Primera página

21 enero, 2014 § Deja un comentario

    Cuando el ojo se abrió ya no veía, porque contenía toda la realidad en el límite estrecho de su esfera. Pero había visto mientras dormía bajo el velo tendido de su insensible párpado. No veía ya el color asombroso de las cosas, sino únicamente colores pensados procedentes de la visión sostenida bajo el párpado, procedentes de la lúcida contemplación de los gérmenes de ese mundo en que viven los admiradores de las bellezas naturales. Había llegado a vivir más allá de los cuarenta años, sorprendido de su longevidad había remontado la fecha en que se concibió ya muerto y avanzaba por el tiempo hacia su quinta década.

    Pensó que era todavía la madrugada y así era. La noche cerrada dejaba un manto de lluvia helada sobre las calles, un viento acerado clavaba sobre el rostro del vigilante sus finísimas agujas. Acababa de hacer su ronda y marcaba su paso con un dispositivo electrónico. Pensó en el cálido retorno a la urna de cristal en que pasaba la noche en una lánguida vigilia, suspendida periódicamente por la obligación de recorrer los cuatro puntos cardinales de ese espacio amurallado pero indefenso de la urbanización.

    Cerró los ojos y vio en el cenit de su gloria la juventud poderosa del hombre, avanzó hasta la infancia cargada de promesas y envuelta en su atmósfera de inocente salud. Le dolió entre los ojos la herida sin origen de nuestra naturaleza caída y súbitamente abrió de par en par sus ojos marrones para dejar de ver el frustrado esfuerzo de nuestra osadía. Estaba desvelado una noche más y pensó en leer o en escuchar la radio, pensó en vestirse y salir a enfrentar el frío aliento nocturno de esa enorme boca vacía de palabras. Bóveda del cielo sin estrellas, bostezo genital en que se abrió paso la totalidad de las cosas. Finalmente, abrumado por la nitidez de la idea inefable, se dejó caer en el cómodo sillón que había recibido aquella misma tarde: como una mano abierta, como el regazo lejano de la madre, como si regresara al denso espacio de la infancia quedó sumido en el cálido abrazo del sillón que lo envolvió como si poseyera alma propia. Se durmió mansamente durante largas horas.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo Primera página en A Día de Hoy.

Meta

A %d blogueros les gusta esto: