Klassenkampf

26 abril, 2014 § Deja un comentario

Los muchos años de sindicalismo de pacto y socialdemocracia progresista no sólo han devastado el medio y descompuesto los últimos restos de vida comunitaria, han destruido el gusto y conmovido las maneras, han anulado los restos de fortaleza personal en la masa homogénea de los señores ciudadanos, han demolido el carácter del hombre y su firme voluntad. El individuo sin crédito,  de apetito sin contención, entregado al ritmo pautado por la liga de fútbol o las series de televisión, el sujeto sin rostro del ciudadano moderno es su gran obra. Es, cuando menos, el resultado de su impagable colaboración con el orden del mundo fijado sobre los rescoldos aún calientes de la última gran guerra.

Se nos dice que vivimos en una sociedad compleja que, sin embargo, resulta únicamente sofisticada. Se dice que esa nueva complejidad no consiente la apelación a unas clases socioeconómicas de definición demasiado simple. Pero las clases socioeconómicas fueron y son el resultado del proceso de simplificación de la existencia antropológica que acompaña al despliegue de la modernidad y su reducción económica del mundo. La simple polarización de los hombres en esas clases abstractas – meramente socioeconómicas – es un aspecto más de la abstracción simplificadora que la revolución moderna produce en el orden antropológico de la comunidad tradicional.  La escisión es, sin duda, explosiva dado que se han roto los vínculos metapolíticos, no reductivamente socioeconómicos, entre las personas. Éstas devenidas ciudadanos (se dice comprometidos) y consumidores (se dice responsables) son tendencialmente simples individuos. Es el horizonte de la holización revolucionaria y de la permanente revolución o crisis constante no se sigue otra cosa.

El recurso al diálogo como instrumento político exclusivo es uno de los principios que repite hipnóticamente esta socialdemocracia cuya ruina actual es definitiva. Sólo pueden desear el regreso a 2007, la reconstrucción de aquel estado del bienestar, cuya promesa – o tentación indeseable – vierten sobre los señores electores, es su única alternativa. Olvidan un principio fundamental, a saber: que la política es la guerra continuada por otros medios. Dicho de otro modo, no quieren ver que la violencia (en todos sus sentidos) es la forma inexcusable de la política. Si queremos evitar la violencia y la guerra hemos de destruir la política. Existe un orden metapolítico – elemental, antropológico – en cuya afirmación descansa toda esperanza de paz. Esa afirmación, sin embargo, no será pacífica: “No he venido a traer la paz, sino la espada”.

J. Manuel de Prada. ABC 26 de abril de 2014

 

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