La señorita Prim. Anarcocatolicismo (y 7)

16 febrero, 2014 § Deja un comentario

Natalia Sanmartin Fenollera es la autora de una novela, el significado de cuyo importante éxito supone, a mi juicio, un enigma. Es al menos un problema que hay que tratar de entender. La novela está escrita con cuidada delicadeza – una virtud femenina que, según se afirma allí, no necesariamente ha de estar ausente del carácter masculino -. Natalia Sanmartin es jefa de opinión del diario económico “Cinco Días”. Licenciada en Derecho, máster en periodismo y ha realizado un “Programa Integral de Desarrollo Directivo” en la escuela de negocios ESIC. Se trata de una mujer intensamente titulada, como lo es la protagonista de su novela. Su titulación y su labor profesional se adecuan con precisión al perfil de la más definida ultramodernidad.

No me cabe duda del conocimiento que Natalia Sanmartin posee de la tradición católica. Sobre ese fundamento – cuyo valor no podría exagerar – construye una obra sutil, dotada de una amable formalidad. No soy un analista de la literatura, sólo la disfruto y desconozco el valor literario que la novela pueda tener. Diré que la he disfrutado intensamente.

Ahora bien, contra el juicio de la propia autora y – me temo – que también de muchos buenos amigos, entiendo que esta obra pertenece al género de las utopías. Es que, a mi juicio, la comunidad en que se desarrolla la acción no es propiamente una comunidad ideal, sino estrictamente utópica. Y hay que distinguir con algún rigor lo ideal de lo utópico.

Acaso esté correctamente señalada la diferencia en las siguientes líneas:

“La utopía es irreal per se, mientras la idealización es sólo irrealizable, que no irreal secundum quid. La utopía cae, pues, fuera de la realidad, presente o futura, por naturaleza, fuera del espacio y del tiempo, porque es utópica y ucrónica. No es ni siquiera un proyecto. La construcción ideal, por el contrario, no es per se irrealizable, ni imposible. Al contrario, es realizable pero sucede que de facto y existencialmente nunca se realizará plenamente. Por la misma razón que la generación del ser concreto aristotélico no realizará tampoco plenamente la plenitud de su forma informante, de la “entelequia”, del “debiendo ser”, del “eidos” puro. Es inalcanzable pero sólo por el juego de las causas fortuitas, por la plenitud radical del ser completo, por el desfallecimiento intrínseco del hombre, pero no “en sí” y “por sí”  (…)

Todo pensamiento político puede y debe tener un momento ideal, posible, pero no realizable plenamente, como la marcha hacia la estrella en la navegación; en cambio lo que se ha dado en llamar utópico para nada tiene juego con el contexto de lo real, y hablar de su posible implantación constituye una contradicción in adjecto

(Antonio Poch Gutiérrez. Escrito Preliminar en: Novalis. La Cristiandad o Europa. Instituto de Estudios Políticos. Madrid. 1977, págs.64-66.)

La comunidad de San Ireneo de Arnois, habitada por “exiliados del mundo moderno en busca de una vida sencilla y rural”, es imposible.  Lo es, por una razón sencilla, porque no puede pensarse una comunidad católica pero a la vez aislada o finita, en cuanto envuelta por un entorno político-económico moderno. Su localismo resultaría intransitivo, reflexivo o inconexo: un localismo estrecho. Las personas que lo habitan procederían de un espacio social envolvente en el que no se encuentran comunidades análogas. Es la sociedad universal de individuos substantes la que alimentaría esa comunidad centrada en sí misma. 

La posibilidad de una comunidad católica, como indica su propio título, supone su apertura interminable con comunidades próximas de estructura análoga. En una apertura continua y constante cuyo horizonte es el mundo todo. La comunidad universal no puede ser una comunidad local, sino una red infinita de comunidades locales pero conexas, todas ellas amparadas por la cúpula de una estructura metapolítica representada por el doble poder de una Iglesia Universal, y su teología característica, y un Imperio armado que sólo podría deponer sus armas si la extensión continua de esas comunidades locales pero abiertas alcanzara a señorear el mundo.

La novela no puede contener, así, la explicación de su inexcusable funcionamiento económico. Su magnífica existencia descansa en el hecho de que sus habitantes reciben de fuera el aporte económico que les permite sostener ese “refugio del mundo”. Pero la Iglesia católica no puede – como la novela manifiesta en el estrecho entorno de su comunidad – transigir con ese mundo envolvente resultado de la demolición moderna del viejo orden cristiano. La Iglesia católica es metapolíticamente revolucionaria, agente de una revolución que empieza por tratar de conservar lo que quede de la vieja comunidad universal. Pero que ha de terminar – dada la magnitud de la destrucción – por ir infinitamente más allá de ese primer programa conservador.

Y es ahí donde la novela me decepciona. Su atmósfera por lo general amable me resulta ocasionalmente blanda.  “El hombre del sillón” es, sin duda, un hombre austero que no necesita mucho para vivir. Ahora bien, los ciclos de conferencias por las que el mundo exterior le paga no permite mantener sus austeras costumbres. Natalia Sanmartin nos informa entonces de que “administra una buena parte del patrimonio de su familia”. (pág. 87).

¿Acaso contra la hipóstasis moderna de la economía no se estará aquí ejerciendo – por parte de la directora de opinión de un importante diario económico – el error contrario, consistente en  negar la necesidad que toda comunidad tiene de satisfacer sus necesidades metabólicas?. No, Natalia Sanmartin no olvida esa necesidad y tampoco se olvida de anotar que “el hombre del sillón” cobra sus conferencias y publicaciones y administra el patrimonio familiar. Ahora bien, en su estado actual, es decir,en el estado en que se encuentra la comunidad de San Ireneo de Arnois sólo puede ser un espacio del que los pobres han de estar excluidos – acaso contra la voluntad de sus propios habitantes -. La figura medieval del pobre no aparece, de hecho, en la novela. Diría que no puede contenerla porque su catolicismo es local.

Y, sin embargo, la crítica de la idea abstracta de igualdad, la recusación de la privacidad,  el desprecio de la educación moderna y el sinfín de sutiles observaciones que abundan en las páginas de “El despertar de la señorita Prim”  hacen del éxito de la novela un enigma. ¿Existe un afán, que podríamos llamar masivo a la luz de dicho éxito, por escapar de las condiciones de vida y de trabajo a las que estamos sometidos? ¿Estarían los lectores dispuestos a secundar de entrada una revolución conservadora y, finalmente, sabrían cómo revolucionar el orden político y/o socioeconómico vigente? ¿Estarían dispuestos a militar en una Iglesia enfrentada sin matices con el inmundo presente?.

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