Miedo de ser dos.

12 septiembre, 2014 § Deja un comentario

Rousseau le sugirió a D. Hume la imagen de un hombre al que hubieran arrancado la piel y hubieran puesto en mitad de una tormenta.  Esa imagen se me ha presentado a menudo leyendo la reciente obra de Rafael Narbona: Miedo de ser dos. De la enfermiza sensibilidad de Rousseau a la sensibilidad enferma de Narbona no hay gran distancia, la intensidad de su subjetividad y también la elegancia de su escritura los aproximan. Aventuro que, modernos los dos, quizás resulten, también ambos, profundamente antimodernos.

No he acabado de leer el libro de Rafael, pero esta nota se me hacía perentoria.  La urgencia nace, creo, de una proximidad dolorosa. El autor tiene sólo tres o cuatro años más que yo y su jornada biográfica guarda muy notables semejanzas con la mía propia. Pero toda vida es singular y las diferencias son naturalmente enormes.  Hijo de un escritor del que hoy apenas se guarda memoria y afectado en su persona y en su entorno inmediato por el fatal trastorno bipolar, Rafael Narbona procede de una familia que ha sufrido un destino doloroso. Cercana a ambientes de una burguesía acomodada, su situación económica ha sido sólo suficiente.

Yo soy hijo de esos emigrantes andaluces y extremeños, de los que Rafael Narbona se acuerda, que huyeron de una desoladora miseria y probablemente yo le habría visto como un niño de buena familia, ajeno a las dificultades cotidianas que había de afrontar en mi casa. Pero yo he sido ajeno a esas dificultades siempre y, aunque las hubo, jamás las sufrí al extremo de dar forma a mi personalidad. Es merito de mis padres, sin duda, que sólo ya avanzada mi juventud adquiriera una conciencia plena de la estrechez económica. No guardo rencor alguno a los que disfrutaron de mayor holgura, aunque habría envidiado la biblioteca de su padre.

La ascendencia republicana de la familia está en mi caso muy matizada. No porque proceda de una posición contraria, sino porque los menestrales y campesinos de mi linaje sufrieron hasta quedar sin voz. Sólo mi abuelo paterno me recomendó en alguna ocasión que, si me era posible, no levantara el brazo ni con la palma extendida, ni con el puño cerrado. Mis abuelos maternos sufrieron una represión definitiva. Pero nadie alimentó jamás la herida. Mi posición política se ha ido haciendo compleja con los años, pero el punto de partida no ha sido ni el dolor, ni la venganza. Mi familia materna sí ha conservado un odio vivo por el dictador.

El angustioso tránsito por la escuela que describe Rafael Narbona, fue en mi caso bastante más amable, pese a que menudeaban bofetadas. Pero yo asistí a un colegio público donde jamás vi un cura y tuve la suerte de conocer a algunos magníficos maestros que me permiten no recordar la efectiva brutalidad de otros.

Pero todo esto acaba resultándome secundario e ignoro qué dimensión tiene la ficción en el texto. El autor acaba mereciendo un tratamiento personal y directo, convirtiéndose en Rafael. A menudo se descubre que no hay exageración en la contraportada, donde se dice que abrir las páginas del libro es abrir las venas de un hombre.

Por lo demás, conocí hace mucho tiempo a Rafael Narbona. Debimos vernos ocasionalmente en la Facultad de Filosofía de la Complutense y luego en algunas de las reuniones del grupo de Quintín Racionero. Pero le recuerdo perfectamente de las duras jornadas de oposición al cuerpo de profesores de enseñanza secundaria.  En la convocatoria en la que obtuve una plaza, él logró la primera.  Me reencontré con él a distancia en las tristes redes sociales, yo le recordaba con exactitud. Me sorprendió que él también conservara recuerdo de mí. Era una persona de delicada sensibilidad y amplia erudición, no me sorprendió en absoluto que obtuviera el número uno en aquella oposición y otra cosa habría sido injusta. Venía – creo recordar – de alguna facultad en la que disfrutó de una beca de doctorado. Pensé que sería un magnífico profesor.

No volvimos a hablar, no nos hemos visto desde entonces. Me produjo una dolorosa conmoción conocer el sufrimiento al que se ha visto sometido. Me gustaría no decir nada sobre nuestro sistema educativo, pero no me sorprende la respuesta de la institución y de su gente. Por el contrario me sorprendieron las posiciones radicales que Rafael defendía y que acaso ya no defiende.

Por debajo de todo esto hay una proximidad, decía, que me ha urgido a escribir estas líneas. Es una cercanía difícil de definir, una contemporaneidad que es una verdadera coexistencia. Sorprende, además, dadas las diferencias. Su paso por la Facultad de Filosofía y la vida de estudiante no han dejado apenas huella en su memoria, en mi caso sucede casi al contrario. He estado personalmente ligado a la institución, pese a que profesionalmente no guardo relación alguna con ella.  Aunque disfruto de un espacio mínimo, casi a la intemperie, en la Facultad de Políticas y Sociología,  he conservado durante décadas vínculos personales con profesores y compañeros de estudio de la Facultad de Filosofía. Pero hay algo más, Rafael vivió en mi ciudad, no porque ambos hayamos pasado nuestra juventud en Madrid, sino porque Madrid era justamente el área sur-oeste de la ciudad: del Parque del Oeste a Cuatro Caminos, Castellana a Embajadores y Pirámides, y desde allí al Puente de los Franceses y Moncloa.  Un área con dos centros activos de vida desordenada, es decir, de vida. Especialmente el de la calle Fuencarral, de Bilbao a Chueca.  Ese espacio, que en los años ochenta era todavía un espacio que podía caminarse en una jornada, ha sido el escenario de mi propia juventud.

Son muchas las ocasiones en que su lectura ha forzado mi respuesta, a veces favorable y muchas otras contraria. Pero siempre he encontrado una preocupante afinidad en un terreno a gran profundidad: la depresión y el hastío, las mutaciones súbitas del estado de ánimo… Un juicio próximo en relación a contenidos insoslayables de mi propia vida, con la educación en primer lugar. No sufro el mal congénito de la bipolaridad pero padezco también de una sensibilidad enfermiza y una memoria de desterrado: nostálgica, melancólica, precisa. Ignoro, sin embargo, el nombre de mi patria. En ese terreno casi incomunicable encuentro a Rafael perdido en mi propia desolación y, sin embargo, hay otro terreno donde no puede ser mayor la distancia. Por eso me alegra encontrar diagnósticos y afinidades consoladoras y francas. Le doy un momento la palabra:

“No voy a mentir, ocultando mi nostalgia de Makoki, el primer cine de Almodóvar o la trilogía Peter Pank, cuando era posible ser irreverente e incorrecto hasta lo escandaloso, abordando con una óptica disparatada cuestiones como el incesto, la pederastia o el crimen gratuito, pero la frivolidad de los ochenta contribuyó a alumbrar una generación sin espíritu de resistencia y ajena al compromiso. Fue un verdadero desarme moral que hizo a la sociedad más vulnerable y cobarde, permitiendo que las oligarquías económicas se envalentonaran y acabaran con los logros de la clase trabajadora. Si he de ser sincero prefiero a Silvio Rodríguez. Sus letras conservan intacto su lirismo y su vocación transformadora: “… y comprendió que la guerra/era la paz del futuro/ lo más terrible se aprende en seguida/ y lo más hermoso nos cuesta la vida”. Es difícil repetir estos versos y no sentir que encierran algo profundo, necesario y cada vez más actual. En cambio, las canciones de Alaska y los Pegamoides me parecen solemnes tonterías: “Bailo todo el día/con o sin compañía/. Muevo la pierna, muevo el pie. /Muevo la tibia y el peroné;/ muevo la cabeza, muevo el esternón./ muevo la cadera siempre que tengo ocasión”.

Los años de universidad y las salidas nocturnas por el centro de Madrid apenas han dejado huella en mi memoria. Para mí, la universidad es una página en blanco, que no me aportó nada en lo humano, ni en lo intelectual, salvo algunos amigos y mi relación con Piedad, mi mujer. La obligación de cursar una asignatura tras otra rompió mi frenético ritmo de lectura, que había comenzado a los dieciséis años. Los apuntes, los manuales, los textos obligatorios me desviaron de Borges, Proust, Cernuda, Thomas Mann, Cesare Pavese o Faulkner. Incluso me apartaron de Nietzsche, Spinosa y Platón, pues en su lugar tuve que aprender a resolver abstrusos problemas de lógica o leer las tesis doctorales de mis profesores, milagrosamente publicadas por la editorial de la universidad, verdaderos mamotretos donde las notas a pié de página ocupaban más espacio que el texto y las extensas citas apenas reservaban unas líneas para formular ideas o interpretaciones. Sólo recuerdo con cariño a José Luis Pinillos, notable catedrático de psicología que se jubiló en 1986. Poco después, recibiría el Premio Príncipe de Asturias y entraría en la Real Academia Española. Con bigote blanco, traje y sombrero, se descubría cada vez que se cruzaba con una alumna y nunca se sentaba hasta que todas las chicas habían ocupado sus sitios. Afectuoso, cercano, indulgente, hablaba con nosotros en los pasillos y en sus clases olvidaba de Skinner y Piaget para divagar sobre literatura, arte, filosofía o historia. Sostenía que se aprendía más de la conducta humana en una novela de Dostoievski que en un manual de psicología. Nos contaba con pesar que había combatido en la División Azul y recordaba con espanto las deportaciones de judíos y las hileras de prisioneros rusos. No podía reprimir una sonrisa al hablar de otros profesores de su generación, falangistas de primera hora y fervientes germanófilos, que había procurado maquillar su pasado, inventando disidencias imaginarias y una inexistente convicción democrática. “

La Facultad de Filosofía no me alejó de mi ritmo parsimonioso pero incesante de lecturas. Las matizó y reorientó pero jamás las interrumpió. Acaso porque nunca me preocupó el expediente y no visitaba muchas clases. Pero acaso exagera Rafael cuando niega toda huella humana e intelectual procedente de sus años de estudiante: encontró amor y amistad en aquel lugar, no es mal bagaje para el resto de sus días.

Finalmente yo no conocí a José Luis Pinillos sino al que sería su discípulo dilecto. Pero un eco del maestro debió conservar el discípulo porque ese vínculo ha sido para mí una de las marcas allí recibidas.  Para muchos estigma, yo la concibo como herida de guerra en una batalla acaso perdida. No he perdido, sin embargo, la esperanza de una victoria definitiva.

Así también Rafael se ha sobrevivido, venciendo sus propios intentos de suicidio. También me encuentro cuando respira: “Ya no deseo prolongar las horas de sueño, sino abrir la ventana y comprobar que la claridad ha vuelto a despuntar”.

Anuncios

Etiquetado:

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo Miedo de ser dos. en A Día de Hoy.

Meta

A %d blogueros les gusta esto: