Nada

28 febrero, 2014 § Deja un comentario

Llevo un tiempo perdiendo mi tiempo por efecto de una absoluta perplejidad. Cuando creía que nada podría sorprenderme encuentro que una especie de consultora llamada Sodexo ha publicado una lista de las treinta profesiones en las que, en el futuro y al parecer, no habrá parados. Todo en el consabido inglés saturado de la baba mercadotécnica imprescindible.  Pero entre todo ese lodo una perla sorprendente, capaz de provocar todavía un espasmo de risa: “psicólogo de plantas”. Especialistas, claro, en el alma vegetativa, pero no ya jardineros. Tendré que asistir a terapia vegetal porque no creo que ninguna otra dimensión de mi alma sobreviva a tanta… mierda.

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La señorita Prim. Anarcocatolicismo (y 7)

16 febrero, 2014 § Deja un comentario

Natalia Sanmartin Fenollera es la autora de una novela, el significado de cuyo importante éxito supone, a mi juicio, un enigma. Es al menos un problema que hay que tratar de entender. La novela está escrita con cuidada delicadeza – una virtud femenina que, según se afirma allí, no necesariamente ha de estar ausente del carácter masculino -. Natalia Sanmartin es jefa de opinión del diario económico “Cinco Días”. Licenciada en Derecho, máster en periodismo y ha realizado un “Programa Integral de Desarrollo Directivo” en la escuela de negocios ESIC. Se trata de una mujer intensamente titulada, como lo es la protagonista de su novela. Su titulación y su labor profesional se adecuan con precisión al perfil de la más definida ultramodernidad.

No me cabe duda del conocimiento que Natalia Sanmartin posee de la tradición católica. Sobre ese fundamento – cuyo valor no podría exagerar – construye una obra sutil, dotada de una amable formalidad. No soy un analista de la literatura, sólo la disfruto y desconozco el valor literario que la novela pueda tener. Diré que la he disfrutado intensamente.

Ahora bien, contra el juicio de la propia autora y – me temo – que también de muchos buenos amigos, entiendo que esta obra pertenece al género de las utopías. Es que, a mi juicio, la comunidad en que se desarrolla la acción no es propiamente una comunidad ideal, sino estrictamente utópica. Y hay que distinguir con algún rigor lo ideal de lo utópico.

Acaso esté correctamente señalada la diferencia en las siguientes líneas:

“La utopía es irreal per se, mientras la idealización es sólo irrealizable, que no irreal secundum quid. La utopía cae, pues, fuera de la realidad, presente o futura, por naturaleza, fuera del espacio y del tiempo, porque es utópica y ucrónica. No es ni siquiera un proyecto. La construcción ideal, por el contrario, no es per se irrealizable, ni imposible. Al contrario, es realizable pero sucede que de facto y existencialmente nunca se realizará plenamente. Por la misma razón que la generación del ser concreto aristotélico no realizará tampoco plenamente la plenitud de su forma informante, de la “entelequia”, del “debiendo ser”, del “eidos” puro. Es inalcanzable pero sólo por el juego de las causas fortuitas, por la plenitud radical del ser completo, por el desfallecimiento intrínseco del hombre, pero no “en sí” y “por sí”  (…)

Todo pensamiento político puede y debe tener un momento ideal, posible, pero no realizable plenamente, como la marcha hacia la estrella en la navegación; en cambio lo que se ha dado en llamar utópico para nada tiene juego con el contexto de lo real, y hablar de su posible implantación constituye una contradicción in adjecto

(Antonio Poch Gutiérrez. Escrito Preliminar en: Novalis. La Cristiandad o Europa. Instituto de Estudios Políticos. Madrid. 1977, págs.64-66.)

La comunidad de San Ireneo de Arnois, habitada por “exiliados del mundo moderno en busca de una vida sencilla y rural”, es imposible.  Lo es, por una razón sencilla, porque no puede pensarse una comunidad católica pero a la vez aislada o finita, en cuanto envuelta por un entorno político-económico moderno. Su localismo resultaría intransitivo, reflexivo o inconexo: un localismo estrecho. Las personas que lo habitan procederían de un espacio social envolvente en el que no se encuentran comunidades análogas. Es la sociedad universal de individuos substantes la que alimentaría esa comunidad centrada en sí misma. 

La posibilidad de una comunidad católica, como indica su propio título, supone su apertura interminable con comunidades próximas de estructura análoga. En una apertura continua y constante cuyo horizonte es el mundo todo. La comunidad universal no puede ser una comunidad local, sino una red infinita de comunidades locales pero conexas, todas ellas amparadas por la cúpula de una estructura metapolítica representada por el doble poder de una Iglesia Universal, y su teología característica, y un Imperio armado que sólo podría deponer sus armas si la extensión continua de esas comunidades locales pero abiertas alcanzara a señorear el mundo.

La novela no puede contener, así, la explicación de su inexcusable funcionamiento económico. Su magnífica existencia descansa en el hecho de que sus habitantes reciben de fuera el aporte económico que les permite sostener ese “refugio del mundo”. Pero la Iglesia católica no puede – como la novela manifiesta en el estrecho entorno de su comunidad – transigir con ese mundo envolvente resultado de la demolición moderna del viejo orden cristiano. La Iglesia católica es metapolíticamente revolucionaria, agente de una revolución que empieza por tratar de conservar lo que quede de la vieja comunidad universal. Pero que ha de terminar – dada la magnitud de la destrucción – por ir infinitamente más allá de ese primer programa conservador.

Y es ahí donde la novela me decepciona. Su atmósfera por lo general amable me resulta ocasionalmente blanda.  “El hombre del sillón” es, sin duda, un hombre austero que no necesita mucho para vivir. Ahora bien, los ciclos de conferencias por las que el mundo exterior le paga no permite mantener sus austeras costumbres. Natalia Sanmartin nos informa entonces de que “administra una buena parte del patrimonio de su familia”. (pág. 87).

¿Acaso contra la hipóstasis moderna de la economía no se estará aquí ejerciendo – por parte de la directora de opinión de un importante diario económico – el error contrario, consistente en  negar la necesidad que toda comunidad tiene de satisfacer sus necesidades metabólicas?. No, Natalia Sanmartin no olvida esa necesidad y tampoco se olvida de anotar que “el hombre del sillón” cobra sus conferencias y publicaciones y administra el patrimonio familiar. Ahora bien, en su estado actual, es decir,en el estado en que se encuentra la comunidad de San Ireneo de Arnois sólo puede ser un espacio del que los pobres han de estar excluidos – acaso contra la voluntad de sus propios habitantes -. La figura medieval del pobre no aparece, de hecho, en la novela. Diría que no puede contenerla porque su catolicismo es local.

Y, sin embargo, la crítica de la idea abstracta de igualdad, la recusación de la privacidad,  el desprecio de la educación moderna y el sinfín de sutiles observaciones que abundan en las páginas de “El despertar de la señorita Prim”  hacen del éxito de la novela un enigma. ¿Existe un afán, que podríamos llamar masivo a la luz de dicho éxito, por escapar de las condiciones de vida y de trabajo a las que estamos sometidos? ¿Estarían los lectores dispuestos a secundar de entrada una revolución conservadora y, finalmente, sabrían cómo revolucionar el orden político y/o socioeconómico vigente? ¿Estarían dispuestos a militar en una Iglesia enfrentada sin matices con el inmundo presente?.

Humildad forzosa.

9 febrero, 2014 § Deja un comentario

A propósito de una página de J. Pla (1897-1981)

Formula muy bien Josep Pla, me parece, la razón de cierto carácter propio de algunos profesores, especialmente en la educación secundaria pero – hoy también – en su prolongación en tantos estudios de grado. Este carácter radica en su incapacidad para ser escuchados o, acaso más propiamente, en la incapacidad general para escuchar. En las aulas se encuentra hoy el mismo murmullo confuso que en el centro comercial, en el debate televisivo o en el templo postconciliar… No es que hablen desde una campana de vacío, sino que su voz se ahoga en el murmullo incesante de opiniones, comentarios, pasatiempos o simples trinos, constante y confusamente excogitados.

Podría ser que – en realidad – la negativa a escuchar sea un elemento constitutivo de nuestro carácter moderno. La Era de la Crítica podría haber conducido a una egolatría que bloquea la atención a toda realidad distinta de uno mismo. En el caso del docente esa indiferencia absoluta de la mayor parte del alumnado constituye su rutina diaria.

J. Pla se refería a los pobres y a su actitud de escucha aparente como medio de supervivencia. No siendo pobre es evidente que la apariencia es innecesaria y se puede manifestar abierta indiferencia, incluso hostilidad. Pero también es cierto que la miseria – en cuanto a conocimiento – es lo que define al discente. La recomendación de no mostrar conocimiento alguno, si lo hubiera, también la cumplen bien la gran mayoría de los jóvenes de nuestros días.  Siendo además, como generalmente son, biológicamente fuertes parece que satisfacen del todo las exigencias del gran egoísta ampurdanés para ser felices.

“Los hombres quieren que les escuchen. Es lo que les gusta más. Les gusta más que el dinero, que las mujeres, que comer y beber bien. Un hombre escuchado se convierte en un presuntuoso absolutamente feliz. Ahora bien: cuando los hombres se saben escuchados, se vuelven débiles. Estos momentos de debilidad son la única rendija a través de la cual puede desprenderse una gota de generosidad del granito humano. Es de esos momentos de los que un pobre puede aprovecharse. Si no los sabe crear ni sacarles provecho, malo… El sistema de la parasitología, establecido naturalmente entre los hombres, y entre los hombres y las mujeres, se basa en la adulación – con el gusto física que da el hecho de sentirse adulado – y la forma más activa y disimulada (es decir, más eterna) de la adulación es saber escuchar de una manera natural, activa y discreta. Contribuye mucho a llegar a esta naturalidad no cometer la tontería de mostrar lo que uno sabe realmente. Los propios conocimientos – si es que se tiene alguno –  se han de saber disimular hasta el punto justo; sin caer, en cambio, en el extremo de acentuar demasiado la propia estupidez…

(…)

El arte de escuchar – continúa diciendo – se comprende es terriblemente cansado y vale realmente la pena poseer una renta para ahorrarse tener que practicarlo. A mi entender la forma más concreta y agradable de la independencia es poder vivir sin necesidad de escuchar a nadie. Los hombres muy fuertes, de una gran aptitud biológica, no suelen escuchar a nadie….”

Ésta ha de ser, si aceptamos lo que dice Pla,  la raíz de nuestra fortaleza y de nuestra humildad.

Conste aquí que no podría jamás estar de acuerdo con un señor que ha escrito “mientras sea un extraño puedo convivir perfectamente con la persona más contraria a mi manera de pensar”.

Felón

8 febrero, 2014 § Deja un comentario

Es cierto que produce hastío el ir y venir de Cristina. Es cierto que todo parece dispuesto para la absolución y que la representación puede tener, a lo sumo, valor de símbolo. Bien saben ellos, sin embargo,  de la potencia de los símbolos. De hecho – se nos dice – la monarquía no tiene otra función que la estrictamente simbólica.

Es cierto que ha de contenerse el asco profundo que le nace a cualquiera ante la imagen de la declarante, recogida en los medios afines, es decir, en los medios. Una imagen que evoca la mater dolorosa, rostro compungido, luctuoso gesto. El abogado de la realeza, secesionista, dice mucho más. No hacen falta comentarios. Cuesta hablar de una monarquía española, porque es francesa, porque es europea y secesionista. La menguada  y casada con el noble castellano pasa por ser el hazmerreír  de la élite bienpensante, matrimoniados con apellidos vascos en la misma Barcelona, gente de éxito y de presencia. Dominadores de la imagen y técnicos de la gestión de sus ademanes. Frente al abreviado señor soriano, el potente atleta urdangárico. Sin embargo, unos y otros son hijos de la misma madre, la misma a la que venderían por sostener su posición o sobrepasarla en la carrera hereditaria. Pero heredarán una España de la que son ellos símbolo, una especie de retrete nacional decaído, ni siquiera decadente. Derrumbado por partidos transicionales,  sindicatos de partido, burócratas pedestres que han llenado de mierda la andorga nacional. Satisfecha y amueblada pero hipotecada en una burbuja de jarabe de ensueño… que se está rompiendo sin que pase nada.

¿Y el señor de señores, el gran maestre del traje caqui o blanco, o azul, el amo de la escuadra de aviadores de prestado? ¿Trisca por los campos de Europa, de esa Europa civilizada que su sangre demanda, con unos y con otras llenando sus horas de poniente con placeres seniles?.

Qué pena ser español de la vieja España. Extinta.

A vueltas con la polémica M. Sacristán-G. Bueno

3 febrero, 2014 § Deja un comentario

No sé si se trata ya de una pieza clásica de la filosofía española del último tercio del siglo XX. La vieja polémica que reunió a Manuel Sacristán y a Gustavo Bueno en torno al lugar de la filosofía en el conjunto del saber, reaparece cada vez más – me temo – sin capacidad de actualizarla. Que cada cual decida si esa incapacidad procede de la materia misma de la cuestión o de la habilidad del ponente. La dejo aquí para los más viejos amigos aunque creo que, precisamente ellos, ya conocen esta grabación. Eso no es – me temo – buen síntoma, de manera que tendrá también la eficacia de poner el asunto, aunque sea como aquí se hace, ante los ojos de los más jóvenes.

La disputa Sacristán – Bueno. La filosofía como substantivo o como adjetivo. Canal UNED

NOTA: Por no batirme en retirada debido a mi precipitación a la hora de añadir el anterior enlace, lo que hice movido exclusivamente por el tema, añadiré lo siguiente: el discurso grabado en ese enlace es fatuo y, sobre todo, insubstancial. Lo mejor será acudir a las fuentes. 

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