debiéramos ver, entonces, el programa marxista en continuidad con ese horizonte imperial desolador?.

“…por muy lamentable que resulte para el sentimiento humano ver cómo esa multitud de laboriosas organizaciones sociales, patriarcales e inofensivas, se desorganizan y descomponen, y sus miembros pierden al mismo tiempo su antigua forma de civilización y los medios de subsistencia heredados, no hay que olvidar que estas idílicas comunidades aldeanas, por inofensivas que parezcan, siempre han constituido la sólida base del despotismo oriental, que han coartado el intelecto humano dentro de los límites más pequeños (…). No hay que olvidar que estas pequeñas comunidades estaban contaminadas por las distinciones de casta y por la esclavitud, que subyugaban al hombre a las circunstancias externas, en lugar de elevarlo a la condición de soberano de las circunstancias, que transformaron un Estado social capaz del autodesarrollo en un destino natural inmutable”

En un pasaje del Manifiesto Comunista, citado innumerables veces, Marx acudía asimismo al “sentimiento”. Más precisamente aludía al “velo emotivamente sentimental” que la burguesía arranca de las relaciones familiares. También allí acudía al carácter “idílico”  de los lazos que “ligaban a los hombres a sus superiores naturales”.

“Dondequiera que llegó al poder, la burguesía destruyó todas las condiciones feudales, patriarcales, idílicas. Ha desgarrado despiadadamente todos los abigarrados lazos feudales que ligaban a los hombres a sus superiores naturales, no dejando en pie, entre hombre y hombre, ningún otro vínculo que el interés desnudo, que el insensible “pago al contado”. Ahogó el sagrado paroxismo del idealismo religioso, del entusiasmo caballeresco, del sentimentalismo pequeñoburgués, en las gélidas aguas del cálculo egoísta. Ha reducido la dignidad personal al valor de cambio, situando, en lugar de las incontables libertades estatuidas y bien conquistadas, una única desalmada libertad de comercio.  (…)

La burguesía ha despojado de su aureola a todas las actividades que hasta el presente eran venerables y se contemplaban con piadoso respeto. Ha convertido en sus obreros asalariados al médico, al jurista, al cura, al poeta y al hombre de ciencia.

La burguesía ha arrancado a las relaciones familiares su velo emotivamente sentimental, reduciéndolas a meras relaciones dinerarias”í 

Aquí, sin embargo, la vista no está puesta en el exótico mundo asiático sino en el suelo de la vieja Europa. Esas estructuras demolidas por el dominio tecno-económico (burgués) que ha hecho al hombre, y en primer lugar al inglés,  “señor de las circunstancias” esconden evidentemente la sólida base del despotismo occidental.

La destrucción había empezado sobre nuestro suelo, el suelo de la Cristiandad y, por la misma anterioridad cronológica, también entre nosotros habrá de alcanzar en primer lugar su expresión más acabada. Ahora que nos afirmamos como soberanos de las circunstancias es hora de empezar a reparar en que esa circunstancia no ha sido nunca un medio físico disponible para su explotación económico-técnica.  El soberano – como en el viejo cuento – camina, con su fingida actitud de dominio, a la intemperie y con el culo al aire.

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