Ocaso y Alegría

24 junio, 2014 § Deja un comentario

A medida que avanzo por esta edad provecta, me hundo también en una comprensión crecientemente aguda del significado de la edad.  La esclerosis irreparable que ya se manifiesta aboca a un tiempo de dificultades en que se probará el valor de la persona.  Porque la muerte es la piedra de toque: “…espero el día en el que me haré juez de mí mismo y sabré si tengo la virtud en los labios o en el corazón” 

La melancolía es inherente a la vejez y a la consciencia del plazo insoslayable, a la creciente aspereza de los días, pero – sobre todo – a la soledad intensa ante el número de los desaparecidos y al ocaso del mundo pretérito que fue el de la propia vida. De avanzar por la edad serán pocos – acaso nadie – los que vayan quedando, nadie con quien compartir el recuerdo de una vieja herramienta, de un gesto entonces cotidiano, de un hábito olvidado, del sabor de una fruta o del olor de un condimento indefinible de la vida. “Entonces” será cada vez más el territorio constante de los días y se irá perdiendo pie en el curso actual de un tiempo que nos aísla.

Aunque no soy tan viejo todavía, puedo fácilmente aventurar el carácter que induce la pérdida constante del tiempo, substancia de la vida. Recuerdo amigos que ya viajan hacia el hondo vaciadero del olvido. Los he conocido, aunque muy mayores, vitales y ansiosos por seguir alentando y, sin embargo, doloridos y nostálgicos, heridos por la espada de fuego de los días, con los ojos muy abiertos a la espera de un final espantable y cierto. A pesar de la fe en un horizonte renovado y pleno en que tendrían junto a sí el fundamento – también caído – de su vida. Su voluntad afirmativa estaba tocada por la certidumbre de su muerte vecina. Eran hombres alegres pero melancólicos, gente vital –  de la materia del viejo pueblo – que sentía el final de su vida y había llegado a conocer la ruina del mundo de sus años juveniles con el hundimiento de sus entusiasmos de primera vida.

La muerte decía es la piedra de toque pero lo es  en cuanto circunstancia presente de la vida. Nuestro valor se mide ya – entiendo – por nuestra potencia para evitar que esa inexorable melancolía se pudra en amargura negra y desabrida. Quisiera gozar hasta el final de una alegre melancolía. Un estado de ánimo que, en realidad, cualquier hombre consciente conoce desde su primera juventud, porque la sabe perdida.

Sucede que he vivido siempre al ritmo del año académico que ahora termina. Pero hay que sumar a ello que cumplo mis años en estos días. Son fechas de curso y de recurso, pero también empiezan a ser muchas las vueltas que conoce mi navegación.  De ahí esta nueva trampa de la melancolía. Boguemos pacientemente otro ciclo, que todo ha de terminar un día. Pero detengamos a veces la conversación, como hacen los viejos que saben disfrutar de la efímera compañía,  callando para hacer más real la comunicación… queda aún con quien saborear el mundo de entonces que, en alguna medida, es todavía el de hoy.

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Subversión

2 junio, 2014 § 3 comentarios

A Bernard de Mandeville se le conoció popularmente como Man Devil. El más conocido tergiversador o transvalorador – diría un nietzscheano – recibió el título de ministro del mal. Su consideración de los vicios (privados) como beneficios (públicos) no era, sin embargo, un hallazgo propio aunque su Fábula de las abejas se convirtió en el más popular libelo de su tiempo, promotor de esa perversión.  Hoy cualquier manual de economía (política) esconde en su neutralidad racionalista la misma consideración. Se esperaba que esa negación del bien común en nombre del interés egoísta acabara arrojando un estado de abundancia en que podría – como si nada hubiera pasado – retomar el camino recto del bien común.  Se aguardaba el “estado estacionario” o incluso decrecentista en que los hombres entregarían su vida al cultivo de fines por sí mismos valiosos. Hemos perdido toda noción de esos pretendidos fines intrínsecamente valiosos, porque – en los siglos de negación – nos hemos deshecho de la fuente trascendente de la que pudiera recibir ese valor. Porque el valor de semejantes fines no es intrínseco o inherente y ésta es la cuestión.

J. M. Keynes, el gran economista del bienestar, también selló el pacto moderno con el diablo. Sus esperanzas mundanas, históricas, de un reino del hombre en la tierra, fundado en semejante alianza, han arrojado nuestro presente. Sólo nos queda disfrutar de este Paraíso Inverso del bienestar.

“Durante al menos otros cien años debemos fingir, por nosotros mismos y por todos, que lo bueno es malo y lo malo es bueno; porque lo malo es útil y lo bueno, no.  La avaricia, la usura y la precaución deben ser nuestros dioses durante un poco más de tiempo, porque son las únicas nos pueden sacar del túnel de la necesidad económica y guiarnos a la luz”

(John Maynard Keynes)

¿Dónde estoy?

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