Anarcocatolicismo (y 4)

15 diciembre, 2013 § Deja un comentario

La de autoridad es una categoría antropológica fundamental y presupuesta en todo ensayo de legitimación del poder político, es decir, una categoría inscrita en el ejercicio del poder político si éste – frente al poder sin determinación – supone su propia legitimación, como quiera que ésta se realice. No ha de asumirse legitimidad, directa y sencillamente, como legitimidad democrática.

En la modernidad – alejados intencionalmente de la arquitectura metapolítica de la Cristiandad medieval – la diferencia entre ambos planos ha quedado enteramente desdibujada. La crítica atomizadora de la citada arquitectura medieval, forjada en los tres primeros siglos del pasado milenio, ha confundido enteramente dichos órdenes. Pues bien, si en algún punto del espacio de la modernidad se constata la distancia entre ambos planos, es en la mejor tradición anarquista.

Sin duda se redefine constantemente – a menudo sin acudir al referente histórico preciso – entre reaccionarios y católicos. Sólo entre los más lúcidos defensores del catolicismo tradicional se conserva consciencia intacta de la distinción pero casi siempre, por decirlo de algún modo, sin aliento combativo porque se esgrime, la conjugada oposición entre poder y autoridad, a la defensiva.

El anarquismo es una realidad moderna que ha sido vencida y prácticamente desterrada del campo de batalla. Pero que puja por presentarse de nuevo sobre el terreno, con armas y pertrechos. Uno de sus viejos doctrinarios escribe una nota a pie de página en su historia de la revolución rusa.

“¿Qué es en el fondo un poder político? ¿Qué es la actividad política? ¡Cuántas veces lo he preguntado a miembros de partidos políticos avanzados sin obtener jamás una contestación inteligible! Se puede llegar a saber lo que es la actividad social, económica, administrativa, jurídica, diplomática y cultural; pero ¿qué es una actividad política? Se pretende que es la actividad administrativa central propia de un país; luego, poder político significaría poder administrativo. Pero ambas nociones no son de ningún modo idénticas. A sabiendas o no, se confunde política y administración, igual que se confunde Estado y Sociedad. La actividad administrativa es una parte de integrante de cualquier actividad humana como principio coordinador y organizador. En cada dominio, los hombres que poseen el don de organización deben ejercer normalmente sus funciones de organizadores, de administradores. Estos hombres, trabajadores como los demás, deben asegurar la administración de las cosas sin erigirse en poder político, el cual permanece indefinible pues no existe función política específica en una comunidad humana y desaparece cuando las funciones reales son cumplidas pos los servicios correspondientes. 

Goldenweiser, jurista ruso, cuenta en sus memorias, publicadas en los Archivos de la Revolución rusa, revista de los emigrados refugiados en Berlín antes de la última guerra, que en tiempos de la revolución vivía en una ciudad de Ucrania, zona muy agitada. Por obra de los acontecimientos, la ciudad permaneció algún tiempos sin poder, ni blanco, ni rojo. Con gran asombro, Goldenweiser comprueba que, en ese período, la población vivía y trabajaba igual o quizás mejor que en los tiempos en que había poder. (…).  los períodos históricos con sociedades relativamente felices han surgido en épocas de débil poder político: la antigua Grecia, algunos períodos de la Edad media… (…).

Se pretende que para poder administrar hay necesidad de imponer y mandar con medidas coercitivas. Un poder político sería, pues, una administración central de un país por medios compulsivos. Sin embargo, un servicio administrativo popular puede recurrir, si es preciso, a medidas extremas, sin valerse de un poder político específico permanente. 

Se afirma que los pueblos son incapaces de crear por sí solos una administración eficaz. En el transcurso de este libro se hallarán suficientes pruebas de lo contrario” (Volin)

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