Confesiones.

20 septiembre, 2014 § 1 comentario

Voy adentrándome en la vejez y se multiplican los signos de mi edad. El más evidente es el cansancio, el más peligroso es la amargura.  Contra ambos es preciso levantarse cada día.

A veces me parece que la amargura es una suerte de cansancio espiritual y, en correspondencia, podríamos entender el cansancio como una orgánica amargura. Pero distinguir ambos sentimientos es sólo un artificio, se padecen siempre conjuntamente porque son dimensiones del mismo hundimiento.

En las condiciones de este cansancio resulta urgente simplificar el mundo adulto y convertirse en niño. Urgente y cada día más difícil hasta resultar absolutamente imposible. Un niño corre, salta, nada, grita, llora…. y descansa con una inconsciencia vigorosa. La edad supone crecientes dificultades para el movimiento y para la expresión inmediata, pero también hace difícil el descanso. Un niño puede sufrir profundamente pero sin alcanzar jamás el amargo sabor que respira el que ya da la batalla por perdida. La edad eleva murallas que nos aíslan en el humor desolado y en la desdicha. Es difícil olvidar que se abrevian los días y que has de despedirte pronto del vaivén milagroso de esta vida.

Te enrareces atándote a los hábitos, como el naufrago a los restos flotantes del viejo navío. La esclerosis fuerza una rigidez que se manifiesta en tus rutinas. Supe siempre que sería fugaz mi madurez, porque mi juventud impuso durante demasiado tiempo sus porfías.  Ahora veo que mi labor más definida se quedará dormida por falta de tiempo, por falta del tiempo pleno de la vida, del tiempo en que la capacidad de cada uno alcanza el punto álgido de su recorrido. Acaso terminaré mi labor madura pero su remate será obra de un hombre viejo.  No se trata, como puede suponerse, de nada de gran valor y no podría serlo por la misma desproporción que rompe la armonía necesaria entre las partes de mi vida.

Así como se tienen hijos demasiado tarde, algo común hoy ante las presuntas demandas de nuestra absurda forma de vida, también puede pretenderse hacer tarde muchas otras cosas que sólo pueden ser objeto de nuestros mejores días. Es evidente en el caso de la práctica del deporte o de actividades que requieren la potencia y flexibilidad de un cuerpo joven.

En suma, que tengo un problema típico de viejo: cómo lograr que mi amargura no invada hasta el final mi menguado esbozo de filosofía. Poco me importaría por lo incipiente del esbozo y el escaso valor de esa semilla. Pero este problema es el mismo que ha de afrontar el padre cansado que soy; y ahí sí que me va la vida.

 

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Miedo de ser dos.

12 septiembre, 2014 § 1 comentario

Rousseau le sugirió a D. Hume la imagen de un hombre al que hubieran arrancado la piel y hubieran puesto en mitad de una tormenta.  Esa imagen se me ha presentado a menudo leyendo la reciente obra de Rafael Narbona: Miedo de ser dos. De la enfermiza sensibilidad de Rousseau a la sensibilidad enferma de Narbona no hay gran distancia, la intensidad de su subjetividad y también la elegancia de su escritura los aproximan. Aventuro que, modernos los dos, quizás resulten, también ambos, profundamente antimodernos.

No he acabado de leer el libro de Rafael, pero esta nota se me hacía perentoria.  La urgencia nace, creo, de una proximidad dolorosa. El autor tiene sólo tres o cuatro años más que yo y su jornada biográfica guarda muy notables semejanzas con la mía propia. Pero toda vida es singular y las diferencias son naturalmente enormes.  Hijo de un escritor del que hoy apenas se guarda memoria y afectado en su persona y en su entorno inmediato por el fatal trastorno bipolar, Rafael Narbona procede de una familia que ha sufrido un destino doloroso. Cercana a ambientes de una burguesía acomodada, su situación económica ha sido sólo suficiente.

Yo soy hijo de esos emigrantes andaluces y extremeños, de los que Rafael Narbona se acuerda, que huyeron de una desoladora miseria y probablemente yo le habría visto como un niño de buena familia, ajeno a las dificultades cotidianas que había de afrontar en mi casa. Pero yo he sido ajeno a esas dificultades siempre y, aunque las hubo, jamás las sufrí al extremo de dar forma a mi personalidad. Es merito de mis padres, sin duda, que sólo ya avanzada mi juventud adquiriera una conciencia plena de la estrechez económica. No guardo rencor alguno a los que disfrutaron de mayor holgura, aunque habría envidiado la biblioteca de su padre.

La ascendencia republicana de la familia está en mi caso muy matizada. No porque proceda de una posición contraria, sino porque los menestrales y campesinos de mi linaje sufrieron hasta quedar sin voz. Sólo mi abuelo paterno me recomendó en alguna ocasión que, si me era posible, no levantara el brazo ni con la palma extendida, ni con el puño cerrado. Mis abuelos maternos sufrieron una represión definitiva. Pero nadie alimentó jamás la herida. Mi posición política se ha ido haciendo compleja con los años, pero el punto de partida no ha sido ni el dolor, ni la venganza. Mi familia materna sí ha conservado un odio vivo por el dictador.

El angustioso tránsito por la escuela que describe Rafael Narbona, fue en mi caso bastante más amable, pese a que menudeaban bofetadas. Pero yo asistí a un colegio público donde jamás vi un cura y tuve la suerte de conocer a algunos magníficos maestros que me permiten no recordar la efectiva brutalidad de otros.

Pero todo esto acaba resultándome secundario e ignoro qué dimensión tiene la ficción en el texto. El autor acaba mereciendo un tratamiento personal y directo, convirtiéndose en Rafael. A menudo se descubre que no hay exageración en la contraportada, donde se dice que abrir las páginas del libro es abrir las venas de un hombre.

Por lo demás, conocí hace mucho tiempo a Rafael Narbona. Debimos vernos ocasionalmente en la Facultad de Filosofía de la Complutense y luego en algunas de las reuniones del grupo de Quintín Racionero. Pero le recuerdo perfectamente de las duras jornadas de oposición al cuerpo de profesores de enseñanza secundaria.  En la convocatoria en la que obtuve una plaza, él logró la primera.  Me reencontré con él a distancia en las tristes redes sociales, yo le recordaba con exactitud. Me sorprendió que él también conservara recuerdo de mí. Era una persona de delicada sensibilidad y amplia erudición, no me sorprendió en absoluto que obtuviera el número uno en aquella oposición y otra cosa habría sido injusta. Venía – creo recordar – de alguna facultad en la que disfrutó de una beca de doctorado. Pensé que sería un magnífico profesor.

No volvimos a hablar, no nos hemos visto desde entonces. Me produjo una dolorosa conmoción conocer el sufrimiento al que se ha visto sometido. Me gustaría no decir nada sobre nuestro sistema educativo, pero no me sorprende la respuesta de la institución y de su gente. Por el contrario me sorprendieron las posiciones radicales que Rafael defendía y que acaso ya no defiende.

Por debajo de todo esto hay una proximidad, decía, que me ha urgido a escribir estas líneas. Es una cercanía difícil de definir, una contemporaneidad que es una verdadera coexistencia. Sorprende, además, dadas las diferencias. Su paso por la Facultad de Filosofía y la vida de estudiante no han dejado apenas huella en su memoria, en mi caso sucede casi al contrario. He estado personalmente ligado a la institución, pese a que profesionalmente no guardo relación alguna con ella.  Aunque disfruto de un espacio mínimo, casi a la intemperie, en la Facultad de Políticas y Sociología,  he conservado durante décadas vínculos personales con profesores y compañeros de estudio de la Facultad de Filosofía. Pero hay algo más, Rafael vivió en mi ciudad, no porque ambos hayamos pasado nuestra juventud en Madrid, sino porque Madrid era justamente el área sur-oeste de la ciudad: del Parque del Oeste a Cuatro Caminos, Castellana a Embajadores y Pirámides, y desde allí al Puente de los Franceses y Moncloa.  Un área con dos centros activos de vida desordenada, es decir, de vida. Especialmente el de la calle Fuencarral, de Bilbao a Chueca.  Ese espacio, que en los años ochenta era todavía un espacio que podía caminarse en una jornada, ha sido el escenario de mi propia juventud.

Son muchas las ocasiones en que su lectura ha forzado mi respuesta, a veces favorable y muchas otras contraria. Pero siempre he encontrado una preocupante afinidad en un terreno a gran profundidad: la depresión y el hastío, las mutaciones súbitas del estado de ánimo… Un juicio próximo en relación a contenidos insoslayables de mi propia vida, con la educación en primer lugar. No sufro el mal congénito de la bipolaridad pero padezco también de una sensibilidad enfermiza y una memoria de desterrado: nostálgica, melancólica, precisa. Ignoro, sin embargo, el nombre de mi patria. En ese terreno casi incomunicable encuentro a Rafael perdido en mi propia desolación y, sin embargo, hay otro terreno donde no puede ser mayor la distancia. Por eso me alegra encontrar diagnósticos y afinidades consoladoras y francas. Le doy un momento la palabra:

“No voy a mentir, ocultando mi nostalgia de Makoki, el primer cine de Almodóvar o la trilogía Peter Pank, cuando era posible ser irreverente e incorrecto hasta lo escandaloso, abordando con una óptica disparatada cuestiones como el incesto, la pederastia o el crimen gratuito, pero la frivolidad de los ochenta contribuyó a alumbrar una generación sin espíritu de resistencia y ajena al compromiso. Fue un verdadero desarme moral que hizo a la sociedad más vulnerable y cobarde, permitiendo que las oligarquías económicas se envalentonaran y acabaran con los logros de la clase trabajadora. Si he de ser sincero prefiero a Silvio Rodríguez. Sus letras conservan intacto su lirismo y su vocación transformadora: “… y comprendió que la guerra/era la paz del futuro/ lo más terrible se aprende en seguida/ y lo más hermoso nos cuesta la vida”. Es difícil repetir estos versos y no sentir que encierran algo profundo, necesario y cada vez más actual. En cambio, las canciones de Alaska y los Pegamoides me parecen solemnes tonterías: “Bailo todo el día/con o sin compañía/. Muevo la pierna, muevo el pie. /Muevo la tibia y el peroné;/ muevo la cabeza, muevo el esternón./ muevo la cadera siempre que tengo ocasión”.

Los años de universidad y las salidas nocturnas por el centro de Madrid apenas han dejado huella en mi memoria. Para mí, la universidad es una página en blanco, que no me aportó nada en lo humano, ni en lo intelectual, salvo algunos amigos y mi relación con Piedad, mi mujer. La obligación de cursar una asignatura tras otra rompió mi frenético ritmo de lectura, que había comenzado a los dieciséis años. Los apuntes, los manuales, los textos obligatorios me desviaron de Borges, Proust, Cernuda, Thomas Mann, Cesare Pavese o Faulkner. Incluso me apartaron de Nietzsche, Spinosa y Platón, pues en su lugar tuve que aprender a resolver abstrusos problemas de lógica o leer las tesis doctorales de mis profesores, milagrosamente publicadas por la editorial de la universidad, verdaderos mamotretos donde las notas a pié de página ocupaban más espacio que el texto y las extensas citas apenas reservaban unas líneas para formular ideas o interpretaciones. Sólo recuerdo con cariño a José Luis Pinillos, notable catedrático de psicología que se jubiló en 1986. Poco después, recibiría el Premio Príncipe de Asturias y entraría en la Real Academia Española. Con bigote blanco, traje y sombrero, se descubría cada vez que se cruzaba con una alumna y nunca se sentaba hasta que todas las chicas habían ocupado sus sitios. Afectuoso, cercano, indulgente, hablaba con nosotros en los pasillos y en sus clases olvidaba de Skinner y Piaget para divagar sobre literatura, arte, filosofía o historia. Sostenía que se aprendía más de la conducta humana en una novela de Dostoievski que en un manual de psicología. Nos contaba con pesar que había combatido en la División Azul y recordaba con espanto las deportaciones de judíos y las hileras de prisioneros rusos. No podía reprimir una sonrisa al hablar de otros profesores de su generación, falangistas de primera hora y fervientes germanófilos, que había procurado maquillar su pasado, inventando disidencias imaginarias y una inexistente convicción democrática. “

La Facultad de Filosofía no me alejó de mi ritmo parsimonioso pero incesante de lecturas. Las matizó y reorientó pero jamás las interrumpió. Acaso porque nunca me preocupó el expediente y no visitaba muchas clases. Pero acaso exagera Rafael cuando niega toda huella humana e intelectual procedente de sus años de estudiante: encontró amor y amistad en aquel lugar, no es mal bagaje para el resto de sus días.

Finalmente yo no conocí a José Luis Pinillos sino al que sería su discípulo dilecto. Pero un eco del maestro debió conservar el discípulo porque ese vínculo ha sido para mí una de las marcas allí recibidas.  Para muchos estigma, yo la concibo como herida de guerra en una batalla acaso perdida. No he perdido, sin embargo, la esperanza de una victoria definitiva.

Así también Rafael se ha sobrevivido, venciendo sus propios intentos de suicidio. También me encuentro cuando respira: “Ya no deseo prolongar las horas de sueño, sino abrir la ventana y comprobar que la claridad ha vuelto a despuntar”.

Ciudadela.

9 septiembre, 2014 § Deja un comentario

J. M. de Prada. Por amor.

Creo que J. M. de Prada toma el pasaje de Saint-Exupéry, formulación de una dimensión esencial de toda comprensión antropológica, pero no lo abraza realmente o realmente no lo comprende. Pese a que juzgaría con alguna severidad el uso que ha hecho Juan Manuel de Prada del tema, la sola referencia al pasaje de El Principito hace este artículo intempestivo. Radicalmente intempestivo pese al curioso éxito que este libro tiene todavía hoy. Sospecho de tan grandes éxitos de venta. Pero he estado leyendo la obra inacabada de Antoine de Saint-Exupéry que me ha llegado de la mano de un amigo. Ésta es una obra como corresponde enterrada por un glorioso olvido. A su través he conocido la dimensión del escritor y la persona. La obra se nota inacabada, sin embargo necesariamente inacabada.

Hisbah eurábica.

7 septiembre, 2014 § Deja un comentario

Publica El Mundo la noticia de la constitución de una policía islámica en la ciudad alemana de Wuppertal.

Shariah Police

Todavía habrá quien juzgue estos acontecimientos un asunto menor. Así como se juzga irrelevante, por su número, el hecho de que musulmanes europeos se sumen a las fuerzas del nuevo califato islámico. Tardarán todavía en aprender que estos signos indican una potencia asombrosa, porque nuestras sociedades modernas son incapaces de entender el sentido de esa fuerza. No en vano han sufrido un lento proceso de amputación de su substancia metafísica, merced a los largos siglos de crítica e hipercrítica racionalista y moderna.

La Europa arrasada de las grandes guerras mundiales había sido socavada mucho tiempo antes. La nueva paz – de la reciente victoria – se asentó sobre los mismos principios ilustrados, liberales y formalmente democráticos que condujeron a la gran conflagración. No se supo entones y no sabemos hoy sostener en firmes cimientos metapolíticos este  lábil equilibrio europeo arrojado por la política moderna y la doctrina general meramente política de la razón de Estado. Pero no sabemos desbordar la mera política en la búsqueda de un fundamento metafísico porque seguimos sujetos a los mismos principios de la Crítica y su radical relativismo.

Esta nueva Europa se juzga a menudo un éxito cuando se atiende a sus índices de prosperidad, a sus condiciones de seguridad… pero esconde un terrible fondo de debilidad en el hueco insondable de su sustrato metapolítico. El ensayo de situar esa base en la forma de los Derechos Universales del Hombre, cuya insensatez ha sido una y mil veces puesta de manifiesto, constituye un rotundo fracaso fácilmente previsible.

Pero es que la Unión Europea ha pretendido construirse en contra de o, al menos, al margen de cualquier forma de sustrato metapolítico.  Pero esto supone una unión insubstancial “una prosperidad sin grandeza” o “un hedonismo sin pasión y sin riesgos”. Son palabras de Octavio Paz, quien concluye: “De ahí la fascinación que (en Europa) ejerce sobre sus multitudes el pacifismo, no como una doctrina revolucionaria, sino como una ideología negativa”. La conclusión de O. Paz es sangrante: “(el pacifismo europeo) es la otra cara del terrorismo: dos expresiones contrarias del mismo nihilismo”.

Es fácil entender que Europa producirá pacifistas o terroristas.

¿Defender qué?

3 septiembre, 2014 § 1 comentario

Hay un asunto delicado que, como tal, convendría dejar al margen de la estadística, pero que ha sido sometido al escrutinio de los científicos sociales más conspicuos, esos que habitan el Centro de Investigaciones Sociológicas, movidos por el Instituto Español de Estudios Estratégicos. Pronto ha dado lugar a curiosos titulares del siguiente tenor: “Los últimos patriotas. sólo el 16% de los ciudadanos defenderían a España”. El mismo titular llama “ciudadanos” a los españoles anteponiendo el accidente a la substancia.

Pero la cuestión es sobremanera vidriosa, para empezar porque se ofrece dando por consabida la naturaleza de esa España sobre cuya defensa se pregunta.  Por mi parte ardo en patrióticos deseos de destruir España, es decir la España realmente existente; y no dudaría en defender España de agresores que a menudo la llevan en la boca y jamás en el corazón. Agresores que, a menudo a su pesar, hablan la lengua patria.

Esta España que ha dejado de ser lo que ha dejado de ser, siendo tan europea, tan liberal y tan parlamentaria… ha criado los cuervos que le sacarán los ojos empuñando quizás el cuchillo del califa o la ley alemana, el capital sin patria o el pánfilo terror de no ser nada, esta España bilingüe y atildada, colonial y avejentada… ¿quién defenderá esta España maquillada?

Hay que defender la realidad, me dirán. No. La realidad es un invento sin substancia, la realidad se defiende sólo en nombre de una realidad más elevada. Traigo aquí los versos de Miguel Hernández (olvidado hoy por tirios y troyanos) que conocí en un viejo libro de un hombre hoy ya nonagenario.

Madre España.

Abrazado a tu cuerpo como el tronco a su tierra,
con todas las raíces y todos los corajes,
¿quién me separará, me arrancará de ti,
madre?

Abrazado a tu vientre, ¿quién me lo quitará,
si su fondo titánico da principio a mi carne?
abrazado a tu vientre, que es mi perpetua casa,
¡nadie!

Madre: abismo de siempre, tierra de siempre: entrañas
donde desembocando se unen todas las sangres:
donde todos los huesos caídos se levantan:
madre.

Decir madre es decir tierra que me ha parido;
es decir a los muertos: hermanos, levantarse;
es sentir en la boca y escuchar bajo el suelo
sangre.

La otra madre es un puente, nada más, de tus ríos.
El otro pecho es una burbuja de tus mares.
Tú eres la madre entera con todo su infinito,
madre.

Tierra: tierra en la boca, y en el alma, y en todo.
Tierra que voy comiendo, que al fin ha de tragarme.
Con más fuerza que antes, volverás a parirme,
madre.

Cuando sobre tu cuerpo sea una leve huella,
volverás a parirme con más fuerza que antes.
Cuando un hijo es un hijo, vive y muere gritando:
¡madre!

Hermanos: defendamos su vientre acometido,
hacia donde los grajos crecen de todas partes,
pues, para que las malas alas vuelen, aún quedan
aires.

Echad a las orillas de vuestro corazón
el sentimiento en límites, los efectos parciales.
Son pequeñas historias al lado de ella, siempre
grande.

Una fotografía y un pedazo de tierra,
una carta y un monte son a veces iguales.
Hoy eres tú la hierba que crece sobre todo,
madre.

Familia de esta tierra que nos funde en la luz,
los más oscuros muertos pugnan por levantarse,
fundirse con nosotros y salvar la primera
madre.

España, piedra estoica que se abrió en dos pedazos
de dolor y de piedra profunda para darme:
no me separarán de tus altas entrañas,
madre.

Además de morir por ti, pido una cosa:
que la mujer y el hijo que tengo, cuando pasen,
vayan hasta el rincón que habite de tu vientre,
madre.

Miguel Hernández.

 

¿Dónde estoy?

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