Mera política cristiana

18 octubre, 2014 § Deja un comentario

Encuentro una frase perversa,del primer europeista, que lo dice todo pero de un modo tal que requeriría una exégesis en profundidad.  Erasmo escribió:

“¿Qué es el Estado sino un gran monasterio?” (Erasmo de Rotterdam)

La industria educativa

12 octubre, 2014 § 2 comentarios

La nueva transformación a la que se somete al discipulado y la docencia tiene sus panegiristas e inversores.  Frente a ellos no hay posibilidad alguna de victoria, la única actitud es la de una melancólica resistencia que se sabe derrotada y aspira a ralentizar en lo posible el avance imparable del desierto.

Estos jóvenes revolucionarios con actitud ejecutiva y dinámica quieren transformar la educación. Desde luego podría pensarse que con su ocurrencia publicitaria de hacer coincidir el lanzamiento de su plataforma con la huelga educativa han llevado la traición a una nueva dimensión.  ¿Qué no harán con la labor gris, paciente y meticulosa de un profesor decimonónico?

La industria educativa exige una indudable inversión tecnológica y serán muchos los que se entreguen con arrobo a la nueva maquinaria. Como trabajador de este sector industrial no conservo la más mínima esperanza para la educación, aunque creo que son los mejores tiempos para la instrucción y la formación. Pero este nuevo progreso es sólo un pequeño paso, la dirección está tomada desde hace siglos.

A partir de cierto punto de nada sirve una resistencia derrotada. Hagan click y avancen en el espacio educativo, yo preservaré en mi vida mientras pueda los delicados matices de la lectura sosegada. Habrá que seguir haciendo – mientras sea posible – alardes de funámbulo y respirando en la contradicción.

Público 12.10.14

Plataforma educativa en español.  

El problema de España.

5 octubre, 2014 § Deja un comentario

Trataré de ser en este apunte extremadamente sintético. Cualquier precisión requeriría un largo discurso, que cada uno tendrá que reconocer o reconstruir como pueda. Lamento resultar críptico y espero que me sea posible alguna vez explicarme con detalle y con la debida parsimonia. Mi comprensión del problema se expresa muy en breve como sigue:

Hace mucho tiempo que son muchos los que niegan futuro a esa unidad geopolítica que llamamos Europa. Ya eran muchos mucho antes de que este rincón peninsular, esta ballena varada, se sumara al coro de los europeos. No procedían estos críticos de un único espacio político: de diversas naciones y con distintas ideologías. Eran numerosos, sin embargo, eran minoría.

Pero si el futuro de Europa era problemático, el de España en Europa era evidente. España en Europa no puede ser. Acaso tampoco podría subsistir contra Europa, pero esto es otra cosa. España podría sucumbir frente a Europa, siendo España. Pero no puede ser España en Europa.

 Europa – realmente existente – es el resultado de un largo proceso modernizador, en aceleración constante desde hace al menos tres siglos. Modernización de una modernidad muy característica, entre cuyos contenidos determinantes está la derogación de la norma española, la victoria sobre el principio español de la universalidad imperativa.  Esa derogación no consiste simplemente en la victoria, en el terreno político, de un imperialismo sobre otro.  En cuanto imperialismo la derogación alcanza – más allá de la política – al elemento de la realidad antropológica y consiste, por tanto, en una derogación de la realidad católica de la existencia personal o comunitaria. La larga oposición europea a la metafísica o, de otro modo, la revolución científica y la consiguiente impugnación de la llamada vieja superstición… son momentos del proceso derogativo de dicha norma. Momentos que debieran contemplarse en estrecha unidad con la exaltación de la actividad comercial e industrial, con la consiguiente sustantivación de una racionalidad instrumental o de mercado que no puede ejercitarse sin contar con la disolución de la unidad comunitaria. Esta disolución se presentó como liberación de lazos mutuos y combinadas servidumbres, con táctica aceptación del necesario aislamiento mutuo consiguiente, es decir, con aceptación – incluso lúdica – del individualismo egolátrico que exige la magnífica liberación social. El individuo sustituirá a la persona, la sociedad a la comunidad.

Un nuevo orden – fundado en la norma comercial europea – que promueve una sociedad libre y profesionalizada, la sociedad ocupada y su nueva idea del trabajo, irán calando también entre los españoles. Pero España fue en ese proceso la última frontera, la nación católica de Europa. Pero sufrió como ninguna otra la contradicción envuelta en esa misma expresión de “nación católica”.

España subordinada a Europa, que es la Europa moderna, se descompone finalmente. Acaso – insisto – tampoco hubiera resistido en oposición a Europa si esa oposición se redujera a la posición negativa de una estrecha antimodernidad. A cada cual le dolerá más o menos esa lenta demolición, a muchos les resultará una gran liberación. Sin duda conocerán pronto las delicias de esa plena libertad negativa.

Pero no se vea en el reconocimiento de este proceso, un reconocimiento que como es natural sólo puede hacerse desde el presente, ninguna actitud nostálgica o luctuosa.  Un aspecto especialmente insufrible del proceso ha sido precisamente la conversión en un perfecto pudridero del catolicismo español de los últimos dos siglos, y la actual situación social y política de España es un resultado que sólo estómagos de piedra podrían tolerar.

Así pues nada hay que conservar. La posición resultante del mentado reconocimiento sólo puede ser propositiva. La comunidad universal, cuya realización se pretende, ha de contar como un momento insoslayable con la sociedad universal de nuestros días, con el resultado ineludible de los siglos de la gran crítica moderna. Entendiendo por crítica mucho más que una actividad intelectual, referimos a la crítica que ha destruido los vínculos personales que estructuraran la vieja Comunidad. El comunitarismo propositivo no puede reclamar el retorno al siglo XII, aunque detalle análisis de la morfología comunitaria entonces existente. Simplemente porque el universal concreto que es el curso de la historia no permite reversibilidad alguna. Hay que comprender el proceso para no caer en ingenuos himnos emancipatorios, pero hay que saber de su potencia y de sus realizaciones para partir del estado presente del mundo y no de un horizonte soñado.

Cabe pensar que nada puede hacerse y cabe pensar que es posible un comunitarismo que deshaga la norma moderna. Esto puede discutirse. En cualquier caso no será reconstruir, sino construir la nueva norma universal. Los aportes de material han de sufrir una modificación extrema y aunque algún nostálgico reconozca las piezas, la forma del mundo será ya irremisiblemente otra.  Empezando por lo inmediato, por el prójimo, habrá que negarse a la individualidad, rechazar nuestra lúdica idiosincrasia y cobrar consciencia plena de nuestra realidad personal, será el mejor modo de dejar de ser ciudadanos del Estado que se hunde, siendo legítimos españoles.

¿Dónde estoy?

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