Resistencia antropológica.

1 noviembre, 2014 § Deja un comentario

Llama la atención la resistencia de la “vieja superstición”. Se diría que alienta en ella una “fuerza irracional” que no llamaré invencible – dado que ha sido vencida – pero que es, en todo caso, de una tenacidad incomparable. En las condiciones de la atmósfera menos respirable parece seguir viva una costumbre, un modo de relación personal y una forma de celebrarla, un hábito fortalecedor, una comunión que se conoce y se consagra.  Los actuales buscadores de formas que se dicen alternativas de comunidad debieran atender a esa “superstición” derrotada pero incorregible que todavía, con asombrosa “contumacia”, se empeña en no entrar en razón.

La comunidad real no se presenta en catálogos, ni abundantes tipologías, no podemos elegir la comunidad que construiremos acaso porque esa comunidad es constituyente y posee una estructura determinada, una factura que no ha sido hecha por las manos de un individuo substancial – señor de su realidad – que haya decidido darse esa identidad comunitaria, como – según algunos – se dan constituciones las nubes de individuos que quieren ser las sociedades contemporáneas.

Para algunos esa pertinacia tiene el fundamento biológico de un instinto.  “El instinto: cuando la casa arde olvidamos incluso el almuerzo. Sí, pero luego lo recuperamos sobre la ceniza” (F. Nietzsche)Desde luego, muchos vivimos en las ruinas de una casa quemada pero, si nos sentamos a comer, no es porque nos mueva el instinto de nutrición. Es una potencia más profunda que la biología por la simple razón de que  la biología humana está conformada por la estructura elemental comunitaria. Si nos sentamos a comer sobre las brasas es para celebrar en común nuestra vida salvada.

Reconforta conocer episodios de resistencia insensata, capaces de conmover con una resistencia conservadora cualquier intención revolucionaria. Entretanto aguardamos la revolución que reconstruya o conserve las condiciones radicales de una tan poco biológica “naturaleza humana”. La revolución desatada en defensa de una verdad… al menos milenaria.

“Cuando en 1614 el infortunado elector Juan Segismundo I de Brandeburgo trató de defender a los predicadores reformados frente al odio popular, entre la multitud berlinesa se oyó un grito: “¡Tú, maldito calvinista negro! ¡Tú, nos has robado las imágenes y destruido nuestros crucifijos: ahora acabaremos contigo y con tus sacerdotes calvinistas!”. Los reformados plantaban cara a las Iglesias Luteranas, que, en medio de una diversidad inmensa de prácticas tradicionales, parecían haberse convertido en el cobijo de la religión tradicional como había sucedido antes de los levantamientos de la Reforma. La Misa luterana (todavía llamada así) pasó a oficiarse en parte en latín por unos clérigos  con vestiduras religiosas que durante el servicio religioso consagraban el pan incluso al estilo tradicional. En el imaginario popular Lutero se había convertido en un santo y su mera imagen era capaz de impedir que las casas se incendiaran siempre que estuviera clavada en la pared del salón. Todavía hasta bien entrado el siglo XIX, los grupos luteranos daneses en visita pastoral se alarmaban al encontrar parroquias rurales donde desde hacía siglos los fieles se deleitaban con las peregrinaciones, los manantiales sagrados, los festivales y la intercesión de los santos, y Dinamarca no era el único lugar…” (Diarmaid MacCulloh. Historia de la Cristiandad)

 

 

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