Anarcocatolicismo (y 6…)

18 enero, 2014 § Deja un comentario

La ley del aborto, que promueve en España el gobierno del Partido Popular, pone nuevamente de manifiesto una herida trágica, envuelta en la tragedia misma que el acto de abortar supone. Insondable tragedia incluso cuando su práctica cayera bajo una concepción estrictamente higiénica o, incluso, profiláctica.

La confusión que rodea nuestras concepciones antropológicas respira por esa herida de un modo horroroso. Asombra contemplar la defensa del presunto derecho de la mujer a hacer con su cuerpo lo que desee, asombra ya por la metafísica escondida tras la idea de un “yo”, propietario alodial de su cuerpo, propietario exclusivo de un cuerpo del que pudiera disponer a voluntad, a voluntad individual absoluta. Pero vinculada con esa metafísica se encuentra la asombrosa asunción de una individualidad substancial y absoluta, que conduce a la defensa de derechos estrictamente individuales, por parte de los representantes de partidos comunistas. Un comunismo que sanciona inviolables derechos individuales ha entregado, acaso inadvertidamente, sus pertrechos a la antropología liberal que se asienta sobre la afirmación  – tanto más firme cuanto menos fundada – de la realidad perfecta de individuos substantes. Individuos que pudieran existir por sí mismos, con absoluta independencia de los demás, según la idea cartesiana de substancia.

La gestación y el alumbramiento manifiestan el alucinante engaño que se esconde en la afirmación de semejante individualidad substancial. Nacemos de otros, del cuerpo de otros y todavía hoy salimos del cálido claustro del seno materno para enfrentarnos a la fría intemperie de la sociedad.  No hay comunión más carnal y cercana que la que se fija y despliega en la gestación.  Es cierto que, como se nos anuncia desde años (A. Huxley describió la pesadilla hace ya casi un siglo), estamos en condiciones de avanzar- al parecer definitivamente – en la realización del individuo substante mediante el desarrollo de unas antropotécnicas capaces no sólo de producir en úteros externos las nuevas unidades humanas, sino también de producir su subjetividad sobrehumana merced a las nuevas tecnologías del yo.

Las fuerzas del progreso contemplan extáticas el despliegue de estas biotecnologías que vienen para liberar a las mujeres de las que se conciben como viejas “servidumbres biológicas” o – más exactamente – del “trabajo social del parto”, un trabajo social no remunerado como no lo son los cuidados (Care) domésticos de ancianos, niños, impedidos y, en general, todo el trabajo doméstico en el seno de un hogar que va a quedar, por fin, abolido.

La femenina generosidad (virtud genética y matricial) debe mostrar su verdadero rostro, desprendido el velo ideológico con que la familia patriarcal cubría la explotación femenina. Se anuncia así una sociedad nueva de individuos producidos en úteros externos, dotados de una conciencia racional científicamente inducida por las neurociencias de la vanguardia psicopedagógica. Una sociedad nueva para el nuevo hombre… para el superhombre .

Es cierto que, en sentido estricto, tampoco los hijos del cálculo y la ingeniería serán capaces de autogénesis, pero resultarán – una vez desprendidos del cuerpo de unas mujeres plenamente liberadas de servidumbres biológicas – productos racionales de luminosos cálculos de bienestar social construidos sobre la base de criterios económico-políticos.

Los “hijos de sangre y esperma” (P. Virilio) no dejarán de observar con cierta preocupación ese horizonte. Posiblemente tomados por prejuicios y supersticiones resultado de su gestación y educación familiar.  Como quiera que sea, todos somos hasta el día de hoy “hijos de sangre y esperma” y por eso habrían de resultar asombrosas esas defensas frontales y sin matices del acto de abortar en nombre del presunto derecho del individuo abstracto de sexo femenino a hacer uso del cuerpo de su exclusiva propiedad alodial, según su soberana y substancial voluntad.

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